1. Introducción
Las artes se han venido clasificando desde antiguo entre artes superiores, las más valoradas, y artes inferiores o artesanas o menores, las menos valoradas. El listado, canon o censo de las primeras tiene su origen en la época helenística de Antigüedad grecolatina, aunque se asentó en la Francia de la Ilustración del siglo xviii, fruto del espíritu enciclopedista y clasificatorio de la época, con el volumen titulado: Les Beaux-Arts Réduits à un Même Principle, de (Charles Batteux, 1746). En concreto se establecieron las siguientes seis: arquitectura, danza, música, pintura, escultura y literatura (vd. Delacroix, 1999).
Esta clasificación aristocrática de las manifestaciones del arte ha seguido vigente hasta hoy en día sustentada en un poderoso argumentario: deben estas estar dedicadas a la contemplación, es decir, no dominar sus usos prácticos, aplicados o de mero entretenimiento, lo propio del arte popular; 1 en ellas han de dominar los sentidos visual y auditivo, consideramos como superiores respecto al tacto, el gusto o el olfato; han de estar respaldadas por unos valores artísticos muy rigurosos o ser eslabones de una larga tradición estética que las defina y les aporte su significado.
Asimismo, en el siglo xx, este canon tan restringido entró en crisis, como todos los cánones, y se buscó su apertura y ampliación. Llegó a transformarse en un asunto muy controvertido al asociarse a la emergencia de nuevas prácticas artísticas. Por ello, se ha llegado a hablar de hasta veinte artes diferentes. La ampliación más exitosa seguramente fue aquella que integró al cine como séptimo arte, hoy casi universalmente aceptada y que fue acuñada por primera vez por el futurista y pionero crítico cinematográfico italiano Ricciotto Canudo (Gioia del Colle, Italia, 1877 - París, 1923), en aquel París de las vanguardias. Él concebía el cine como el definitivo arte total, que comprendía todos los demás (plástica en movimiento) y reelaboró sus ideas de manera repetida a lo largo de su vida, en diferentes ensayos y manifiestos, aunque su documento más elaborado fue su Manifeste des Sept Arts, de 1911, pieza fundamental de la historia de la cinematografía (vd. Andreazza, 2018; Canudo, 1911/1995; Dotoli, 1999). En esta línea, existe, hoy en día, un acuerdo muy amplio acerca de la inclusión de la fotografía como octavo arte y del cómic como el noveno, los cuales, aunque son anteriores al cine en el tiempo, sin embargo no contaron con defensores previos a los que defendieron al cine y lo promocionaron a la categoría de bella arte. Entre los posteriores a Canudo, por ejemplo, cabe citar el volumen clásico de 1938 de Victor Keppler titulado: The Eighth Art. A Life of Color Pholography; igualmente, por lo que se refiere, al noveno, dicha defensa, con el tiempo, ha llegado a dar lugar a manuales académicos tan prestigiosos como el dirigido por José Manuel Trabado Casado: La Narrativa Gráfica. Poética del Noveno Arte (2013). De ahí en adelante todo es un campo abierto de batalla acerca de cuál o cuál otra actividad artística merece tal reconocimiento. 2
El debate de nuevas propuestas ha llegado plenamente al ámbito de la cultura popular. El pasado 22 de junio de 2022 se publicaba en la prensa española el artículo titulado: “El duende de Nadal”, dedicado a Rafael Nadal (Manacor, Mallorca, 1986 -), para muchos el mejor tenista de todos los tiempos, con el siguiente subtítulo: “Es uno de los elegidos para convertir el deporte en una de las bellas artes”, afirmación a la que no se le puede reprochar falta de entusiasmo (vd. García Reyes, 2022, p. 7).
2. Thomas de Quincey
Esta tendencia o afición a proponer nuevas candidatas a bellas artes tuvo poderosos antecedentes antes del siglo xx. Es imposible no mencionar al ensayista, artículista y crítico literario, entre otras facetas de su genio, británico Thomas de Quincey (Mánchester, 1785 - Edimburgo, 1859), conocido por su humor corrosivo a la manera de su maestro Jonathan Swift (Dublín, 1667 - Dublín, 1745), campeón de la ironía, de la sátira y del sarcasmo. De Quincey, después de una juventud disipada entre Londres y Oxford, se trasladó a la idílica región de los lagos del norte de Inglaterra (Lake District) donde convivió con las figuras más legendarias de los llamados Lake District Poets, en especial Samuel Coleridge (Ottery St. Mary, Devon, 1772 - Highgate, Londres, 1834), William Wordsworth (Cockermouth, Cumbria, 1770 - Rydal Mount, Lake District, 1850) y Robert Southey (Brístol, 1774 - Londres, 1843). Durante los diez años que vivió en la región, compartió con ellos sus intereses literarios y proyectos utópicos, todo lo cual quedó plasmado en su Reminiscences of the English Lake Poets (De Quincey, 1834-1840/1907).
Sin embargo, no fue por este título por el que ha pasado a la historia de las letras británicas, sino por sus ensayos, el escandaloso Confessions of an English Opium-Eater, de 1821 (De Quincey, 1821/1906), y el que más nos interesa para los fines de este artículo: On Murder Considered as One of the Fine Arts, cuya primera parte se publicó en 1827, a la que se le añadió una segunda en 1839 (De Quincey, 1827/1925, 1827-1839/2022). Es decir, el asesinato estudiado desde una perspectiva estética e intelectual, no desde un punto de vista moral. El éxito de este texto fue, desde el principio, rotundo, y nunca ha dejado de suscitar gran atención entre el público lector. Le reportó a su autor, fama y dinero y muy pronto se tradujo a muchas lenguas gracias a la poderosa estela del gran escándalo que se suscitó.
3. El género del true crime
Si ha habido un género protagonista de la literatura popular de los siglos xx y xxi, este ha sido el denominado true crime o, en otras palabras, aquellas narrativas o crónicas de asesinatos basados en hechos reales (Garrido, 2021). Es decir, no se trataría de aquellas obras que relaten asesinatos de ficción, como la novela negra o la de detectives (en la que fuera maestra su compatriota Agatha Christie3), es decir, subgéneros diferentes.
Este fenómeno contemporáneo tan poderoso de la cultura popular, esta fascinación por el mal más violento y agresivo, se ha vuelto cotidiano en nuestras vidas, no solo gracias a la ficción de la literatura popular, sino también por todo el apoyo detrás del mismo de toda una industria audiovisual multimedia: cine, ficción televisiva, documentales y reportajes, plataformas de todo tipo que difunden estos materiales, etc.
Sin embargo, el origen contemporáneo del género, el hito fundacional, se atribuye a la novela norteamericana In Cold Blood, publicada en 1966 por el gran Truman Capote (Nueva Orleans,1924 - Los Ángeles, 1984). 4 ¿Cuáles fueron los elementos de esta fórmula de éxito? Entre otros, cabe citar los siguientes (Garrido, 2021, pp. 15-18; pp. 645-651):
El dramatismo morboso de asesinatos y crímenes violentos, asociado al suspense, al misterio que te atrapa y a un argumentario retórico de crimen y castigo (investigación policial, aplicación de la justicia);
inmersión en mundos que ya no se ocultan: todo sale a la luz, sin censura, sin tabúes, aunque todo se desmorone;
ingredientes de crítica social, las desigualdades entre clases y grupos humanos, y de crítica política y a las instituciones, con fuertes censuras morales basadas en la dicotomía entre el bien y el mal;
referencias a nosotros mismos y a nuestras peores tendencias interiores y a lo peor de nuestras pesadillas que no somos capaces de reprimir, lo que implica la colaboración de profundos estudios sicoanalíticos de nuestra mente, de nuestro subconsciente y de lo más irracional de nosotros mismos (la sombra). También, en este proceso, se liberan nuestras emociones más profundas y se purifican nuestras almas, lo que ya denominaban catarsis los clásicos;
y, sobre todo, se convierte en algo muy entretenido y, al tiempo, muy adictivo. Desarrolla una curiosidad infinita en nosotros mismos. Nos fascina tanto como nos perturba, pero el resultado es muy placentero.
Si Truman Capote fue el origen de todo ello, Thomas de Quincey y su On Murder Considered as One of the Fine Arts fue su antecedente principal.
4. On Murder Considered as One of the Fine Arts
El texto que nos ocupa es un ensayo que aparenta poseer el formato de una conferencia pública, es decir, un discurso pronunciado ante un grupo selecto de miembros interesados de una supuesta Society for the Encouragement of Murder or Society of Connoisseurs in Murder. Da comienzo el escándalo. Que suba el telón.
Dichos miembros se caracterizan por compartir una gran curiosidad por el análisis experto por el homicidio y el derramamiento de sangre, y por la crítica entendida de los mismos como si se tratase de un cuadro o de una escultura. Aparte, se defiende que en los tiempos modernos, desde el xvii al xix, se ha llegado a la excelencia de este arte, tanto en su diseño como en su puesta en práctica. Además, se cuenta con un modelo o ejemplo máximo, el del asesino ideal5John Williams - aún no había llegado el momento del no identificado Jack the Tripper (Jack el Destripador) -, como veremos a continuación. No muestran, los interesados, ningún interés por la moralidad o inmoralidad del asesinato, eso es competencia de púlpitos y juzgados, sino por la estética del mismo, por su buen gusto y su ejecución meritoria (De Quincey, 2022, pp. 6-8).
Más adelante, según avanza el ensayo, se presenta todo un recorrido histórico de la evolución del arte del asesinato, desde los hitos de la Antigüedad hasta el presente. El padre de esta práctica fue el bíblico Caín, un artista y ejecutor muy imperfecto. Roma mostró poca originalidad y escaso genio pues el torpe asesinato de Cicerón fue un ejemplo fallido y una ocasión perdida. La Edad Media, por el contrario, conoció un gran florecimiento, con un incontable catálogo de asesinatos de reyes y príncipes de gran dramatismo, 6 efectos escenográficos y espectáculos artísticos. Después se refiere a una llamada época de los asesinatos de los filósofos, en especial el maestro Spinoza (Ámsterdam, 1632 - La Haya, 1677), de quien no duda que fuera asesinado. La relación de grandes asesinatos de los tiempos modernos que presenta De Quincey, hasta su presente, también asombra por el detallismo, por lo que se convierte en un completo trabajo de campo empírico (De Quincey, 2021, pp. 8-28).
Después de la historia, se ocupa de la teorización del arte de asesinar. Juega a la estadística al comparar el número de asesinatos, por ejemplo, en Londres, con el de la población en su conjunto, para dictaminar que se trata de un arte de gran rareza a causa de su dificultad. Se muestra en contra del asesinato con veneno, una novedad aborrecible llegada desde Italia. Por su estética y refinamiento artístico, considera que el tradicional degüello con cuchillo o espada es muy superior a otros métodos menos artísticos. Es decir, su estilo es más puro y se llega a alcanzar el virtuosismo con mayor facilidad. La resistencia de las víctimas, incluso violenta, es una gran dificultad y un gran impedimento para lograr una ejecución verdaderamente artística. Dichas víctimas no comprenden que ser asesinado no implica que todo sean desventajas, pues, a veces, es mejor morir así que por la peste o por unas fiebres. La víctima ideal - el material artístico superior - es un hombre bueno (más patético), común (como nosotros, no grandes individuos públicos) y de buena salud. El asesinato surte el mismo efecto que la tragedia, según Aristóteles, es decir, un sentimiento de terror, piedad y liberación que nos conduce al patetismo y la catarsis (cualidades del género del true crime). Por supuesto, el ideal artístico para el asesino es no ser descubierto. Y por lo que se refiere al tiempo y lugar, no hay nada que sea más aconsejable que la noche y los lugares apartados (De Quincey, 2021, pp. 28-37).
¿Y quién cumplia todos estos requisitos para De Quincey? Sin dudarlo, proclama al anteriormente mencionado John Williams (1784-Londres, 1811), asesino que aterrorizó el barrio del East End de la capital británica con sus siete asesinatos en la Ratcliff Highway entre el 7 y el 19 de diciembre de 1811, para terminar suicidándose en la cárcel el 28 de diciembre del mismo año antes de ser juzgado. 7
5. La traducción como una de las bellas artes
No parece que haya planes o intenciones de reconocer al asesinato el estatus de una bella arte. Pero la incisiva y humorística retórica de Thomas de Quincey, ¿podría tener utilidad en otros ámbitos? Por ejemplo, ¿debería ser la traducción considerada una de las bellas artes? 8 ¿Es posible comparar el asesinato con la traducción o son incomparables? Creemos conveniente analizar estas posibilidades. No buscamos convencer a ningún lector de que ambas actividades humanas sean la misma cosa, aunque la comparación entre realidades diferentes o desiguales sea una tendencia del pensamiento humano muy consolidada. 9 Todo lo contrario. Pero sí queremos descubrir si el hilo argumental y retórica provocadora, ensayados por el británico, podrían aplicarse a la defensa de la candidatura de la traducción para su ingreso en el selecto club de las bellas artes. Para ello, en primer lugar, recordaremos y admiraremos el arte refinado de las traducciones desde al español al inglés del escritor romántico inglés Robert Southey. ¿Quién podrá dudar, después de este examen, que Southey, no solo como autor, sino como traductor, no fuera un artista?
5.1. Las traducciones de Robert Southey
Robert Southey, citado por De Quincey en On Murder Considered as One of the Fine Arts, polígrafo inglés y viajero romántico por España y Portugal a inicios del siglo xix, fue además traductor de literatura portuguesa y española al inglés. Entre sus grandes títulos traducidos figuran los siguientes clásicos medievales peninsulares: Amadis of Gaul (1803), Palmerin of England (1807) y Chronicle of the Cid (1808) (vd. Zarandona, 1992-1994, pp. 7-27).
La introducción a su Amadis of Gaul es todo un prólogo de traductor donde dejó por escrito los criterios personales que como traductor había seguido al realizar su tarea. En concreto, los seis siguientes: 1) realización de una versión libre, con el correspondiente rechazo a la fidelidad; 2) condensación, aunque no pérdida de lo atesorado en el original; 3) conservación del mismo equilibrio entre los elementos del original que han de aparecer en la misma proporción; 4) conservación del estilo del original dentro de unos límites razonables; 5) cuidado en la traducción de los nombres propios; y 6) modestia, virtud que ha de acompañar a todo traductor al llevar a cabo una traducción.
Por todo ello, tanto lo que realizó, como los principios que le guiaron, fueron y son de una gran modernidad. Entre sus herederos, podemos citar al venezolano Ángel Rosenblat (Węgrów, Polonia, 1902 - Caracas, 1984) quien, como discípulo perfecto, completó una labor muy semejante cuando publicó su propia versión popular y modernizada del Amadís de Gaula, es decir, su traducción intralingüística, en el año 1963 en Buenos Aires (vd. Anónimo, 1963/1979). 10
Aún más sorprendente es su Chronicle of the Cid, una traducción que procede de una combinación de tres fuentes: las crónicas medievales castellanas de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador (¿Vivar del Cid, Burgos?, ca. 1048 - Valencia, 1099), el Cantar de mio Cid (ca. 1200) y los romances populares castellanos11 sobre el mio Cid. Se trata de una aportación que, sin dejar de ser una traducción, desestabiliza y problematiza el concepto de texto original de una traducción.
¿Puede dudarse de que esto sea una obra de arte, por su belleza y por su rareza? Se pueden observar todos los requisitos que se le exigen a una bella arte: contemplación, principios rigurosos de ejecución, objetivos estéticos, etc. Pero aún hay más, somos testigos del mismo fenómeno de rareza que Thomas de Quincey exigía para los asesinatos más artísticos. 12
5.2. La ecuación de Drake y la traducción
Ampliaremos en este apartado esta exigencia de rareza con la ayuda de Frank Drake (Chicago, 1930 - Aptos, California, 2022), quien fuera un astrónomo que sobre todo llegó a ser conocido y muy popular por su atrevida ‘ecuación de Drake’, teoría propuesta en 1961 que lleva su propio nombre, el de su creador, defensor y propagador (vd. Drake 1968, 1993).
Su pregunta inicial fue la siguiente: ¿Por qué no vemos y escuchamos alienígenas en nuestras televisiones? Este interrogante derivó en una fórmula para saber cuántas civilizaciones inteligentes y con capacidad para comunicarse con nosotros existen en el universo? Si nos ceñimos a nuestra galaxia, la Vía Láctea, la fórmula debe tener en cuenta los siguientes datos: cuántas estrellas se forman en nuestra galaxia anualmente; cuántas estrellas tienen planetas; cuántos planetas de estas pueden contener vida; cuántos de estos la han desarrollado realmente; cuántos de estos albergan vida inteligente; cuántos de estos con vida inteligente poseen tecnología para comunicarse; cuánto tiempo una civilización de este tipo sobrevive. El resultado fue que de entre las 200.000 a 400.000 estrellas que se calcula que tiene la Vía Láctea, solo diez cumplirían todos los requisitos. Por lo tanto, esas civilizaciones alienígenas inteligentes están allí fuera, pero es prácticamente imposible que consigamos conectar con ellas. 13
¿Podría esta misma fórmula aplicarse a las posibilidades de que alguien sea asesinado?, ¿o a las posibilidades de que un texto sea traducido a otra lengua? Todo por el fin confeso de medir el grado de rareza, tanto de un asesinato, como la probabilidad de que un texto determinado sea traducido. Esto es un cálculo que ya hemos tenido la oportunidad de comprobar con un cuento, «The Pagans» (2002), del escritor sudafricano, miembro de la comunidad de origen indio del país, Ahmed Essop (Gujarat, India, 1931 - Johannesburgo, 2019) (Essop, 2002, pp. 28-44), 14 de gran talento pero muy desconocido en el panorama literario internacional y una absoluta rareza en el mundo hispánico. Una vez adaptada la fórmula a la traducción: estas serían las preguntas pertinentes: cuántos libros se publican cada año; cuántos son en español; de estos, cuántos son traducciones; cuántos son traducciones del inglés; cuántos son traducciones desde el inglés de África; cuántos desde el de Sudáfrica; cuántos de la comunidad india de Sudáfrica; cuál es la cuantía del corrector de rareza que se ha de aplicar, incluso en su sistema literario original; cuál es el corrector tiempo (desde su primera publicación). 15 El resultado de la aplicación de esta ecuación es que las posibilidades de que este cuento se traduzca al español son mínimas (Zarandona, 2021, pp. 22-44). Una rareza tan grande como la de ser asesinado, de acuerdo a De Quincey, o aún mayor. Esta traducción, si llegara a haberla, sería una obra de arte tan única como la Capilla Sixtina, la Sexta Sinfonía o la película Gone with the Wind.
6. Las traducciones pioneras de On Murder al español: dos obras de arte
El ensayo de Thomas de Quincey que nos ocupa, On Murder as One of the Fine Arts, fue traducido al español por primera vez en 1907 (De Quincey, 1834-40/1907), es decir, ochentaiséis años después de su publicación original. Es decir, a pesar de todas las dificultades morales y estéticas, este ensayo consiguió vencer las barreras, según figuran en la fórmula de Drake aplicada a las posibilidades de que un texto llegue a ser traducido, que habrían impedido su traducción durante poco menos que un siglo. El responsable de esta tarea pionera fue Diego Ruiz Rodríguez (Málaga, 1881 - Toulouse, 1959). Unos trece años después el español conoció la segunda versión del texto (De Quincey, ca. 1920), 16 es decir, una retraducción, a cargo de Eduardo Barriobero y Herrán (Torrecilla de Cameros, España, 1874 - Barcelona, 1939). Después de ellos, el curioso ensayo no volvió a traducirse hasta la década de los años sesenta. Pero, eso sí, desde entonces no ha dejado de retraducirse y publicarse repetidamente.
Barriobero y Herrán incluyó un prólogo de traductor en el volumen de su traducción, de gran interés, sobre todo si se quiere desentrañar la razón que le llevó a abordar su retraducción del ensayo de De Quincey. En concreto, indica lo siguiente: «(...) cuando leí la primera versión española, no me gustó; no quiero con esto decir que estuviera mal hecha, sino que no estaba hecha a mi gusto» (Barribero y Herrán, ca. 1920, p. 6). 17 ¿Qué pudo inducirle a dejar por escrito que la primera traducción no le había gustado? Probablemente, nunca lo sabremos.
La personalidad y trayectoria de ambos traductores, que, sin duda, se filtraron en sus textos, podría ser una pista para llegar a adivinarlo. Ruiz Rodríguez fue un filósofo de vida extravagante según los cánones de su época, de primera profesión la medicina, aunque aficionado, sobre todo, a la siquiatría. También fue un investigador y científico en el estudio de la astronomía y a los planetas exteriores, lo que no le impidió, como buen polifacético, que se dedicará a la estética y a las artes, la música en especial. De igual manera, se dedicó a la traducción, aunque nunca lo hizo de manera plena, sino esporádica. Finalmente, podemos mencionar que estudió sociología, teología y política. Este último saber lo puso en práctica como conspirador anarquista y revolucionario en los convulsos años de la España de entresiglos. Todo ello con un aura de travieso, polémico y brillante seductor, es decir, con mucho en común con Thomas de Quincey.
Barriobero y Herrán tiene algunos puntos en común con Ruiz Rodríguez, pero, si se analiza bien, poseía una personalidad muy distinta. Más intelectual, riguroso y trabajador y menos aventurero. Abogado de profesión, puede considerársele un humanista muy completo: periodista, literato, tratadista, latinista, cuya vocación por las letras y su entrega a las mismas dio fruto en decenas de títulos diferentes. Entre ellos, un amplio elenco de traducciones de autores clásicos, renacentistas y contemporáneos, 18 desde varias lenguas. Perteneció a la masonería española y fue diputado a Cortes (parlamento español) en varias ocasiones, donde siempre se expresó como un revolucionario utópico y un insurrecto. La política supuso su perdición, pues la República le aplicó un juicio político en 1937, y el régimen de Francisco Franco (franquismo) lo ejecutó en 1939.
Además, es posible que contemos con una segunda pista. El investigador Ramón Esquerra publicó en 1937 el primer estudio completo sobre la recepción de William Shakespeare en Cataluña: Shakespeare a Catalunya. Un año después de la publicación de su ensayo traducido de Thomas de Quincey en 1907, Diego Ruiz Rodríguez publicó otra traducción propia de la tragedia Macbeth al catalán (Shakespeare, 1908). Ramón Esquerra no se olvida de esta traducción en su manual, pero no la valora de manera muy positiva. Más bien, desde su punto de vista y de acuerdo al concepto de traducción dominante en su época que también le sería propio, le achaca muy poco respeto al original. Por lo tanto estaría de acuerdo con la visión negativa del segundo traductor, Eduardo Barriobero y Herrán, sobre la manera de traducir, poco normativa19 o heterodoxa, de Diego Ruiz Rodríguez.
Nuestra hipótesis podría expresarse en los siguientes términos: las excesivas libertades que el primer traductor se pudo haber tomado con el texto shakespeariano es muy probable que esté detrás del reproche del riguroso y muy profesional y experto en lides de traducción Eduardo Barriobero y Herrán. Puede ser esta la razón de que no le gustara. Su disgusto estaría basado en diferencias formales y de método y estas diferencias lo animaron, sin duda, a retraducir el texto. Como toda hipótesis que se precie, requiere de una atenta investigación empírica comparada que la confirme o rechace. Se trataría de un tema de investigación apasionante, pero de lo que no cabe duda es de que nos enfrentamos a algo muy característico de todas las bellas artes: la escuelas enfrentadas o muy enfrentadas. Este dato no haría más que reforzar nuestra afirmación de que la traducción debe ser considerada como una de las bellas artes.
6.1. El valor artístico de la retraducción
La teoría de la traducción puede acudir en nuestra ayuda tanto para comprender el valor artístico de la retraducción en general, como el caso práctico que nos ocupa de estas dos traducciones primeras al español del ensayo de De Quincey. Nos fijaremos, en primer lugar, en las propuestas de J. W. Mathijssen, recogidas en el primer capítulo de su tesis doctoral, titulada The Breach and the Observance. Theatre Retranslation as a Strategy of Artistic Differenciation (2007). En otras palabras, dicho capítulo, “Reason for retranslation” (Mathijssen, 2007, pp. 17-22), basándose en la creencia de que una traducción nunca está terminada del todo y que, por lo tanto, toda nueva traducción busca una mejora respecto a la anterior o anteriores, aporta una explicación teórica de por qué los textos se traducen de nuevo. Además, especifica que los textos se traducen de nuevo porque las traducciones envejecen y las nuevas generaciones necesitan las suyas propias; porque traducir un texto del gran canon de una literatura es muy costoso y presenta pocas posibilidades de éxito; o, sobre todo, porque en la cultura meta coexisten al mismo tiempo y entran en conflicto al no compartir las mismas normas históricas de traducción. En estos casos, una nueva traducción puede considerarse un desafío hacia otra traducción previa promovida por otro grupo de intereses contrarios.
Por lo que respecta a las dos primeras traducciones de nuestro ensayo de De Quincey al español, la de Ruiz Rodríguez (1907/2008), y la de Barriobero y Herrán (ca. 1920), no puede defenderse el argumento del envejecimiento de la primera pues la segunda está muy próxima en el tiempo. La dificultad de la traducción de un texto como On Murder, propio del gran canon del Romanticismo británico, es una explicación bastante convincente. Pero, sin duda, creemos que el conflicto entre las normas de traducción vigentes en aquellos momentos, representadas por la segunda traducción, frente a un tipo de traducción más heterodoxo, el primero, fue la razón fundamental que inspiró el deseo de retraducir el texto. En cualquier caso, ambas pueden catalogarse como dos obras deudoras del talento artístico de los dos traductores que dieron lo mejor de sí mismos para expresar y dejar constancia tanto del valor como de la voz de sus propias traducciones. 20
7. Algunas reflexiones
La primera reflexión que queremos exponer es que a la traducción en sí y a aquellos que la practican y la estudian, probablemente no les preocupe lo más mínimo que esta sea o no sea una bella arte. Por nuestra parte, sin embargo, creemos que podría ser un eslabón o pilar más en la lucha por el reconocimiento general de la actividad de la traducción por el conjunto de la sociedad. Se trataría de un objetivo todavía pendiente. Esto nos ha llevado a analizar a fondo el texto de Thomas de Quincey; a fijarnos en su genial e irónico argumentario; a recrearlo, reaplicarlo y compararlo con el posible argumentario que proponemos para la defensa de la naturaleza de bella arte de la traducción. Igualmente, hemos intentado compensar las claras debilidades de la defensa de De Quincey, ya que su objetivo de declarar el asesinato como una de estas artes no ha tenido nunca éxito. No queremos lo mismo para la traducción. Por ello hemos recurrido, como ejemplo, a la belleza, sofisticación y complejidad de las traducciones de Robert Southey; también, gracias a nuestra adaptación de la fórmula de Drake a la traducción, hemos querido enfatizar la rareza de toda traducción: ni todo se traduce ni todo texto es capaz de superar las barreras que impiden su traducción. La inmensa mayoría de los textos de todas las lenguas existentes del pasado o del presente nunca se llegará a traducir. Por eso, hemos recordado las dificultades que experimentó este ensayo de De Quincey para lograr ser traducido al español, tarde y de manera polémica, así como el indudable valor artístico que acompaña a la retraducción de los grandes textos de la historia literaria.
Por todo esto y definitivamente, creemos que podemos afirmar que la traducción debería ser una firme candidata a ser considerada una de las más refinadas de las bellas artes. La literatura (lírica, épica o dramática; en verso o en prosa), como bella arte de gran reconocimiento, no la representa ni puede albergarla en su seno por varias razones. La traducción literaria, aunque se trate del ámbito más cercano a la literatura y sea el tipo de traducción más creativa, no es literatura, pues no es original, siempre conserva un vínculo íntimo con el texto original que no le permite volar libremente. Y, por supuesto, la consideramos más unida a sus iguales que a la literatura. Es decir, a las traducciones de textos de humanidades y ciencias sociales y a las de los textos científicos y técnicos. Todos son traducción y tienen en común la parte más fundamental de su naturaleza. Además, ¿alguien podría negar que no existe arte en una delicada sentencia judicial en traducción o un delicado tratamiento médico bien traducido?
También creemos que los mismos argumentos que utilizara en su ensayo-conferencia Thomas de Quincey a principios del siglo xix, debidamente adaptados (mutatis mutandis), son útiles y pueden apoyar nuestra reclamación. La larga historia del perfeccionamiento del asesinato, tan antiguo como la misma humanidad, esbozada en On Murder Considered as One of the Fine Arts, se aplica también a la larga historia del perfeccionamiento y progreso de la traducción, otra arte tan antigua como la humanidad. El asesinato, igualmente, comprende unas fases: la elección de la víctima, así como del instrumento y del lugar y tiempo; la ejecución de los hechos a sangre fría, si fuera posible, y con el interés puesto en la perfección estética de dicha ejecución; o la pericia para no ser castigado por ello. Las fases de la traducción también son imprescindibles para la traducción, ya sea durante el proceso o la consecución del producto final. Por lo que respecta al proceso: elección del texto, búsqueda de patrocinio, análisis o toma de decisiones previas a la traducción (cuándo, dónde, para quién, etc.), la selección de estrategias y de la metodología (domesticación, entranjerización o híbrida), 21 enfoque teórico equivalente o funcional, ayudas y herramientas a la traducción necesarias, etc. Y cuando ya tenemos el producto, la crítica, evaluación y revisión de traducciones entrarían en juego, así como los factores profesionales o académicos del mismo.
El asesinato exige una investigación policial que determine el cuándo se ha cometido, en qué consiste el asesinato exactamente, cómo se perpetró, con qué, por qué, quién lo hizo y el dónde. Y todos estos datos se buscan, recopilan y archivan como pruebas. Por su parte, los Estudios Descriptivos de la Traducción, por ejemplo, se afanan por estudiar la materialidad de los textos traducidos: cuándo se llevó a cabo, por quién, quienes fueron los instigadores, por qué motivo, para qué se hizo, qué efectos tuvo, qué recursos se emplearon, quiénes fueron sus beneficiarios, etc. En el fondo, se trataría de una auténtica labor policial a su manera.
Los asesinatos son obra de autor, pues cada asesino deja su firma en sus delitos sangrientos. Se necesitan unas dotes especiales, más bien trastornos de la personalidad, aparte de una práctica consolidada. Por ello suelen repetirse (asesinatos en serie) y mejorar con el tiempo. El traductor también requiere de un aprendizaje (carrera profesional) y de un talento especial. Sus traducciones siempre reconocibles como expresión de sí mismo, se tornarán en traducciones y traductores visibles, quiera o no el traductor, sobre todo aquellas que hagan gala de un refinamiento artístico especial.
El axioma popular nos enseña que no existe el asesinato perfecto, solo el asesinato cuyo autor no ha sido descubierto todavía. Tampoco hay traducción perfecta, solo traducciones a las que se haya puesto el punto final por exigencias de la vida. Y de ahí el fenómeno de la retraducción según el cual se observa claramente que los mismos originales se vuelven a traducir nuevamente por traductores amparados por otros criterios o para satisfacer las demandas de una nueva época o un nuevo público lector interesado, aparte de los motivos puramente personales de un traductor dado.
La investigación policial progresa de manera decidida por el descubrimiento y la aplicación de nuevos métodos de análisis, como, por ejemplo, las pruebas de adn que tantos delitos ya archivados han permitido revisar y solucionar después de muchos años, al aplicarlas de manera retrospectiva. La revolución técnica de los recursos y herramientas para la práctica de la traducción de los últimos decenios también ha sido espectacular: corpus electrónicos, bases de datos, memorias de traducción, programas de traducción automática e inteligencia artificial, etc.
8. Conclusión
Entonces, cerraremos nuestras reflexiones con una conclusión clara. La traducción en su conjunto puede ser reivindicada como una bella arte diferente y autónoma de la demás y los argumentos de Thomas de Quincey nos han sido muy útiles para defender esta reivindicación, además ilustrada esta con algunos ejemplos brillantes de la historia de la traducción, sobre todo las páginas traducidas por el romántico artista y traductor o traductor-artista Robert Southey, o el análisis de extrañeza o rareza que todo acto de traducción implica. Por supuesto, desde ahora nos comprometemos a difundir la idea de que la traducción debe ser considerada una bella arte.
Pero todavía nos quedaría algo por decir. Según nos ha enseñado el estudioso Edwin Gentzler, la disciplina de la traducción o estudios de traducción ha superado las fases de predisciplina, disciplina e interdisciplina, para adentrarse en el nuevo reto de la posdisciplina (Gentzler, 2014, pp. 13-14), terreno en el cual la traducción adquiere una definición ampliada e híbrida, donde se abre a lo que acontece antes y después de ella misma, y donde se comunica y beneficia de todo lo que la rodea más allá de sus límites disciplinares. Además, la distinción entre el artista original y el traductor desaparece y todos los campos creativos se comunican entre sí: la escritura y todas las artes (Gentzler, 2014, pp. 19-20). No puede darse mejor contexto para nuestra reivindicación de que la traducción debe ser considerada como una de las bellas artes. Recordemos lo siguiente: “Translation today knows no institutional boundaries, and it is time for scholars to catch up to the practice” (Gentzler, 2014, p. 23).














