Introducción
El espacio público ha sido ampliamente tratado desde diferentes aproximaciones en las Ciencias Sociales. En este caso, el artículo propone un acercamiento desde la Geografía Humana, haciendo hincapié en sus carácter localizado y localizable, y desde una perspectiva de género, tomando el ejemplo de La Eskalera Karakola, que fue el primer Centro Social específicamente para mujeres en el Estado español y el único que ha tenido continuidad durante los últimos veinticinco años (González & Díaz, 2016).
Para comenzar, estudiaremos la dimensión pública y la construcción histórica y política del régimen de lo público. En esta primera parte, se esbozará la génesis de la esfera pública y del género público, sus alcances, sus implicaciones y sus patrimonializaciones.
En la segunda parte, se estudiará este desplazamiento hacia prácticas de autonomía (espacial) a través de la conformación de Centros Sociales. Muchos colectivos y actores sociales han decidido descentralizar y oponer espacios propios a los espacios públicos institucionales, que se han ido convirtiendo progresivamente (a través de Ordenanzas, Planes y Leyes y/o de mercantilizaciones aparentes y encubiertas) en coto de actividades regladas y domesticadas bajo marcos normativos muy estrechos y restrictivos.
Las mujeres han sido uno de los colectivos que, de manera sostenida, han tomado el espacio público (manifestaciones, actos de visibilizar abusos, acampadas, pintadas) y han reinventado su papel público. La Eskalera Karakola representa el caso de un Centro Social de naturaleza feminista que produce un nuevo espacio público, tanto como artefacto político (un edificio tomado como lugar para un ágora contestaria) como expresión reivindicativa de una nueva razón de estar como mujeres en el espacio público y como inscripción en lo público.
La investigación tiene como objetivo mostrar cómo los Centros Sociales, y en concreto La Eskalera Karakola, se concibe como un espacio de contacto: como un (nuevo) espacio público. La hipótesis trabajada gira sobre cómo amplían la noción de espacio público, por su función pública urbana y por lo que aportan a la ciudad desde el prisma del espacio público y del género.
Revisión de literatura: la dimensión pública
Dondequiera que uno mire, constata que el progreso está en marcha, que la organización es necesaria, el Estado se vuelve omnipotente, la gente aprende a leer y a escribir, adquiere derechos de ciudadanía, paga impuestos, hace el servicio militar, construye carreteras y coloca cañones. (Schwarzenbach, 2008, p. 47)
Lo público, como concepto nítido, nació a partir de la revolución moderna, es decir, a raíz del vuelco político del liberalismo burgués y la transformación socioeconómica de la industrialización. La modernización consistió en la afirmación del individuo (y de sus concretos y particulares valores), paralelamente a la afirmación de la razón como instrumento fundamental para la comprensión y conocimiento del mundo. El reino público es el mundo de extraños, de personas anónimas y de la calle (Pérez, 2009).
La creación de una esfera pública desgajada y claramente diferenciada de la esfera privada en la que los individuos se tornen en sujetos políticos en base a una función y rol sociales es, ante todo, contingente (Smith, 2008; Tarrés, 1989). Contingente porque es un producto histórico concreto, que moldeó las relaciones sociales a las necesidades de una clase emergente, la burguesía. Y en cuanto lo público es contingente, también es ideológico (Millet, 1970). La pretensión de neutralidad de lo público - también del espacio público - choca con su naturaleza fundadora, el Estado liberal, del cual emana y es principal productor. Se refiere su aspecto productor porque es el mecanismo enunciador y en el que se enuncian - y legitiman - las instituciones estatales y sus políticas (y su política, cosa que convierte lo público en una preeminente construcción ideológica)*.
Lo público** es el ámbito de disputa en la que se inscriben y difunden las normatividades establecidas. En este plano queda del todo claro que lo público - la imagen, la representación política y de los cuerpos, la esfera de actuación y comunicacional, etc. - es una creación parcial que justifica y ampara una determinada construcción política de la realidad. Para ahondar en esta faceta, tomaremos el vector del género, a partir del cual quedarán expuestas las relaciones de poder que generalmente quedan invisibilizadas bajo el manto naturalizador del consenso y del sentido común. La dicotomía público/privado se conforma también sobre otros ejes (etnia, clase social, etc.), pero se ha optado por el género*** porque afecta en lo personal diariamente a una amplia parte de la población, así como por enlazar directamente con el estudio de caso.
1. El género público
Se denomina género a una división de los sexos social y culturalmente impuesta y que atribuye determinadas conductas, inclinaciones y características a lo masculino y lo femenino**** (Beauvoir, 1949; Rubin, 1986; Stoller, 1985). Judith Butler ha sido una de las pensadoras que más profundamente ha desentrañado la construcción de género. Entre otras muchas cosas, demuestra que el género también es una categoría atravesada por lo público y que ese entrecruzamiento pergeña una distribución concreta del poder y una determinada articulación de las relaciones sociales***** (Rowbotham, 1983). Butler (2006, p. 21) considera el género como una forma de hacer, una actividad incesantemente performada, que siempre se está haciendo con o para otro; es decir, que:
la agencia individual está ligada a la crítica social y a la transformación social. Sólo se determina 'el propio' sentido del género en la medida en que las normas sociales existen para apoyar y posibilitar aquel acto de reclamar el género para uno mismo. De esta forma, para tomar posesión de sí misma el yo debe ser desposeído en la socialidad. (Butler, 2006, p. 21)
En otras palabras, establecer el género conlleva aceptar que la dimensión pública, la socialidad, tiene un peso importante en su constitución. El conocer el papel y la magnitud que esa dimensión pública tiene en la construcción de género será de gran ayuda para comprender los mecanismos y fuerzas que actúan en su composición. La autodeterminación es plausible únicamente en el contexto de un mundo social que apoya y posibilita la capacidad de ejercitar la agencia (Butler, 2006).
En ese mundo social y en ese otro con el que inevitablemente se hace el género, las instituciones de lo público y el discurso - en este caso sobre el género y el cuerpo - que emiten es clave, ya que inscriben la narrativa que nos inculcan en la educación reglada y configuran los referentes y patrones respecto los cuales nos mediremos. Las actividades socialmente más valoradas son aquellas que pasan por el tamiz de lo público, que se vuelven públicas (Amorós, 1994).
Así, por ejemplo, era frecuente encontrar en el mundo de la cultura y la filosofía (como esferas legitimadoras del mundo social y económico) alusiones de género que dejaban lo femenino relegado de lo público, arrinconado e invisibilizado en la esfera doméstica y privada******. Lo público se convierte en el espacio en el que actuar políticamente y lo privado-doméstico en el que, silenciosamente, reproducir - cuidar, descansar - la fuerza productiva (Rosaldo, 1974). El hogar se identifica con las mujeres y la reproducción y se descarta como lugar de producción (lo doméstico deja de ser visto como 'trabajo', que solo comprende lo asalariado) mientras que la calle es espacio de producción y, pues, de los hombres:
la responsabilidad de sostener la vida está feminizada y se remite al marco de lo privado en una estructura social que escinde lo público (lo político) de lo privado-doméstico (lo no político) y que construye esa institución (los hogares) que la asume; es decir que esa responsabilidad está invisibilizada, depauperada en cuanto a capacidad de generar conflicto. (Pérez-Orozco, 2014, p. 181)
La consecuencia de esta interesada disociación entre los roles que juegan la esfera pública y la esfera privado-doméstica es la asociación de las tareas reproductivas con una ética del cuidado - que se lleva a cabo en el recogimiento del hogar o la unidad familiar -, frente a una ética, en mayúsculas, que pugna por definir las relaciones sociales en la esfera política, pública. La idea de ética del cuidado entiende que esta funciona en el ámbito de lo privado y se aplica específicamente a las mujeres, mientras que la ética de la justicia rige lo público (Pérez-Orozco, 2014, p. 114). Por tanto, se crea una desconexión estanca entre las esferas de la vida privada-doméstica y las esferas de lo políticamente enunciable (lo público), empobreciendo las vidas de las mujeres en el mundo público (Amat y León, 2003).
El cuerpo femenino también se construye públicamente, como un paisaje a intervenir. Los cuerpos son vistos como paisaje, emanaciones de un espacio geopolítico dominado, colonizado, que nos constituye y que puede ser leído en nuestra corporalidad (Segato, 2013). La mujer pública es un objeto político con una connotación y una carga semántica muy tendenciosa y peyorativa, muy al contrario del significado de hombre público. La representación pública de la mujer como cuerpo-objeto (Zárate, 2017), aplana en una sola dimensión y para un único cometido la presencia visible de la mujer en el espacio y esfera pública. El cuerpo se convierte en un campo discursivo más en el cual inscribir y aplicar una perspectiva vital, moral, política. El cuerpo producido como exterioridad, por hacerlo heterónomamente - se niega la autonomía y la propia definición del cuerpo, cualquiera puede normar sobre el cuerpo - y por hacerlo desde fuera, como algo que nos pertenece (al menos discursivamente) pero no somos parte de él. Los cuerpos se constituyen ideológicamente:
Las tetas, los pechos, las mamas, las gomas, las tutis, etc., etc., nutricias, dadoras, ocultas, ocultadas, insinuadas, protegidas, objetos de deseos masculinos, objetos de intervenciones estéticas, fuentes de traumas (por grandes, por chicas, por paradas, por caídas, por…, por…, según las épocas). Las tetas, pocas veces disfrutadas por nosotras mismas, como nuestros cuerpos señalados en función de otros y otras. (Ré, 2013, p. 120)
En suma, la división de género ejemplifica y evidencia el papel que tiene lo público, como poder enunciador y materializador, y cómo juega contundentemente en la definición de visibilidades y roles sociales. Esta pequeña exposición descubre el carácter ideológico y contingente de lo público y cómo se articula con la construcción del género.
A continuación, veremos cómo se articula lo público en la ciudad y, a su vez, cómo lo público configura la ciudad, centrándonos en la conformación y características del, así llamado, espacio público, y en cómo se entrecruza con la perspectiva de género.
2. Qué espacio público?
Los esfuerzos teóricos por redefinir, problematizar y cuestionar los límites del espacio público han sido variados (Carmona, 2014; Cordero & Antón, 2014; Fraser, 1990; Mitchell, 1995; Villarino, 2012), y es una de las problemáticas centrales de la Geografía Humana. El espacio público es un espacio definido tanto a través de reglas y convenciones legalmente estipuladas como por aquellas construidas social o culturalmente (Valera, 1999).
A pesar de ello, en los últimos años se ha generalizado el uso de esta construcción semántica como un sintagma, un constructo en el que sus partes ya no actúan por separado ni su significado es la consecución de sus partes, sino el resultado de un todo soldado. El espacio público no es ya únicamente el elemento espacio conjugado con el componente público - un espacio donde expresarse públicamente y producir narrativa pública - se ha convertido, asimismo, en una categoría discursiva. Y como tal, implica un posicionamiento (el locus epistemológico y político).
Este relato-discurso se patrimonializa desde diferentes corrientes, tradiciones y movimientos, pero la primacía la tienen aquellas visiones que lo ligan a lo estatal y al régimen de visibilidad de lo público. Debido a ello, se puede decir que el espacio público oficial rezuma - deja ver - una ideología que bebe de la tradición liberal. Estas posiciones político-jurídicas han trabajado un espacio público que se mueve en el ámbito de los derechos formales (y que se parece mucho a cierto idealismo que destila la esfera pública de Habermas).
Las democracias se han construido sobre la premisa de que se componen de una comunidad de miembros iguales. En este imaginario, el espacio público sería el lugar del encuentro y la enunciación política, ligada a la participación en la construcción democrática de la sociedad y el Estado (Ortiz, 2006). De este modo, la participación y la ocupación - como cuerpos, como presencias - del espacio público legitiman ese mismo público. De ahí que este concepto se haya impuesto en las tres últimas décadas como ingrediente fundamental de los discursos políticos relativos a la realización de los principios igualitaristas atribuidos a los sistemas nominalmente democráticos (Delgado, 2011).
Por lo tanto, el espacio público, en cuanto concepto tomado de la filosofía política, realiza un papel consensual******* y opera en la dimensión de lo ideal.
Sin embargo, como muchos autores han advertido (Delgado, 2016; Holloway, 1994), esta narrativa oblitera intencionadamente los derechos reales y la dificultad a la hora de ejercerlos. El acceso y representación desigual e inequitativa en el espacio público toma gran relevancia en el caso de las mujeres (Michelena, 1995). Además del rol que la división social público/privado asigna a las mujeres, la dimensión vivencial del espacio público también cambia según el género que se les atribuye a las personas. Así, las mujeres han tenido una experiencia más limitada y restringida del espacio público, que ha condicionado que hayan podido acceder a espacios (de lo) público con libertad y disfrutarlos plenamente (Chaney, et al., 2023). El miedo en función de la iluminación, la hora del día, la ubicación o lo inadecuado del espacio son factores fuertemente mediados por cuestiones de género (Falú, 2009).
Recientemente, en la teoría urbanística han surgido nuevas visiones para entender el espacio público descentrándolo del varón blanco, adulto, heterosexual y asalariado. El urbanismo feminista ha enfrentado la ciudad concebida para el sujeto hegemónico (Institut d’Edicions de la Diputació de Barcelona, 2005), dando voz y visibilidad a otros colectivos como las mujeres, las personas migrantes o la infancia. Esto incluye repensar la producción del espacio público. McDowell (1999) remarcó que la concepción urbana del siglo XX giraba alrededor de oposiciones como trabajo/casa o centro/periferia, lo cual también impacta en la configuración interna (el diseño, tipos de elementos y la distribución de estos) y externa (la ubicación en la ciudad) de los espacios públicos.
La oposición público/privada se agudiza y se institucionaliza en el cuerpo de la sociedad durante la revolución industrial (aunque ya viene de antes, por medio de un proceso de cerramiento social, en que las mujeres fueron perdiendo terreno en todas las áreas de la vida social, a través de una nueva diferenciación del espacio (Federici, 2010). Entonces, aparece la figura del trabajador fabril que sale de casa y se desplaza a un lugar de producción. El espacio doméstico se convierte en un espacio de segunda categoría, y pierde la capacidad de producir objetos de consumo, que pasarán a ser adquiridos en el mercado gracias al sueldo del obrero. Ello confiere el valor social primordial a ese salario, a ese trabajo y a ese tiempo en esa fábrica (Amorós, 1994). Se abre una división espacial del trabajo, pero también una división sexual, pues el hombre se asocia con la labor productiva de la factoría y la mujer con la labor no productiva (y al mismo tiempo, reproductiva) del hogar.
El hecho de tener un cuerpo sexuado femenino condiciona asimismo cómo las mujeres empleamos los espacios públicos, ya que nuestra percepción de seguridad cuando caminamos por la ciudad está determinada por la experiencia encarnada de los acosos y agresiones que vivimos en dicho entorno. Por otra parte, también nos limita la configuración androcéntrica que prioriza y fomenta, a través del diseño urbano, unas experiencias frente a otras. Esta configuración está estrechamente ligada a los usos que se han considerado normativos y neutros en el espacio público, pero que, en verdad, responden a la experiencia concreta de una parte de la población: la masculina. Aspectos de su configuración, como dónde están localizados, cómo se conectan con otros espacios, qué tipo de mobiliario urbano tienen, qué actividades se proponen desde el diseño… no son neutros, sino que avalan una manera de ver la ciudad concebida como si fuera universal, aunque no lo es, ya que los usos y necesidades de los sujetos no privilegiados han quedado invisibilizados. (Col·lectiu Punt 6, 2019, p. 167)
El rol de género atribuido a la persona impactará en cómo se organiza su día a día. Una persona que tenga a su cargo el cuidado de otras personas (familiares dependientes o hijos o hijas, por caso) realizará más tareas y sus desplazamientos serán más numerosos y complejos, mientras que una persona que solo se encargue de sí misma, tendrá menos desplazamientos y más lineales.
La construcción del género en el espacio público tiene diferentes aristas y experiencias (Díaz- Cortés & García-Ramon, 2010; Ramírez et al., 2014), pero en todas ellas se perpetúa la idea de que lo privado y familiar, tareas altamente feminizadas, se limitan preferentemente al hogar - excepto algunos momentos de ocio -, de este modo, se acaban reiterando jerarquías y desigualdades de género. En la distinción entre los papeles adjudicados al hombre público y a la mujer pública subyacen poderosas relaciones de poder.
Las mujeres siempre han estado en el espacio público, sin que necesariamente haya sido cumpliendo un rol de cuidadoras: vendiendo y comprando diversas mercancías, transitando al trabajo u otros lugares, limpiando la ropa en lavaderos públicos o en las festividades religiosas y civiles. A pesar de ello, todas las acciones y situaciones estaban atravesadas por el marco de clasificación de género, lo que hace que su posición siempre haya sido subordinada.
El papel público le corresponde al hombre; su derecho de estar prevalece. En el espacio público, eso se ha traducido en la ocupación más evidente de cafés o bancos del parque, en la mirada masculina sobre el cuerpo femenino (ellos, los mirones, activos; ellas, las miradas, pasivas) o en la nomenclatura (los personajes que nombran las calles son mayoritariamente varones y, hasta hace poco, las pocas mujeres eran, sobre todo, personajes del santoral cristiano).
Así pues, la lucha por el espacio público es también la lucha por una concepción más democrática (Sorkin, 2004), recíproca, horizontal e inclusiva de la ciudad. Por eso, han aparecido nuevas narrativas (Carmona, 2014) o renaceres (García-Domenech & Martí-Ciriquián, 2013) del espacio público que buscan lecturas y apropiaciones no normativas.
La revuelta contra un espacio heteronormativo (en tanto norma ajena y norma hecha a partir del género masculino) ha producido mutaciones en las que las mujeres han reivindicado un lugar propio. La trabazón entre lo espacial, lo social y lo femenino (Sabaté et al., 1995) ha traído, entre otras cosas, una nueva reflexión sobre el espacio público.
En este empuje, la intervención feminista ha repensado y ha okupado el espacio público, como es el caso de La Eskalera Karakola, un Centro Social Okupado. Las políticas espaciales de estos lugares imaginan formas alternativas de vida urbana colectiva (Burgum & Vasudevan, 2023; Vasudevan, 2015) a la vez que ensanchan el espacio público (Salomone, 2011). Del mismo modo, las barricadas construidas durante las rebeliones obreras también constituían la esfera pública y contribuían a su expansión (Caldeira apudSalcedo, 2002).
Con estos mimbres, un grupo de mujeres construyó un espacio sociopolítico de mujeres, porque un espacio físico es fundamental para la creación y proyección de nuevas formas de política y, en este caso específico, para defender el poder de la intervención de cada una (Eskalera Karakola, 2024). Para voltear esta perspectiva, hace falta una acción colectiva y concertada como la anteriormente descrita.
Las manifestaciones que han puesto una suma de cuerpos para reivindicar la visibilidad y legitimidad del cuerpo colectivo de las mujeres han abierto otras maneras de entender el espacio público. Así, por ejemplo, el espacio público puede cobrar importancia como un entorno cercano a la vivienda, como un lugar en el que trasladar parte de las tareas de cuidados, como espacios de socialización, estableciendo vínculos para ayudarnos mutuamente. Durante la pandemia, algunas Villas de Argentina propusieron que el perímetro del encierro para el confinamiento no fueran los hogares, sino la escala barrial, porque de ese modo los cuidados podían ser comunitarios (Magliano & Arrieta, 2023).
La Eskalera Karakola, en Madrid, abre el abanico de posibilidades de participación y disfrute y de públicos que lo lleven a cabo, mediante una toma de partido cotidiana que desnormaliza el sentido común de lo que es el espacio público por defecto.
Metodología
A partir de una metodología teórica, de lecturas textuales y hermenéuticas de investigaciones clave, esta reflexión teórica utilizará fuentes secundarias y la indagación. Para posibilitar poner en diálogo la teoría espacial y urbana crítica (en torno al espacio público, las espacialidades o los Centros Sociales) y el enfoque de género, se revisarán trabajos científicos como libros o artículos.
Para la descripción del estudio de caso, hemos hecho una revisión teórica exhaustiva (bibliográfica y webgráfica), haciendo énfasis en recoger las experiencias y voces de las personas que han pasado por La Eskalera Karakola y que han formado parte del proyecto. Los testimonios de las personas que integraron o que integran el espacio corresponden a documentos y fuentes secundarias (memorias, libros, dosieres, informes) que tratan la historia del proyecto. Hemos seguido una metodología narrativa (Cardona & Salgado, 2015; Connelly & Clandinin, 1995), en cuanto hemos analizado e insertado las experiencias personales que describen las rutinas y las visiones de las personas del Centro Social, como una forma para interpretar estos datos desde una perspectiva cualitativa (Coffey & Atkinson, 2003). Estas metodologías cualitativas se han usado largamente en los estudios de Geografía, y también en aquellos que entrelazan espacio y género (Baylina, 1997).
La Eskalera Karakola es un caso práctico de construcción crítica de la esfera pública. Se trata del primer Centro Social gestionados exclusivamente por mujeres (López & Bernardos, 2015). Un espacio que marcó vanguardia, crearon un Centro Social, Okupado, que hacía las funciones de espacio abierto (público) de mujeres, para reunirse (encontrarse) y para enunciar (visibilizar). El encaje en el artículo es de ejemplo-ejemplificante, porque es un espacio deliberado, en cuanto se ejercen las posibilidades individuales y colectivas de intervención (Eskalera Karakola, 2003). Por tanto, es pertinente traer el ejemplificador caso de La Eskalera Karakola para pensar el espacio público, también desde sus rupturas y alternativas.
Resultados y discusión: destripando el espacio público
Ante un espacio público ocluido, hemos avanzado las estrategias espaciales que en la teoría y en la práctica encaran esta clausura. La ciudad necesita espacios de socialización y politización compartidas, públicas, y, por lo tanto, es necesario que la práctica política y urbanística se abra a otros usos del espacio público. En la ciudad existen proyectos y visiones disímiles, que difieren sobre las prioridades con las cuales organizar el espacio y en qué orientar los recursos (humanos, financieros, culturales, sociales).
Cada proyección social tiene su correspondiente proyección espacial, y cuando más de una iniciativa coincide en tiempo y en espacio se crea una controversia. Por eso es importante saber cómo el territorio se produce y reproduce con el tiempo mediante imaginarios políticos y espaciales en disputa (Ince, 2012). De esta manera, admitiendo la realidad multiterritorial (Haesbaert, 2016) de la ciudad, se puede superar el paradigma del espacio disciplinar único y entrar a considerar los contraespacios que cuestionan el orden espacial burgués (Moreira, 2007). En esta investigación realizaremos el desplazamiento hacia otras concepciones de espacio público a través del ejemplo de un Centro Social, que es, al mismo tiempo, una manifestación heterodoxa de espacio público y que hace hincapié de forma fundamental en el eje de género.
Los Centros Sociales, provenientes fundamentalmente del contexto europeo, son espacios en los que se integran, se relacionan y se dan a conocer personas y colectivos que buscan empoderar a otras personas y colectivos fundamentalmente por medio de la acción contracultural y la reflexión política crítica. El modelo fue importado originalmente desde Italia en los años 80, de la mano del operaismo, que sacó el antagonismo de clase de las fábricas y lo llevó al terreno de lo cultural y lo cotidiano. Pese a que los Centros Sociales porten variadas denominaciones (es muy común que se nombren Centros Sociales Okupados (CSO) o Centros Sociales Autogestionados (CSA)) o situaciones (arriendo legal, cesión, okupación), el espíritu, cometido y encaje político (esto es, la dirección y el tipo de incidencia política que buscan) es similar. Los Centros Sociales tratan de abrir física y simbólicamente las condiciones del encuentro, hacia marcos más horizontales y respetuosos. Su razón de ser es el de crear un espacio propio a grupos no hegemónicos (jóvenes, corrientes políticas, comunidades) para que pueda servir de trampolín y altavoz para sus reivindicaciones.
Una característica toral de los Centros Sociales es su vocación pública, ya que en lo referente a sus desarrollos siempre tratan de que tenga incidencia e impacto sobre su entorno más inmediato, la calle, el barrio o incluso la ciudad en su conjunto. Para ello, comunican y socializan sus pensamientos y proyectos sociopolíticos, con la idea de compartir sus inquietudes y hacer partícipes al máximo posible de actores. Debido a su proyección pública y el hecho de que se genere en torno a un espacio estable y permanente, hace realmente que funcionen como un espacio público y producen una ruptura con el relato hegemónico sobre lo que es un espacio público.
Por todo ello, conviene superar - en el plano simbólico-conceptual - el espacio público institucional que, insertado en un urbanismo reflejo de la forma social del modo de pro ducción dominante (Harvey, 1977), se muestra insuficiente para acoger las demandas de empoderamiento popular. Dejar de centrarse en lo institucional como el marco y el fin de las acciones de apropiación y recuperación y transitar hacia la tolerancia de otros espacios. Los Centros Sociales pueden cumplir la tarea fundamental de crear un nuevo espacio público que rompa con lo privado pero también con lo público, pues está además cuestionando la soberanía del Estado sobre los equipamientos colectivos y sobre lo que es el gobierno biopolítico de la administración (Sánchez‐Pinilla, 2010). Los Centros Sociales construyen un espacio de encuentro intersticial en el que comunicar, enlazar y poner en común diferentes grupos (Pickerill & Chatterton, 2006) tomando como marco de actuación los problemas urbanos.
Precisamente, la elección del espacio público para adentrarnos en la dimensión pública del Centro Social La Eskalera Karakola viene dada por: 1) la espacialidad inherente a estos proyectos - que están claramente referenciados en torno a un lugar localizado y construyen su praxis y teoría en y a partir de estos lugares - , 2) por la capacidad explicativa del espacio público - a través de su apropiación, de convocar a las potencias sociales - para comprender los diferentes encajes político-culturales de la ciudad y en lo urbano y 3) por reconceptualizar la posición de las mujeres en lo público a través de la apertura de un espacio público.
1. La Eskalera Karakola
En el caso de La Eskalera Karakola, uno de los mayores problemas urbanos al que se tuvieron que enfrentar fue pugnar por ganar legitimidad, visibilidad y participación. En el espacio público general u oficial tenían una participación parcial y condicionada, pero lo mismo ocurría en los espacios públicos okupados (los Centros Sociales Okupados), que estaban muy masculinizados (López, 2008). Ante eso, las mujeres se concienciaron, se apropiaron y produjeron su propio espacio.
La Eskalera Karakola es, por un lado, el ejemplo de cómo actúan los postulados públicos sobre el vector de género y el imperativo de denunciar esta situación, erigiendo un espacio con varias habitaciones propias. Por otro lado, es la muestra de cómo la creación de un espacio libre y liberado puede acoger en su seno actividades que, de una manera conocida, controlada y segura, generen un espacio público para sus promotoras y para las participantes; en este caso, un colectivo de mujeres. La Eskalera Karakola es un espacio de intervención social feminista que habilita el sujeto político de las mujeres y pone en cuestión, al mismo tiempo, la centralidad del sujeto político tradicional: varón, blanco, occidental, heterosexual (Trujillo, 2006).
El Centro Social Feminista Okupado La Eskalera Karakola (1996-2005) y después del desalojo y hasta hoy, ya en régimen de cesión, Centro Social Feminista La Eskalera Karakola, está ubicado en Madrid. Desde los inicios han venido desarrollando una incesante actividad feminista en forma de talleres, charlas, encuentros; además de abundante trabajo reflexivo que abordaba cuestiones como el espacio urbano, las identidades sexuales y de género, la precariedad laboral, la globalización, la brecha tecnológica, la violencia, la teoría queer o la economía feminista. La Eskalera Karakola, uno de cuyos orígenes fue Lavapiéx 15 (Eskalera Karakola, 2003), fue uno de los pocos lugares donde se logró negociar y conseguir un espacio seguro para las mujeres (López & Bernardos, 2015), apostando por una manera no identitaria de entender la autonomía. En su etapa como Centro Social Feminista Autogestionado convivían dos ideas. Por una parte, que los espacios de mujeres son, de hecho o en potencia, distintos, y, por otra parte, que el espacio - el espacio físico - es fundamental para la creación y proyección de nuevas formas de la política, no para producir una “política de la instalación”, sino para interrogar lo posible en lo existente (Eskalera Karakola, 2003).
El ejemplo de la Eskalera Karakola supone la autogestión horizontal y en común - sin mediación de lo institucional - de un espacio urbano, para sacar adelante una iniciativa con vocación pública y marcada por la perspectiva de género. La Eskalera Karakola se autonombra como Casa Pública******** y tras el desalojo toman explícitamente el concepto espacio público para definir lo que son y lo que han creado; se contemplan a sí mismas de este modo (fig. 1).
Lo público en plazas y otros adminículos administrativos o mercantiles (desde cines a bibliotecas, pasando por centros comerciales) es lo manejado y producido verticalmente por grandes corporaciones institucionales (estatales, municipales, de mercado), mientras que lo público comunalizado en la Eskalera Karakola podría ser una nueva manera de crear - desde una óptica horizontal, a menor escala e impacto, etc. - un nuevo espacio de encuentro y enunciación*********. Toman conciencia de su naturaleza de espacio público, en el amplio sentido y para públicos amplios (fig. 2). Las personas que integran La Karakola la entienden como un espacio público que se encuentra atravesado por la autogestión, tanto en el discurso como en la práctica:
Se trata de un sentido novedoso de la crítica feminista a la división público- privado. La casa es la política en tanto desafío a la propiedad, a la gestión, a las ordenaciones y planificaciones (de la ciudad, de los usos, del conocimiento, del hacer, de la ciudadanía), a la legalidad y a la legitimidad. (Eskalera Karakola, 2003)
Tal como ellas mismas relatan en su memoria (Ekka, 2005), el centro de su actividad era y es “la promoción de la participación ciudadana de las mujeres a través de la autoorganización y la realización de distintas actividades formativas, políticas, sociales, culturales, artísticas”.

Fig. 2 "Akí había 1 casa okupada de mujeres. Nos robarán los espacios públicos, pero nunca la memoria".
No se han conformado con un espacio, como un espacio, para la asistencia, “sino como uno que fomenta el conocimiento compartido, la participación activa y la intervención en lo social” (Eskalera Karakola, 2003).
Conclusiones
Producir en la práctica un otro espacio público es más agradable y provechoso que reconceptualizarlo teóricamente. La reinvención del espacio público lleva también en sí la reinterpretación de los roles dentro de ese espacio y dentro de ese marco (de lo) público. Los Centros Sociales pueden ayudar a resituar el espacio público en el centro de la vida urbana, haciendo énfasis en sus dimensiones colectivas y autónomas. Lo público en la ciudad se redefine, en gran medida, reimaginando el espacio público, empezando por proyectos y lugares que actúan al margen de mediaciones institucionales.
Por esta vía, el sintagma y la categoría discursiva ‘espacio público’ cambian su naturaleza, tal como demuestra la experiencia de La Eskalera Karakola, que pone de relieve que la apropiación del espacio público, así como la producción de uno, tiene enormes repercusiones. En esta ocasión, La Karakola fue uno de los primeros hitos de un camino propiamente feminista dentro del movimiento autogestionado y de okupación (Sánchez, 2004).
En aquel momento, hubo varias iniciativas y okupaciones ligadas a esta inquietud. Después de la creación de La Eskalera Karakola, a principios de 1997, se celebraron en Barcelona las Jornadas Estatales de Okupación, en las que tuvo lugar una mesa de mujeres para tratar temas como el sexismo en los espacios okupados, el papel de las mujeres en ellos o las dinámicas de participación. Uno de los resultados fue la revista de mujeres “Mujeres Preokupando”.
En mayo de 1998, tras el desalojo del anterior proyecto, La Morada, okupado en 1997, un grupo de mujeres okupan La Fresca y se organizan como el grupo Les Tenses. Tiempo más tarde, en los 2000, se okupó otra casa de mujeres, Mambo, Momento Autónomo de Mujeres y Bolleras Osadas (Gil, 2011). Los espacios autogestionados por mujeres abrieron espacios (públicos) de reflexión para abordar problemáticas que no habían tenido suficiente espacio en el movimiento, como reconocer lo cotidiano como político (Llobet, 2004) o que el compromiso se articulaba en torno a la figura del militante sin responsabilidades familiares, joven y que podía permitirse quedarse, por ejemplo, a alternar por la noche después de una asamblea.
En adelante, estas preocupaciones adquirieron mayor presencia. Entre otros, Can Masdeu, una comunidad asentada, de largo aliento y estructurada por familias con hijos e hijas, expandió esta reflexión (Anton, 2021).
Igualmente, nombrarse Casa Pública Transfeminista (fig. 3), por ejemplo, resignifica el concepto de mujeres públicas y les dota de un sentido positivo y toma el control sobre su enunciación. Además, se pasa de un espacio público en el que insertarse individual y pasivamente a un espacio público con propósito, intencional y pensado de forma colectiva. En palabras de las propias integrantes de La Karakola:
Partiendo desde el feminismo, nos hemos planteado otros temas que nos preocupan individual o colectivamente como pueden ser la precariedad vital y laboral, el derecho a la ciudadanía de las personas migrantes, los derechos LGTBQ y las reivindicaciones de otros colectivos. (Eskalera Karakola, 2024)
El espacio público creado en el Centro Social es una apertura al exterior, a la ciudad y al barrio popular de Lavapiés, y al interior, a la participación consciente y convergente con otras personas en una misma dirección. Esta revisión del urbanismo desde un feminismo práctico desarma las clásicas contraposiciones capital/trabajo, dentro/fuera, hogar/espacio público y avanza en mostrar otras maneras de concebir la ciudad y la actividad pública (Gil, 2011).
Así, este espacio público es un proyecto colectivo que promueve el encuentro y la participación política. Es un único proyecto político en el tiempo que ha tenido dos ubicaciones y que constituye una infraestructura sociocultural. Su esencia y sus acciones refuerzan su carácter educativo y su defensa de un modelo de espacio público que permita complementar inquietudes y necesidades privadas en lo público, en el espacio público.
Comprender la complejidad de los espacios públicos, como recursos escalares intermedios entre la escala del cuerpo y el hogar y la escala del barrio y la ciudad (Guitart et al., 2024), es vital. En esta misma línea, publicitar (en el sentido de clamar y de hacer público) que lo personal es político es una de las fortalezas de este tipo de espacios, y en concreto, del proyecto La Eskalera Karakola:
Se trata de un proyecto colectivo que promueve el encuentro y la participación política de las mujeres, que, trasladando la crítica feminista de “lo personal es político”, politizan lo cotidiano, el ámbito de lo “privado”, al tiempo que trasladan sus demandas y luchas feministas al espacio público en general y a los “espacios liberados” en particular. (Trujillo, 2006)
En definitiva, la ruptura que La Eskalera Karakola provoca en la continuidad del espacio público significa que, por un lado, se deja de naturalizar lo que se entiende por público y por espacio público y que, por otro lado, se crea una fricción en el espacio, desde el cual conjurar la construcción de género de un modo (pro)positivo con los sujetos afectados por este, las mujeres.
















