1. Introducción
La hora de la estrella (2021) de Clarice Lispector (1920-1977), junto con Cerca del corazón salvaje (1944), La lámpara (1946), La ciudad sitiada (1948), Lazos de familia (1960), La pasión según G.H. (1964) y Agua viva (1973), son algunas de las obras que sellaron un lugar a la escritora de origen ucraniano en la historia de la literatura brasileña del siglo XX. Siendo La hora de la estrella su última novela publicada, conocemos a través del personaje-escritor Rodrigo S. M. la historia de Macabéa, una joven pobre, huérfana, desnutrida, proveniente del sertón de Alagoas, que migra a la ciudad de Río de Janeiro donde obtiene un trabajo de mecanógrafa y convive en una misma habitación con otras cuatro nordestinas en la Rua do Acre. Macabéa, oyente habitual de la Radio Relógio y coleccionista de anuncios publicitarios, llega a tener una breve relación amorosa con Olímpico, “bicho de la misma especie” (Lispector, 2021, p. 90), cuyo noviazgo se deshace cuando él conoce a una colega de ella, Glória, mujer de morfología totalmente opuesta, un “material de primera calidad” (Lispector, 2021, p. 101). Macabéa, desesperada por su realidad, acude a Madama Carlota, una exprostituta dedicada a la lectura de cartas, quien le predice un futuro esplendoroso. Al salir de ahí es atropellada por un Mercedes Benz amarillo en “el crepúsculo que es la hora cero” (Lispector, 2021, p. 114), consolidándose la única posibilidad del personaje de convertirse en una estrella.
En cuanto a lo material, uno de los temas que aquí nos convoca, Evando Nascimento (2012) en su obra Clarice Lispector: uma literatura pensante nos ofrece un valioso y extenso aporte crítico-analítico de la ficción lispectoriana. La denomina antiliteratura de la cosa que, desde la década de 1940, en pleno apogeo de la alta modernidad, anuncia una posible inflexión de lo moderno: una literatura, más allá de contemporánea, extemporánea que “se abre como un coro de objetos, fuerzas y formas para el tiempo presente y por una democracia de estados (en sentido amplio), todavía y siempre por venir” (Nascimento, 2012, p. 80). De acuerdo con Nascimento (2012), la prosa clariciana nos llama a pensar en las cosas, las plantas, los animales y las mujeres, materialidades que se desarrollan como en:
…un espectáculo de marionetas entre la vida y la muerte: pasando de hombres y mujeres a animales, de animales a plantas, de plantas a cosas, en una circulación pulsante sin fin. Tales movimientos simulados reflejan la conversión de la materia en su gran plasticidad, haciendo que lo orgánico se convierta en inorgánico y lo humano en todo lo que no es, y viceversa. (Nascimento, 2012, p. 198)
En definitiva, es una ficción teatral en favor de una plasticidad material humana, animal, vegetal, mundana y cósmica. Una antiliteratura de formas intensivas del casi (Nascimento, 2012, p. 48), casi-animal, casi-planta, casi-objeto.
Dentro del marco planteado por Nascimento, encontramos la investigación de Mirna Rocha (2019) en Animalidad, viaje y escritura. Una aproximación a la obra de Clarice Lispector, quien aborda (entre otros) el concepto de lo neutro, el it en los personajes protagonistas de las obras de Lispector, un concepto que refiere a una “fusión de los dos aspectos: eso viviente pero que aún no tiene forma, ese lugar (membrana o límite) donde se alojaría lo anterior a lo humano” (Rocha, 2019, p. 28). Respecto a La hora de la estrella, Rocha señala que Macabéa encajaría en el it al ser catalogada, por ejemplo, como materia viviente en su forma primaria donde su inocencia, pobreza, hambruna y pasividad la transforman en “apenas una sustancia viva, una materialidad viviente y, por lo mismo, neutra. Lo neutro remite a la vida primitiva, a lo anterior a lo humano, y por eso mismo, imposible de ser juzgado porque no posee moral” (Rocha, 2019, pp. 32-33).
Gabriel Baltodano y Grethel Ramírez (2019), por su parte, plantean en “Subjetividad y subordinación en La hora de la estrella, de Clarice Lispector” que la novela relaciona las preocupaciones sociales y las reflexiones en torno al género, el erotismo y el cuerpo, enfocándose en la representación de una subjetividad femenina y precaria, y proponen, por tanto, examinar los principios y los procedimientos detrás de la construcción del personaje de Macabéa. Siguiendo los postulados de la filósofa estadounidense Judith Butler en cuanto a la imaginación masculina que comúnmente sitúa a lo femenino del lado de la materialidad (ora inerte - erotismo tanatológico -, ora vital - procreacionismo -), en oposición a la racionalidad de lo masculino, Baltodano y Ramírez explican que surge un dilema de representación en el que el narrador adopta una postura intermedia para describir a Macabéa “como un ser indescifrable, ambiguo, escurridizo y monstruoso; como un ser con cualidades contrapuestas” (Baltodano & Ramírez, 2019, p. 52). Por tal razón, Rodrigo S. M., con su voz masculina y acomodada, solo logra comprender a la protagonista mediante matrices de sentido tradicionales (ser ordinario/extraordinario, doncella vital/cuerpo marchito). Lo más relevante de ese proceso de construcción del personaje femenino radica entonces, de acuerdo con Baltodano y Ramírez, en la complejidad del narrador para establecer categorías puntuales, por lo que las matrices tradicionales se revelan como “insuficientes, toda vez que el narrador debe asignar calidades intermedias a la protagonista: ni es alma pura ni vil materia, ni virgen ni fecunda, ni marchita ni sensual, sino todo junto o todo ello disuelto por acción de paradojas” (Baltodano & Ramírez, 2019, p. 54).
En cuanto al ámbito filosófico, nuestro segundo tema de interés, Paloma Souto (2023) en “La angustia en Macabea: una lectura heideggeriana de La hora de la estrella de Clarice Lispector” propone - como ya lo adelanta su título - que mediante el concepto de angustia de Heidegger se lee, en la configuración de la protagonista, un arrojo a la narración por parte de Rodrigo S. M. y un arrojo existencial al mundo: “se halla devorada por el mundo, caída en infinitas posibilidades que habitan lo imprevisto y culminan en los hechos” (Souto, 2023, p. 72). Al mismo tiempo, sugiere que la presencia de la nada aparece como preámbulo del sentimiento angustioso en el que habita casi de forma permanente, el cual se encontraría explícitamente “en la medida en que…ella medita en una extensa nada” (Souto, 2023, p. 70); una angustia disimulada a veces por los instantes de olvido de esa misma nada. Además, la pureza y el despojo absoluto del personaje, como extrañamiento en el sentido heideggeriano, se haría patente con una incomodidad de la vida que revela a través de ciertas preguntas. Souto establece que “en esta historia, sin explicación y sin permiso, la originaria nada se patenta mediante la angustia que es muda y enmudece. Silencio: la angustia es silencio” (2023, p. 74).
Ahora bien, lo novedoso que se propone en este artículo, y que constituye a su vez el objetivo general, es analizar, por un lado, otras materialidades patentes en el objeto de estudio: el residuo humano (Bauman, 2005) y la materia sonora de la radio (Tacchi, 2001); y, por otro lado, la caída/ruina y el uno (Heidegger, 1997, 2002) como otras dimensiones filosóficas existencialistas (hermenéuticas) presentes en La hora de la estrella, todas ellas condicionando de manera (in)directa la vida y los espacios de los personajes, en particular de Macabéa. En el apartado siguiente, “¿Qué son ellos? Un acercamiento a los remanentes sociales”, abordamos el concepto axial de residuo humano (Bauman, 2005), luego damos paso al estudio sobre el uso de la radio (Tacchi, 2001) en “Materialidades en el espacio doméstico”, sección que actúa como un puente dialógico con el último acápite “Verfallen y dasman”. En el presente análisis se adoptó un enfoque interdisciplinario socio-humanístico que integra la sociología, la etnografía desde la perspectiva material/artefactual y la filosofía existencialista. Se seleccionaron tres textos fundamentales: Vidas desperdiciadas (2005) de Zygmunt Bauman, Radio texture: between self and others (2001) de Jo Tacchi y Ser y tiempo (1997) de Martin Heidegger. La elección de dichas referencias, que implicó el desarrollo de los conceptos arriba mencionados, se basó en su relevancia y pertinencia para comprender los siguientes tres ejes: la condición de los individuos marginalizados en la sociedad moderna, como lo es el personaje principal con su trayectoria personal; en segundo, las inéditas funciones que puede llegar a cumplir una radio en tanto artefacto doméstico “banal”, el cual tiene una fuerte presencia en la vida de Macabéa (Radio Relógio); y, por último, la conducta del ser humano ante su existencia-muerte, la que es ostensible en ciertas acciones y (no)pensamientos de la protagonista.
2. ¿Qué son ellos? Un acercamiento a los remanentes sociales
Como punto de partida, proponemos una relectura de la lógica material que opera en los personajes, especialmente en el caso de Macabéa, en contraposición a lo que expresa Juan Farías (2022) sobre que:
La idea del desperdicio propuesta por Bauman no comulga con el tratamiento estético de la basura, como se podría plantear que hace Lispector, sino que se ajusta a una mirada que acerca al ser humano a la posibilidad de convertirse en desecho. (Farías, 2022, p. 69)
En su obra Vidas desperdiciadas, Zygmunt Bauman (2005) no habla de una posibilidad del ser humano de convertirse en desecho, sino de la ya larga y sobreabundante existencia - y persistencia - de los seres excluidos del mundo moderno, este caracterizado por la globalización y un diseño industrial y humano que ha separado “lo relevante de lo irrelevante” (p. 40). Así como en toda dinámica de diseño y fabricación de objetos se descarta el material superfluo, Bauman realiza una analogía en el plano humano, sugiriendo que los residuos humanos son ese “material” sobrante que no encaja o no se integra en los sistemas económicos por su mínima capacidad - o incluso total incapacidad - de producción y consumo; una superpoblación que se ha acumulado a lo largo de los años en espacios exocéntricos de las grandes ciudades compuesta por diferentes “categorías”: migrantes, desplazados, refugiados, solicitantes de asilo, desempleados crónicos, entre otros, que detentan pocas esperanzas de “reciclaje”. A partir de lo anterior, delimitamos entonces nuestro primer concepto de materialidad, proponiendo leer la presencia de Macabéa en tanto materia residual, residuo humano, del proyecto moderno.
Desde el siglo XX, debido al poco desarrollo industrial y a las complejas condiciones climáticas, los sertones nordestinos han expulsado una cantidad ingente de población hacia las grandes metrópolis del sur, en especial San Pablo y Río de Janeiro, cuya mayoría se ha desempeñado en trabajos manuales, pero solo la minoría logra mejores condiciones. Estos hechos permiten, desde un inicio, establecer una correspondencia con la propuesta de Bauman. Ciñéndonos a Macabéa, ya su condición de migrante económica nordestina no le permite ser acogida en el sistema: “no se daba cuenta de que vivía en una sociedad técnica donde ella era un tornillo innecesario” (Lispector, 2021, p. 81). Resulta evidente que esa “sociedad técnica” es aquella inserta en y creada por la modernización, donde ser una pieza prescindible “significa haber sido desechado por ser desechable, cual botella de plástico vacía y no retornable o jeringuilla usada; una mercancía poco atractiva sin compradores o un producto inferior o manchado, carente de utilidad…” (Bauman, 2005, p. 24). Por tal razón, Macabéa, al estar desprovista de valor productivo y carecer de educación formal (“sólo había hecho el tercer grado de primaria”, [Lispector 2021, p. 72]) alcanza el oficio máximo de mecanógrafa y con menos del salario mínimo. Dicha función que, junto con desempeñarla fallidamente, “ella se equivocaba demasiado en la mecanografía, además de ensuciar invariablemente el papel” (Lispector, 2021, p. 78), la mantiene al borde de ser despedida, fácilmente sustituible por otra mujer de igual rango.
La gran población nordestina expulsada es en más de una ocasión aludida en la novela, he aquí un ejemplo: “las nordestinas que andan por ahí a montones” (Lispector, 2021, p. 69), “montones” que, sin duda, refieren a la superpoblación identificada por Bauman. Estos cúmulos de nordestinas son, como Macabéa, mano de obra barata: “como la nordestina, hay miles de muchachas regadas en vecindades…trabajando hasta la explotación atrás de los mostradores” (Lispector, 2021, p. 71). Debido a un impulso apremiante de supervivencia, dichas jóvenes, así como las cuatro Marías que viven sumergidas en un cansancio por el arduo y anónimo trabajo en las “Tiendas Americanas”, son aquella “mano de obra barata, dócil y poco exigente, dispuesta a aceptar y a hacer cualquier cosa que se le ofrezca” (Bauman, 2005, p. 84); su carácter residual es factor de eliminación/rechazo en la cadena de montaje productiva de la sociedad técnica y especializada.
Bauman (2005) precisa, igualmente, que “todos los residuos, incluidos los residuos humanos tienden a amontonarse de forma indiscriminada en el mismo basurero” (p. 104). Dicho basurero está figurado en la novela en dos magnitudes. A nivel micro, Macabéa comparte un cuarto con otras cuatro personas (las Marías) y este, a nivel macro, se sitúa en una “vieja vecindad colonial de la accidentada Rua do Acre, entre las prostitutas que servían a los marineros, depósitos de carbón y de cemento en polvo…” (Lispector, 2021, p. 81). La convivencia entre seres de análoga condición revela que tanto la habitación como la vecindad se constituyen efectivamente a modo de “vertederos para la población excedente, superflua” (Bauman, 2005, p. 108). La Rua do Acre es un depósito donde también circulan “gordas ratas” (Lispector, 2021, p. 81), roedor que asiduamente se vincula a la suciedad y simbólicamente se halla “en relación con la enfermedad y la muerte” (Cirlot, 1997, p. 385), posible razón por la cual el narrador no pondría un pie en ese sector, le “da terror sin ninguna vergüenza esa oscura porción de vida inmunda” (Lispector, 2021, p. 81), vidas abyectas que manifiestan el carácter impuro, repugnable y peligroso de los residuos, o ese asco del “Otro basurizado” (Silva-Santisteban, 2009). Tal vez por ello no es de casualidad el nombre de la calle (Acre), algo amargo, corrosivo.
El hecho de que Macabéa no participe exitosa y satisfactoriamente en la sociedad de productores (Bauman, 2005, p. 26) implica, por consiguiente, una semiausencia en la sociedad de consumidores: además de ir al cine una vez al mes, los “lujos” que se da son pintarse de rojo las uñas de las manos y beber café frío antes de dormir. Forma parte de la “chusma [que] sueña con hambre de todo” (Lispector, 2021, p. 85), cuyos actos o prácticas consumistas destapan otra característica de los residuos humanos, ser “consumidores incompletos” (Bauman, 2005, p. 27). El consumidor frustrado es proyectado, de igual forma, por Olímpico: nordestino migrante y mano de obra barata (obrero en una metalúrgica) para quien la “mejor herencia es mucho dinero…ser muy rico” (Lispector, 2021, p. 92). Ahora bien, a diferencia de Macabéa, Olímpico sí busca reciclarse, es decir, volverse un miembro legítimo y reconocido en la sociedad (Bauman, 2005, p. 104). “Ni por un instante se arrepintió de haber roto con Macabéa ya que su destino era subir para un día entrar al mundo de los demás. Tenía hambre de ser otro” (Lispector, 2021, p. 105). Un mundo al que; no obstante, accedería solo ilusoriamente a través de Glória, ya que su oficio de estenógrafa, un padre carnicero, teléfono en casa, mejor salario y alimentación que Macabéa son condiciones “sucio desorden de una tercera clase burguesa”, [Lispector, 2021, p. 105]) que no representan ventajas sustanciales para situarla en un mayor grado social, es decir, para librarla del estatus de residuo. En contraste con lo expresado por Farías (2022) y conforme a la propuesta de Bauman, en La hora de la estrella sí es posible leer a Macabéa (y a la mayoría de los personajes) como residuo humano; como “las sobras de una sociedad muy alta” (Lispector, 2021, p. 106). Ahora bien, ¿la condición residual de Macabéa supondría un vínculo o uso particular con los objetos de su cotidianeidad? ¿En qué medida la radio incide de un modo especial en su vida a partir de dicha condición? En el siguiente apartado intentaremos dar una respuesta a estas interrogantes.
3. Materialidades en el espacio doméstico
En Material cultures. Why some things matter, obra de pluriautoría editada por Daniel Miller (2001), se abordan los estudios de la cultura material, cuyo interés se enfoca en el análisis específico de artefactos o ámbitos artefactuales particulares, lo que nos permite delimitar nuestro segundo concepto de materialidad. La dimensión que actúa como hilo conductor a lo largo del volumen - dimensión clave para diferenciar las distintas secciones - es la del espacio. Esta dimensión vincula la preocupación por el ámbito doméstico más privado con la esfera más pública y global. Así, los capítulos se presentan en forma de estudios que van desde compras por catálogo, pasando por los jardines, hasta el uso del papel en la oficina. Cada uno de los diez capítulos que componen el volumen es resultado de un estudio etnográfico. Dicha disciplina (la etnografía) utilizada en la cultura material también tiende a enfatizar observaciones cuidadosas de lo que las personas realmente hacen y, en particular, de lo que hacen con las cosas. Como tal, los investigadores se enfrentan constantemente a las discrepancias cotidianas entre lo que los individuos dicen que les importa y aquello a lo que realmente prestan atención (Miller, 2001, pp. 12-13). El tipo de análisis de la cultura material presentado en el volumen tiene entonces su propio criterio de importancia que surge, en gran medida, a través de la investigación etnográfica: un criterio que insiste en destacar aquellos objetos de los que se puede demostrar que importan a las personas, incluso cuando ellas mismas no hacen ninguna afirmación al respecto (Miller, 2001, p. 13).
Ahora bien, será específicamente el segundo capítulo Radio texture: between self and others, escrito por Jo Tacchi, el que servirá como eje teórico para establecer un diálogo con el objeto de estudio. La antropóloga especializada en los medios de comunicación utiliza la idea misma de cultura material para interponer un elemento clave entre los estudios más tradicionales de la radio y su audiencia. Se trata de un paisaje sonoro texturizado que se emite por radio y que se utiliza para formar una clase de espacio dentro del hogar. El sonido de la radio, como parte de la cultura material del hogar, se considera una textura y contribuye a la textura sonora del entorno doméstico. Centrándose en las cualidades particulares que tiene la radio, Tacchi habla de la presencia material del sonido que se opone a la presencia igualmente material del silencio y se concentra en la función que desempeña la radio en el hogar, específicamente en los grados de sociabilidad. En pocas palabras, la antropóloga pretende reconocer las formas en que el sonido de la radio en el hogar se suma al entorno texturizado (o cultura material) dentro del cual se vive la vida cotidiana y se crean, recrean y modifican los seres sociales; así, al entrar en el hogar, el sonido de la radio se vuelve material y social: es social en su materialidad (Tacchi, 2001, p. 43).
Una de las funciones del sonido de la radio es llenar “el espacio ‘vacío’ y el tiempo ‘vacío’ con una rutina familiar...” (Tacchi, 2001, p. 25); hábito que, aunque en su caso no es familiar, se aprecia en una práctica matutina de Macabéa:
Todas las mañanas encendía el radio que le prestaba una compañera de cuarto, María da Penha, encendía el radio muy bajito para no despertar a las otras, sintonizaba invariablemente Radio Relógio, que daba “la hora exacta y la cultura”, y ninguna canción; sólo se escuchaba el sonido de gotas que caían -cada gota era un minuto que pasaba-. Y lo mejor de todo era que esa estación de radio aprovechaba los intervalos entre las gotas de minuto para dar anuncios comerciales -a ella le encantaban los anuncios-. Era la radio perfecta ya que también entre las gotas del tiempo transmitía breves conocimientos, los que tal vez algún día necesitaría saber. Fue así que aprendió que el emperador Carlo Magno era llamado en su tierra Carolus. Es cierto que nunca había tenido oportunidad de usar esa información. Pero nunca se sabe, quien espera siempre alcanza. (Lispector, 2021, p. 86)
El uso de la radio actúa, por una parte, como una constante presencia material sonora en el eje tempo-espacial de su esfera privada que se ve “como un patrón para la vida doméstica” (Tacchi, 2001, p. 25). Por otra parte, la elección específica del tipo de emisión parece justificarse como un marco y apoyo para futuras interacciones sociales, a “manera pseudosocial para crear un yo que podría o le gustaría ser social” (Tacchi, 2001, p. 27), a través de los breves conocimientos que efectivamente resultan oportunos en posteriores conversaciones con Olímpico, como aquella entablada luego de la visita al Jardín Zoológico:
Y sin notar que él también era de pocas palabras como conviene a un hombre serio, le dijo: - ¡Me lleva! ¡No sabes abrir la boca y no tienes nada que decir! Entonces afligida ella le dijo: - Mira, ¡en su tierra al emperador Carlo Magno le decían Carolus! Y ¿sabías que la mosca vuela tan rápido que si volara en línea recta pasaría por todo el mundo en veintiocho días? - ¡Eso es mentira! - ¡No y no, juro por mi alma pura que eso aprendí en Rádio Relógio!... (Lispector, 2021, p. 99)
Ante la falta de una capacidad expresiva, las transmisiones informativas de Rádio Relógio le proporcionan a Macabéa una herramienta indispensable para reforzar, o más bien crear, su sociabilidad.
A partir de su frágil grado de intercomunicación, podemos dirigir el foco al silencio social del personaje, silencio considerado “como un extremo de una escala de sociabilidad” (Tacchi, 2001, p. 27). El día que Macabéa quedó sola en el cuarto:
Apenas podía creer que era dueña del espacio. Y no se escuchaba ni una sola palabra. Entonces bailó en un acto de absoluto valor, ya que la tía no la entendería. Bailaba y giraba porque al estar sola se volvía: ¡l-i-b-r-e! Era dueña de todo, de la arduamente conquistada soledad, del radio de pilas tocando a todo volumen, de la amplitud del cuarto sin las Marias. (Lispector, 2021, p. 89)
Resulta paradójica la situación: si bien la soledad y libertad son anheladas, ¿por qué Macabéa no querría disfrutar/contemplar el silencio y tranquilidad, cubriendo la serenidad con la radio a máxima intensidad sonora? El dispositivo es probablemente utilizado para “compensar la falta de interacciones sociales” (Tacchi, 2001, p. 25), pues Macabéa está sola en el mundo, sus “conexiones” a él (Glória, Olímpico, Marías, el señor Raimundo) no son relaciones significativas que impliquen una sociabilidad auténtica. El silencio le podría estar ofreciendo un recordatorio de su situación social no deseada y la radio la distraería entonces de “sus sentimientos de aislamiento o soledad” (Tacchi, 2001, p. 29).
La sonoridad resulta vital para el personaje:
Era callada (por no tener qué decir) pero le gustaban los ruidos. Eran vida. Mientras que el silencio de la noche asustaba: parecía que estaba dispuesta a decir la palabra fatal. Durante la noche era raro que pasara un carro en la Rua do Acre, mientras más se escucharan los cláxones, mejor para ella. (Lispector, 2021, pp. 83-84)
La ausencia de la radio durante la noche recaería en la necesidad de prestar atención a ruidos externos, le resulta temible que puedan existir momentos de silencio que resalten o hagan surgir otros “pensamientos o preocupaciones infelices” (Tacchi, 2001, p. 29), como aquellos relacionados con la palabra fatal: la muerte. Los ruidos, pero en especial la radio (en su uso cotidiano y doméstico), le permitirían finalmente “silencia[r] el silencio preocupante” (Tacchi, 2001, p. 30), ¿una preocupación existencial?
3.1. Verfallen y dasman
A continuación, proponemos que la radio puede ser considerada, desde la óptica de Martin Heidegger, como un ser-a-la-mano que acrecienta y promueve la caída (Verfallen) de Macabéa, un modo existenciario “ruinoso”. En su obra Ser y tiempo, Heidegger (1997) plantea al ser humano como el Dasein, el ser-ahí que, en su estado fáctico - conjunto de hechos y circunstancias que determinan su vida -, convive con otros seres-en-el-mundo (Dasein) y seres-a-la-mano (objetos, cosas). Dentro de su facticidad, el Dasein está siempre en un estado de yecto, arrojado al mundo, es decir, siempre frente a una situación con un determinado estado de ánimo, involucrado con los otros seres de su mundo circundante; esto implica la realización constante de ciertas tareas, labores y funciones: cura o cuidado (Sorge).
Esta propensión de cuidado expresa una tendencia fáctica fundamental de la vida que la conduce hacia su propio declive y por la que se produce un movimiento de caída en el mundo que, a su vez, desemboca en el desmoronamiento de la vida misma. (Heidegger, 2002, p. 38)
Dicho de otro modo, el ser humano al estar siempre entregado a las actividades cotidianas se pierde y llega a un estado en el cual olvida su propio ser, olvida preguntarse por el ser - por el sentido de su vida - y estaría viviendo, por lo tanto, una vida inauténtica. Este modo de orientarse o moverse en el mundo es lo que Heidegger denomina la caída1 o ruina, es el estado usual del ser humano que lo domina la mayor parte del tiempo. Macabéa patentiza estar en esa caída: “La mecanógrafa vivía en una especie de aturdido limbo, entre cielo e infierno. Nunca había pensado ‘yo soy yo’” (Lispector, 2021, p. 86); un estado permanente porque vive en él, donde efectivamente no se pregunta por ella misma. Esta caída, en parte, podría encontrar una razón en la explotación laboral que sufre, la cual revelaría una falta de momentos propicios para cavilar sobre su existencia.
El reflexionar y cuestionar(se), o la “preocupación que se inquieta por el sí mismo” en términos de Heidegger (2002, p. 44), es un modo de distanciarse de la caída, un “contramovimiento opuesto a la tendencia hacia la caída de la vida” (Heidegger, 2002, p. 44). Sería, en nuestras palabras, una práctica “contrarruinante” a la que Macabéa no le concede más que un instante en su vida: “Sólo una vez se hizo una trágica pregunta: ¿quién soy yo? Se asustó tanto que dejó completamente de pensar” (Lispector, 2021, p. 83). El temor que siente al pensar sobre ella misma es eludido porque este tendría la potencia de desencadenar la reflexión de un miedo latente: la muerte. Un pensamiento que intentaría eludir, como señalamos previamente, con la presencia material sonora. Haberse planteado la pregunta “¿quién soy yo?” revelaría una capacidad de profesar el contramovimiento/la práctica contrarruinante; no obstante, no estaría dispuesta a ello por el pavor que le produce. Si bien el Dasein está arrojado a una multiplicidad de posibilidades, en todas ellas habita la más difícil de todas, el deceso. De tal forma, el humano es también un ser-para-la-muerte y para negarla se entrega a una existencia inauténtica; esa misma existencia de Macabéa, quien “A pesar de la muerte de la tía, estaba segura de que con ella todo sería diferente, pues nunca se iba a morir” (Lispector, 2021, p. 81). El personaje, para sofocar la aflicción de que inevitablemente va a fallecer, niega su finitud; aceptarla es el fundamento de una existencia auténtica que ella no experimenta por estar en la continua caída.
Como el Dasein es tiempo, en sus posibilidades inauténticas de existencia, el presente es aceptar simplemente que las circunstancias se le presenten: “A falta de quien le respondiera ella misma parecía haberse respondido: es así porque es así” (Lispector, 2021, p. 79), y en cuanto al futuro, el modo inauténtico de existir significa no proyectarse hacia adelante para prever las posibilidades: “Dime una cosa: ¿no piensas en tu futuro? La pregunta se quedó en el aire, ya que la otra no supo responder” (Lispector, 2021, p. 105). Macabéa ciertamente responde a los elementos propios temporales de una vida inauténtica: se conforma con su miserable vivir que prolonga hacia/para su porvenir, reduciéndolo, en consecuencia, a su única posibilidad existencial.
La caída se puede articular, de acuerdo con Heidegger, en las habladurías (Gerede) y la curiosidad (Neugier), fenómenos que determinan una existencia inauténtica, a los cuales Macabéa se encuentra arrojada. Ambos fenómenos están englobados por el uno (dasman) o el se dice, un ente impersonal al que podríamos llamar la sociedad y el cual se proyecta a través de los medios de comunicación; estructuras que implantan lo que se debe o no debe pensar y hacer. Las habladurías, aquella mera “difusión y repetición de lo dicho” (Heidegger, 1997, p. 171), son el discurso frecuente de Macabéa cuando interactúa con Olímpico, reproduciéndole lo que ha escuchado en la radio. Asimismo, se abandona a la guía o influencia del dasman de la radio:
En otra ocasión había oído: “Arrepiéntete en Cristo y Él te dará felicidad”. Entonces ella se había arrepentido. Como no sabía bien de qué, se arrepentía toda y de todo. El pastor también decía que la venganza es algo infernal. Entonces ella no se vengaba. (Lispector, 2021, p. 86)
Macabéa se deja determinar externamente por el uno, aquí religioso, renunciando a la posibilidad de pensamiento y acción propios. Vive en un modo pasivo condicionado desde el afuera, desde ese ser-a-la-mano (radio) que “dice que da la hora exacta, cultura y anuncios” (Lispector, 2021, p. 95); que le dicta y la mantiene cayendo, siempre realzando ese movimiento decadente, ya que se ocupa de este objeto cada uno de sus días. Al estar sometida al dasman, su posibilidad de vida auténtica se ve eliminada y toda posibilidad crítica de la consciencia, aniquilada. Resulta interesante cómo además de las habladurías, a la mecanógrafa le “gusta tanto oír las gotas de los minutos del tiempo así: tic-tac-tic-tac-tic-tac” (Lispector, 2021, p. 95), pues si nos remitimos a la faceta simbólica del reloj - nombre de su radio predilecta (Relógio) -, este como máquina “está ligado a las ideas de ‘movimiento perpetuo’, autómatas” (Cirlot, 1997, p. 387), nociones que se enlazan a la perfección con ese actuar sin reflexión de Macabéa.
La adoración que tiene por los anuncios comerciales - la publicidad -, emitidos a cada intervalo entre las gotas de los minutos, revela una curiosidad de Macabéa. Una curiosidad entendida no como el clásico asombro, sino como la búsqueda de lo nuevo, para “saltar nuevamente desde eso nuevo a otra cosa nueva” (Heidegger, 1997, p. 174). Tanto la Rádio Relógio como los anuncios de los periódicos viejos de la oficina que coleccionaba y “los pegaba en el álbum” (Lispector, 2021, p. 87) despiertan y potencian en Macabéa la avidez por las novedades. La sumisión al dasman, a través de la publicidad, se ve concretado, por ejemplo, en que:
La gordura siempre había sido el ideal secreto de Macabéa. Una vez en Maceió había escuchado a un muchacho decirle a una gorda que pasaba por la calle: “¡Tu gordura es hermosura!”. A partir de entonces había ambicionado tener carnes y fue cuando hizo el único pedido de su vida. Le pidió a la tía que le comprase hígado de bacalao. (Ya desde entonces mostraba tendencia a los anuncios). (Lispector, 2021, p. 102)
Al vivir de lo que la publicidad le presenta y al carecer de criterio propio, acepta lo que esta le propone como verdad: engordar para ser hermosa. Desde temprana edad se ve diluida en el mundo/dominio de lo cósico, del dasman, y se olvida del ser, de ella, de preguntarse ¿quién soy yo? En definitiva, elegiría o buscaría esta distracción (Heidegger, 1997, p. 174), (el prefijo dis- como indicio de negación o contrariedad) para distanciarse de la autenticidad, caer existencialmente y recusar ser un ser-para-la-muerte, “La nordestina no creía en la muerte, como ya dije, pensaba que no” (Lispector, 2021, p. 86).
4. Conclusiones
A partir del análisis previo, podemos establecer que otras de las materialidades patentes en La hora de la estrella de Clarice Lispector son, por una parte, los seres residuales y, por otra parte, la radio como artefacto de uso habitual. En cuanto a las dimensiones filosóficas, pudimos constatar que en la novela los fenómenos de verfallen y dasman orbitan alrededor y permean la vida de la protagonista. ¿Cómo se interrelacionan finalmente todos estos elementos? El hecho de que Macabéa tenga la condición de “residuo humano” reduce su vida a (casi) únicamente trabajar (bajo explotación) y escuchar la radio (Relógio) en tanto esparcimiento. Esta incide no solo en su (in)sociabilidad, sino también en un modo inauténtico de existir.
Macabéa revela y se adscribe a las zupias que han emergido y se han aglomerado como efecto colateral de la modernización instaurada, sin excepción, en la sociedad carioca. Remanentes sociales del sistema productivo y sujetos insatisfechos en el sistema consuntivo. Con respecto a este último punto, podríamos plantear que Macabéa siente dicha incompletitud (hambre) respecto a productos que conllevan una inversión de dinero; ahora bien, si pensamos en los permanentes y cotidianos productos intangibles ofrecidos por la radio y el periódico (anuncios, publicidad), sería una consumidora plena, pero es no consciente de ello ya que el acceso a estos es de forma gratuita.
La radio, en tanto paisaje sonoro texturizado, le proporciona a la protagonista compañía y estimulación en su cosmos doméstico y se constituye en tanto artilugio anti-lacónico para enfrentar y sobrepasar situaciones de interrelación, y como silenciador de sus preocupaciones/pensamientos existenciales. Este medio, a la vez, propicia que Macabéa esté inmersa en el plano existentivo de la caída/ruina, un modo de realización cotidiana caracterizado por decadencia e impropiedad - no pensar por sí misma -, permitiéndole desconocer la muerte como posibilidad real. Posibilidad que al concretarse la desviste de ser Dasein, animada de existencia, por tanto, transformada en cosa; una cosa caída, inerme e inmóvil volteada hacia un desagüe, en el rincón de un oscuro callejón del barrio Olaria, tal como un envoltorio o colilla desechada.














