Introducción y Marco Teórico
Ninguna ocupación puede ser seguida de forma inteligente si no se ilumina con la luz de la historia (Domínguez Alarcón, 1986), y por eso es importante conocer la vida de la enfermera y luchadora social Elena Arizmendi, viendo el contexto socio-histórico en el cual desenvolvió y de esta manera entender su influencia en la Revolución Maderista y la enfermería de la época. Elena Arizmendi ha enfrentado el hecho “natural” que el hombre represente el rol del médico y la mujer el rol de la cuidadora tradicional. Aún sigue incólume la estructura patriarcal detentada por el médico, que define qué funciones o no puede desempeñar las enfermeras; por eso investigamos personajes que nos sirvan de modelos alternativos. En el siglo XIX y hasta la mitad del siglo XX, la enfermería no se consideraba una profesión en México. Los conflictos con la medicina organizada en relación con el papel de la enfermera inicio desde de la formación de la enfermería secular. Los médicos querían mujeres “adiestradas” para llevar a cabo sus órdenes y para realizar las tareas arduas de cuidar, como el aseo personal del paciente y del entorno, sin uso del juicio profesional, en un papel sumiso bajo el control de los médicos masculinos (Nance, 2017).
Elena Arizmendi fue formada como enfermera en la época de transición entre la etapa domestica del cuidado de la mujer con sus conocimientos intuitivos y cuidados domésticos, y la etapa profesional de atender de forma eficaz y autónoma los aspectos de la salud individual y colectiva, y por eso se choca mucho con los médicos machistas mexicanos de la época. La gran mayoría del personal que trabajaba y trabaja en las instituciones de salud es femenino y de una y otra manera son los hombres que siguen detentando el poder. Esta perspectiva machista ha persistido hasta nuestra época con varios autoras y autores repitiendo los mismos mitos posrevolucionarios de la mujer como mártir, abnegada, amante, soldadera o musa, y no como revolucionaria, feminista, insurrecta é insubordinada, capaz de incidir en las acciones de salud y de la estructura de poder. En suma, necesitamos tener el poder para decidir nuestro propio destino (Alatorre Wynter, 2010). La carrera de enfermería de Elena Arizmendi, a pesar de que fue breve, ha tenido estos valores y conflictos de poder, género y rol cuales todavía nos habla hoy. como un tipo de caso de estudio para analizar los conflictos de poder por razones de género y roles de trabajo. La historia de ella nos ayuda a la comprensión del mundo actual a través del conocimiento histórico desde la perspectiva que ese pasado se ha analizado y confrontado con el presente; a fin de identificar sentimientos, conceptos, rupturas y permanencias (Negrete Redondo, 1998).
Biografía de Elena Arizmendi
Vida Joven
Nacida en la Ciudad de México el 18 de enero de 1884 en el seno de una familia adinerada de hacendados, hija de Jesús Arizmendi e Ysabel Mejía, bautizada el 20 de enero en el Sagrario de la Catedral Metropolitana (“Anuncio bautismal”, 1884). Elena Irene Arizmendi Mejía lució un curioso diseño en la portada de su anuncio bautismal, de un barco en medio de una tormenta, rumbo a puerto seguro y con la bandera de los Estados Unidos, que pudo haber anticipado las crisis de su vida y sus exilios en Nueva York.
La vida misma enseñaría a Elena Arizmendi que la vida se da por lo que más se ama. Pasó a recordar la desolación tras la pérdida materna a los 14 años que le añadió mayor confusión a una adolescencia rebelde. Por su temprana responsabilidad, tras de asumir la conducción de la casa y ser responsable de la familia extensa (la niña mayor de los ocho hijos, y llego los 11 hijos de la segunda matrimonia de su papá) decidió que a los 14 años era tiempo de iniciar una vida propia (Villalpando, 1911, pp. 2-5). Su precipitada huida con un atractivo empleado de la hacienda de su abuelo intentó ser una opción. Cuando la familia preguntaba “¿porque quieres casarte?” su respuesta fue “¡Quiero casarme porque quiero casarme!” acompañado de un vigoroso golpeteo de los pies. El precipitado matrimonio apenas si duró dos años y termino en divorcio (Villalpando, 1911 pp. 2-5), impulsado por la familia debido a la falta de estatus del marido (R. Arizmendi, comunicación personal, junio 2006).
Vida de las Haciendas 1886-1909
Su vida joven pasó con su papá en la Hacienda de San Matías de Texmelucan, Puebla, cerca del Edo. de México y Puebla, y en varias casas de lujo en la Ciudad de México, Tizapán y Mixcoac, pero lo más memorable para ella fue la hacienda azucarera de su abuela en la Hacienda de Ayotla de Teotitlán del Camino, Oaxaca cerca de la frontera de Puebla (R. Arizmendi, comunicación personal, junio 2006).
Su abuelo, General de División Don Ignacio Mejía, era secretario del Ejército y Marina para todos los cuatro términos de oficio del presidente Benito Juárez. Durante su largo carrera militar, él había luchado en la Guerra Mexicano-estadounidense, la Guerra de la Reforma entre liberales y conservadores y la segunda Intervención Francesa contra el Imperio de Maximiliano. Apodado El Brazo Armado de la Ley, su bandera de guerra fue bordado con el lemaMorir Matando. Era gobernador interino de Oaxaca y gobernador militar de Puebla, capturado por los franceses en Puebla y enviado a Francia, se fugó y regresó a México para resumir su puesto como comandante del ejército. Fue comandante del general Porfirio Díaz, y fue en oposición a los atentos de Díaz de montar golpes de estado y a los re-elecciones automáticos durante la dictadura (Muñoz y Pérez, 1966). Elena Arizmendi fue muy influenciada por su abuelo, y pasada mucho tiempo escuchando sus historias de aventuras bélicas y románticas.
Ella, como muchos jóvenes románticos idealistas latinoamericanas, fue influenciada por el arielismode José Enrique Rodó. Arielismo expresaba una visión idealista de la cultura latinoamericana como modelo de nobleza y elevación espiritual con una llamada a acción para un sistema democrático con liderazgo de la juventud de una cultura superior. La llamada a la juventud fue expresado a través de estas líneas:
Una generación humana que marcha al encuentro del futuro, vibrante con la impaciencia de la acción, alta la frente, en la sonrisa un altanero desdén del desengaño, colmada el alma por dulces y remotos mirajes que derraman en ella, misteriosos estímulos, como las visiones de Cipango y el Dorado, en las crónicas heroicas de los conquistadores. (Rodó, 1972, p. 3)
Ella tardaría ocho años en encontrar su propio camino a Cipango. Durante ese lapso su padre contrajo segundas nupcias y formaba un nuevo hogar; sus hermanos hacían lo mismo o encontraban una profesión en qué desarrollarse; mientras que ella, ni en una cosa, ni en otra parecía hallarse bien. La muerte de su abuelo en diciembre de 1906 a la edad de 92 años, aunado a un matrimonio que termino en la viudez con la muerte trágico en un incendio del estadounidense Mr. Young (E. Spaulding Rivas, comunicación personal, junio 2006), fueron tragedias que impulsaron ella a hablar con el Padre Rice de la parroquia de San Lázaro de la Ciudad de México, un favorito con parejas de matrimonios mixtos.
A la Enfermería
Harta de tragedias familiares y románticas, ella buscaba unirse a un convento para escapar. El sacerdote explico porque ella estaba divorciada y viuda, no fue posible de ser monja, pero si quieren hacer algo bueno por la humanidad, él tenía contactos con las Hermanas de la Caridad del Verbo Incarnado en San Antonio, Texas (Villalpando, 1911, pp. 2-5). Ellas tenían una escuela de enfermería de alta calidad, del Hospital de Santa Rosa. Establecida en 1903, las materias que se impartían la ponían a la vanguardia de la enfermería. Irónicamente, las Hermanas fueran de la misma orden de enfermería expulsada de México en 1874. La elección de la escuela en San Antonio, en lugar de la escuela de enfermería en el Hospital General de México, fue debido a los problemas graves en la dirección y la ausencia de méritos académicos cuales no cubrían sus expectativas (Nance, 2017).
Tomando el consejo del sacerdote, encaminaron a sus 24 años rumbo al norte, en búsqueda de su propio camino hacia El Cipango y El Dorado, para su encuentro con el futuro. Ella inicio su nueva carrera el 17 de marzo de 1909 (“Lista de Asistencia”, 1909). Desempacó sus pertenencias en su habitación para estudiantes del piso superior del hospital y comenzó la nueva etapa en su vida “por la humanidad.”
Alumna Revolucionaria 1909-1911
El plan de estudios fue de tres años, de 8 materias del primer año, nueve del segundo y seis especialidades del tercero, y otorgaron títulos de licenciatura. (Frank, 1976). Ella tenido dominio del inglés que poseía desde sus tutores y mejorado con Mr. Young. Durante sus primeros dos años de estudios, empezó los vientos de revolución en México, encabezado por un joven rico, altruista y multe-talentosa, Francisco I. Madero. Era subteniente de caballería en la 2ª Reserva del Ejército (Casanova, 2011-2012; “Constancia”, 1901), espiritista, médico homeópata que publicó y escrito el prólogo de La Homeopatía de la Terapéutica Científica de Dr. Carroll Dunham en 1908 (García Trejo, 2023), estudió en el École des Hautes Études Commerciales de París y egresado de la Universidad de California de Berkeley con estudios de agricultura. Su familia era hacendados prominentes de Chihuahua con lazos muy cercano a las familias Arizmendi y Mejía.
En oposición a la dictadura de 35 años del Gral. Díaz, Madero fundó el Partido Nacional Antirreeleccionista en 1909. La dictadura ha traído estabilidad económico y social, con la consecuencia de una brecha profunda entre los pocos ricos y las masas de los pobres. La entrada al poder político para la clase media fue bloqueada por la dictadura en favor de circulo interno de los adeptos de Díaz. Tierras de rancheros y pueblos libres del norte del país (particularmente en Chihuahua, hogar de la familia Madero) fueron confiscados por hacendados aliados a Díaz, y en el sur tierras tradicionales de campesinos de Morelos y Puebla fueron tomados por haciendas azucareras. Lideres locales en Chihuahua y Morelos se levantaron en armas.
Madero, representante de la clase media democrática emergió como líder nacional de la oposición con la publicación de La sucesión presidencial de 1910 (Madero, 1908). Cuando el ganó la elección contra otro triunfó fraudulento de Díaz, fue encarcelado, pero escapó a San Antonio, Texas, donde lanza la llamada al pueblo para levantar en armas el 20 de noviembre e iniciar la Revolución Mexicana. Los pocos revolucionarios que ha levantado en armas fueron la familia Serdán en Puebla, y ellos fueron aplastado rápido por la tropa federal.
La familia Madero y sus seguidores más cercanos fueron viviendo en exilio unos pocas calles cerca del Hospital Santa Rosa. Antiguo amigos de la familia de Elena Arizmendi, hacendados liberales como su abuelo y su papá Jesús, los Madero, los Arizmendi y los Mejía fueron parte del círculo democrática antirreeleccionista. Gral. Mejía había sido comandante de Díaz, y ha tenido una larga oposición a la dictadura. Elena Arizmendi fue en contacto frecuente con los Madero y Paulino Martínez, editor del periódica Monitor Democrático: Periódico Político-Liberal Por el Pueblo y Para el Pueblo, con su Librería Mexicana en la misma calle del hospital. Otro visitante frecuente de la librería fue Aquiles Serdán (“Carta”, 1910), matado en la insurrección de noviembre en Puebla. Este ha impulsado el deseo de Arizmendi de ser pistolera, pero la familia Madero le aconsejó para la revolución, enfermeras fueron más necesarias (R. Arizmendi, comunicación personal, junio 2006). Con la falla de la insurrección y derrota de la Batalla de Casas Grandes, Chihuahua, los maderistas se reorganizaron. Madero cruzó la frontera desde El Paso, Texas el 14 de febrero, 1911, y hasta mayo confrontaciones y escaramuzas fueron frecuentes.
El Encuentro con el Futuro
Durante abril, después de Casas Grandes con bastante muertos, Madero herido de bala y el rechazo de la Cruz Roja Mexicana para atender heridos revolucionarios, fue cuando Arizmendi no pueden aguantar más. Los periódicos reportan que los quien pueden cruzar la frontera recibió cuidados de médicos y enfermeras americanos y mexicanos en el Hospital Insurrecto de El Paso, pero como era cuestión de “policía”, la Cruz Roja negaron atención a ellos por consideraban subversivos. Triste y enfurecido por el sufrimiento de sus compañeros, a la edad de 26 años tomó la decisión de llegar a su encuentro con el futuro, su Cipango y El Dorado.
Saliendo de la escuela el 19 de abril, un poco antes de su graduación (después de tomaron la foto formal), ella empezó el regreso a México (“Lista de Asistencia”, 1911). Arribaba a la estación Colonia de la capital tras el largo viaje, venía dispuesta a hacer hasta lo imposible, de organizar un cuerpo de médicos y enfermeras que auxiliara los de cualquier banda. Si bien la solidaridad de su hermano Carlos estaba con los revolucionarios, ambos estaban conscientes de que la situación no sólo cambiaría el destino del país, sino de la propia familia; Eduardo, el hermano mayor, era oficial del ejército y podría ser al frente de batalla (R. Arizmendi, comunicación personal, junio 2006). Instalada en la Quinta Adelaida en Tizapán (“Tarjeta de Visita”, 1911), Elena fue recibida con gran entusiasmo. El tiempo apremiaba, pero aquella tarde la reunión sería familiar.
En la mañana la misión fue a enfrentar la presidenta de la Cruz Roja Mexicana. La presidenta de la Cruz Roja, Luz Acosta de González Cosío de López, hija del secretario de Guerra de Porfirio Díaz, negaron atención a los revolucionarios heridos. En la mañana del 2 de mayo, escoltada por su hermano Carlos y acompañado por un periodista del Diario del Hogar, Elena Arizmendi llegaron a la Cruz Roja para enfrentaron a la presidenta cara a cara. Como el padre de Doña Luz ha sido bajo el mando del Gral. Mejía, como Díaz sí mismo, estas mujeres se conocían muy bien una a la otra.
En parte, su carta explico que
me animó a venir aquí a la Capital a hacer llamamiento de todos mis buenos compatriotas… vayamos a ayudar a nuestros hermanos, impartiéndoles los cuidados efectivos de la Cruz Roja que son imitación de la Caridad Cristiana. Todos somos hermanos y las banderas de la Caridad que es blanca y lleva una cruz roja, debe protegernos cuando caen sobre nosotros las calamidades. Sra. venga con fe, tengo confianza y me apara la justicia humana. Yo desearía que la Cruz Roja que usted preside, protegiera y fomentara mi proyecto: hacer activa y eficaz la Cruz Roja Mexicana. (“La Cruz Roja en México: Interesante Carta”, 1911, p. 1)
La Cruz Blanca
Ante el reclamo de cómo exigirle ayuda a la Cruz Roja, sin siquiera ser miembro de ella, inmediatamente pagó más del doble de la cuota y demandó el auxilio a los heridos. Su respuesta fue, otra vez, un rechazo profundo “los sediciosos no merecen el apoyo de la gran Cruz Roja Mexicana y el secretario de Guerra no van a dar permiso a apoyarlos. ¿Porque estás aquí? ¡No tienes permiso!”. La respuesta de Elena Arizmendi fue la rotunda “¡No deseo pedir permiso! ¡Estoy aquí por qué soy nieta del General de División Don Ignacio Mejía!” (“Entrevista de la Sra. Arizmendi”, 1911, p. 1).
Si Doña Luz ha olvidado que el abuelo de Arizmendi fue comandante de su papá y del Presidente, este podido a refrescar su memoria. Pero ella fue bajo las órdenes del presidente del Consejo Superior de Salubridad y el Médico del Presidente Díaz, Eduardo Liceaga, quien dijo que el auxilio de la Cruz Roja no fue necesario porque “la causa de los rebeldes tienen tan poca simpatía” (“Discurso del Lic. Luis Cabrera”, 1911, p. 3). El médico no podría haber estado más equivocado, como los acontecimientos demostrarían rápidamente.
Entonces, como buena arielista, Arizmendi decidió organizar a la juventud. El 5 de mayo a las cinco de la tarde, aprovechando de un paro en la Escuela de Medicina (en contra de exámenes escritos) ella subió al estrado para motivar a los jóvenes galenos a unirse a la causa y formar un cuerpo médico que acudiera al frente de batalla para curar los de cualquier banda. En este momento ella, como Presidenta Honorario, formaban la Cruz Blanca Neutral Mexicana con el símbolo de una cruz blanca sobre la fonda azul y la lema “Por la Humanidad” (“La Cruz Blanca y la Srta. Arizmendi Mejía”, 1911, p. 1).
Corrida la voz de la causa, el 8 de mayo se presentaron una multitud a inscribirse y colaboraron con dinero desde 50 centavos (“La Cruz Blanca Mexicana”, 1911) y por el 10 de mayo, mil quinientos pesos más (“Los Donativos”, 1911). Convocó a médicos, enfermeras, estudiantes de medicina y voluntarios a prestar sus servicios para atender los heridos de la batalla. Las farmacias donaron vendas, algodón y medicinas y una multitud de todas las clases sociales han donado fondos.
Con su plan de involucrar a todos los sectores sociales, los hermanos Elena y Carlos propiciaron la colaboración de los más diversos personajes en la noble causa; actores celebres como María Conesa, Virginia Bregaras, Elena Marín, Ignacio Rosas y el cómico Leopoldo Beristain, participaron brindando funciones en su beneficio (“Velada Artística”, 1911) y por lo menos 27 funciones de teatros han dedicado sus ganancias a la Cruz Blanca (“Carteles de Teatro”, 1911). Hasta los reos condenados a muerte de la cárcel de Belén literalmente dieron sus últimos centavos (“Contribuyen”, 1911, p. 1 y p. 8), al igual que los clientes asiduos a las pulquerías del barrio popular de Santa Julia, los obreros de la cigarrera El Buen Tono, los ferrocarrileros, la Sociedad Mutualista Empleados de Comercio y los estudiantes (“La Cruz Blanca entra en campaña”, 1911; Rodríguez Hernández, 2007). Las “buenas familias” organizaron rifas, kermeses y corridas de toros para continuar con el financiamiento, inclusive, acudieron ante las máximas autoridades eclesiásticas para solicitar su autorización y pedir apoyo económico a las misas de los templos de la capital (“Colecta para la Cruz Blanca”, 1911). El propio Arzobispo de México, Don José Mora y del Río, no sólo dio su autorización, sino que promovió que un cuerpo de capellanes se uniera a las brigadas para brindar apoyo espiritual a los heridos (“Una comisión”, 1911). Todo fue la representación genuina de la caridad popular (“Salió la primera”, 1911), hasta un discurso en pro de la Cruz Blanca ha tenido la frase revolucionaria “La libertad es la suprema garantía de la paz pública. Cuando la Ley Constitucional es respetada, los pueblos no levantan en armas” (“Discurso del Sr. Lic. Jesús Ureta”, 1911, p. 1).
Un grupo de enfermeras valientes del Hospital General de México tomaron la decisión de dejar sus trabajos y familias para unir en la riesgosa causa. Las enfermeras Carmen Hernández, Telesfora Pérez, Concepción Ibáñez, María Sánchez, Antonia Zorilla e Inocenta Díaz (Hernández et al., 1911), firmado la carta el 12 de mayo anunciando su misión “para hacer cumplir la misión que nos hemos impuesto…dar nuestros servicios a nuestros hermanos que sufren en el Norte” (Nance, 2010, p. 113).
La primera brigada de ocho estudiantes al mando de los médicos Antonio Márquez e Ignacio Barrios y 10 enfermeras (incluida Carmen Hernández, Antonia Zorilla e Inocenta Díaz) salió a Cd. Juárez con Elena Arizmendi, siempre escoltada por Carlos, el jueves 11 de mayo al rumbo al batalla de Ciudad Juárez con los aparatos de cirugía y materiales de curación (“La Cruz Blanca Partió Anoche”, 1911). La segunda brigada al mando del médico homeópata Francisco Laglera salió al día siguiente y la tercera brigada, al mando del médico Lorenzo Díaz junto con dos médicos, enfermeras Concepción Sánchez, Telésfora Pérez, Amelia Rodríguez, Concepción Ibáñez, Jovita Muñiz, María Sánchez y Tomasa Villareal y ocho estudiantes, partieron el día después (“Hoy Sale la Segunda”, 1911). Planear las salidas escalonadas garantizaba que tan pronto como el primer grupo llegara, iniciarían los contactos para establecer los puestos de socorro, que estarían listos para cuando llegara el tercer grupo.
La Batalla de Ciudad Juárez fue del 8 al 10 de mayo. La frontera fue fundamental para el tráfico de provisiones, armas, y control de aduanas, además la ventaja de estar al lado del Rio Bravo y de la ciudad de El Paso, Texas, con sus aliados extranjeros y recursos. La toma de Ciudad Juárez fue la victoria decisiva para la Revolución y ocasionó la renuncia del dictador Díaz.
Debido a los triunfos maderistas Ciudad Juárez era un bastión de las fuerzas revolucionarias y la Cruz Blanca pudo tomar posesión del Hospital de Jesús, Hospital Juárez, Casino de Estudiantes, de farmacias y varios consultorios; además una unidad móvil gracias al apoyo de los de la frontera que aportaron sus automóviles (“La Cruz Blanca en acción”, 1911).
Después de tres días de intenso combate de mano a mano, todo estaba en ruinas. Gonzalo Rivera escribió “las siniestras huellas del horror, del estrago, del incendio, bajo un sol calcinante que parece también querer quemarlo todo” (Rivero, 1911, p. 9). Con cientos de revolucionarios, soldados y civiles sufriendo a causa de los estragos de las batallas y cuerpos apilados entre escombros, la ciudad estaba a merced de epidemias que aumentaba las bajas (“El Tifo en Ciudad Juárez”, 1911, p. 5). Los hospitales estaban saturados y los integrantes de la Cruz Blanca no sólo se tenían que hacer cargo de ellos, sino que tenían que ocuparse de obtener recursos materiales y financieros para su mantenimiento. Nuevamente ella se erigió como la figura que no sólo atendía y supervisaba los hospitales; en El Paso, convocó a la sociedad civil y militar para proveerlos de recursos. El 14 de mayo, ella envió telegrama a la Cd. de México: “Hoy nos recibimos de los hospitales. Manden enfermeras. Saludos de la Cruz Blanca” (“La Cruz Blanca llego a Cd. Juárez”, 1911, p. 1).
Los de la Cruz Blanca trabajaron estrechamente con sus colegas estadounidenses, quienes cruzaban de la vecina ciudad de El Paso para auxiliar a los heridos (Nance, 2011). Estos voluntariados de ambos países fueron del Hospital Insurrecto, un hospital de sangre cerca de la frontera (Vásquez Schiaffino, 1911; Nance, 2011). Estos incluían Richard Brown, enfermero titulado de Chicago unido a la tropa revolucionario mexicano (Bush, 1939) y los médicos Wilson, Navarro y Nelson formaron la junta de sanidad (“La Cruz Blanca y la Cruz Roja Mexicana”, 1911) utilizando la Cruz Tricolor de verde, blanca y roja. Una nota de un periódico norteamericano explicó el desempeño de la Cruz Roja Mexicano, quienes a fin llego a Cd. Juárez (traducción por el autor):
Tras la atención de los heridos en los hospitales local y de Juárez, y tras un control total de la situación, la Cruz Roja Mexicana llegó al lugar con numerosos cascos, armas cortas y maletines médicos. La Cruz Blanca llegó un día antes y se puso a trabajar discretamente, aliviando el sufrimiento en todo lo posible. (“The Mexican Red Cross Has Split”, 1911, p. 2)
Honores y Difamaciones
Sus esfuerzas y la imagen pública motivó una genuina admiración hacia su figura así:
La señorita Arizmendi, verdadero ángel de belleza y caridad, es realmente una de las figuras más simpáticas de este variadísimo caleidoscopio de la guerra, en donde ella, en lugar de lágrimas, ha dejado radiante estela de gratitud y bendiciones. (Rivero, 1911, p. 21)
El joven poeta Juvencino Echevarría publico una obra larga con alabanzas a ella:
¿Quién eres tú…? ¡No lo sé!, Ni tampoco indagaré, Si es tu vida tormentosa, Si eres espina de rosa ó eres rosa sin espinar …mira tu cabeza, desde los cielos, nimbada, con la aureola inmaculada del AMOR y la VIRTUD. …Y toda mujer mexicana tiene su sitio en la historia! (Echevarría, 1911, p. 1)
El periodista Villalpando (1911, p. 2) escrito:
...amazona de la caridad, de esta laica hermanita de la caridad, quien solamente por el hecho de haber iniciado la humanitaria idea, sin que hubiera vuelto á hacer nada, ya con esto queda en vitrales y bajorrelieves al lado de las santas heroínas de otros tiempos que consumen el fuego de su juventud en la hoguera de amor á la Humanidad y á los que sufren.
Ella fue otorgada la medalla de oro de la Gran Liga Obrera por prestar servicios eminentes a los obreros revolucionarios. (“La Cruz Blanca y la Gran Liga Obrera”, 1911). También nombrada socia honoraria de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística para ser la primera mujer socia. Ella rechaza este honor, al consejo del abogado maderista (y su amante) José Vasconcelos, para disminuir su fama con la esperanza de reducir los ataques de envidia machista, cuales fueron vinculados a fuerzas anti-Maderistas (Romero y Belmar, 1911; Vasconcelos, 1983). Tampoco Vasconcelos fue alejado del machismo reflexivo de la época.
La noche del 21 de mayo fue firmado el tratado de paz y el 25 de mayo Díaz salió al exilio en Francia (Rivero, 1911). A las diez de la noche del 21 la Cruz Blanca patrocino la primera fiesta para celebrar la Revolución victorioso. Srta. Arizmendi fue presente en las fiestas de la victoria, y muy llamativo su presencia en la cena de la familia Madero y jefes revolucionarios, al lado de Madero y acompañado por Roque González Garza, futuro Presidente de México en 1915. El 2 de junio de 1911, Roque González Garza, en su discurso ante los ciudadanos de El Paso, pronunció unas palabras ilustres que esperamos puedan volver pronto a escucharse “De hoy en adelante los dos grandes naciones Demócratas de Norte América, México y los Estados Unidos irán del mano como dos hermanas a la conquista de un porvenir” (González Garza, 1911, p. 241).
El 25 de mayo Madero, como Presidente Provisional de la República y jefe de la Revolución, firma un decreto de reconocimiento a la Cruz Blanca Mexicana (ahora no Neutra) y nombrando Elena Arizmendi presidenta. El 31, en el gran banquete de la élite Toltec Clubde El Paso en honor a Madero, ella fue sentado en el puesto de honor en la mesa presidencial. Fueron bastante fotos, artículos de prensa y vistas cinematográficas vinculando a ella con la cúpula revolucionaría y la familia Madero (Rivero, 1911).
No solo ella, las enfermeras Rebeca Guillén, Jovita Muñiz, Telésfora Pérez, Concepción Sánchez, María Sánchez, Basilisa Vélez, Loreto Vélez, Antonia Zorilla, Sabiba Arcos y Brígida Pavón fueron otorgados la Medalla de Plata de la Cruz Roja Internacional, en una ceremonia del Cónsul General de Suiza, por su desempeño atendiendo los heridos (“Expediente Prensa”, 1912). La imagen de la enfermera fue impresionante positivo, como en el festival de la Asociación de Cristianos Jóvenes que ha presentado una obra de teatro con la enfermera de la Cruz Blanca reconciliando un soldado federal con un soldado revolucionario (Lelo de Larrea, 1911).
La envidia y celos de los médicos podría haber sido de los galardones recibido por las enfermeras y poco para los médicos. El médico Márquez abandonó 10 heridos y 32 tifosos cuando salió de Cd. Juárez, y la enfermera Arizmendi se quedan cuidando los; no exactamente el tipo de conducto con que puede ganaron medallas, corridos y poemas por los médicos. Ella fue la única que atendió federales enfermos de tifo en el hospital militar. Ella conseguí camillas, los trasladé desde donde estaban abandonados en el suelo y los cuidé. No solo ella fue bajo ataque de los médicos; los homeópatas quien estaban del hospital de infecciosos, con el rechazo de los médicos y la Cruz Roja para atender los tifosos, fueron destituido de la sociedad sólo porque eran homeópatas. Ella pregunta:
¿Y quién hizo el saneamiento de la ciudad amenazada de cuarentena? No los médicos. He cometido el gran crimen, siguió diciendo toda decepcionada, de haber tenido iniciativa en mi Patria y por eso se han levantado contra mí, formándome una atmósfera de desprestigio... Aún veo en esto la mano lejana de la señora Cosío de López, ...Es una herencia de odio. …sencillamente por envidia, por mezquindad, por yo sé qué… por la eterna rémora de las mesas directivas; porque en México no debe lanzarse ninguna iniciativa. ¡Eso es pecado! (Villalpando, 1911, p. 2)
La atención de la prensa hacia ella y su cercanía con los Madero exaltaron los celos y envidias de no pocos médicos y estudiantes de medicina. Esta reacción, propia del machismo mexicano y de la nostalgia antidemocrática para la dictadura, ha encontrado el blanco perfecto: una enfermera revolucionaría articulada, inteligente, asertiva, feminista y bella. Los médicos no pueden tolerar una mujer/enfermera como presidenta, organizando donativos, eventos, suministros médicos, tomado cargo de cinco hospitales, organizado servicio de ambulancias improvisadas, dando asignaturas a médicos y recibiendo honores varios.
Una foto de ella administrando anestesia (Gutiérrez, 1911) causan mucha ira con los médicos, gritando que una enfermera no pudo hacer esto hacer esto. La respuesta de la Srta. fue que ellas hacen así en su escuela y hospital y estaba enseñando las enfermeras mexicanas. Otra foto de ella en la portado de Revista de Revistas causo bastante escándalo (“Portada”, 1911). Ella estaba vestida de enfermera, portaron cartuchos y sosteniendo un rifle. Como ella digo con risa “soy insurrecta é insubordinada” (Villalpando, 1911, p. 2).
Los médicos atacan así: “Todo parece ser cuestión de disciplina…parece tener un carácter infantil y unas falsas idea de su misión y de la disciplina…por su doble carácter de dama y Presidenta Honoraria…” (Márquez, 1911). La misoginia sobre “su doble carácter” estaba transparente. La práctica médica en la segunda mitad del siglo XIX estuvo marcada por la desigualdad social, con el imaginario social de lo femenino, de la subordinación de un sexo al otro y el estigma corporal. Las mujeres fueron vistos como enfermas, mentirosas y temperamentales (López Sánchez, 1998).
Después el periódica católica, El Tiempo, atacaba directamente ella calificándola como una mujerzuela, y de que choque a la moralidad, visto jugando billares (“Pide el Sr. Presidente”, 1912). La respuesta del público en apoyo a ella fue inmediata. El mismo día en El Tiempo, salió una respuesta: “Los caballeros no deben atacar a las damas, Caballeros de la Cruz Blanca”. Dos días después, otra respuesta del público en apoyo: “La Srta. Arizmendi es una dama de estimación social”.
Ella explica que
Yo nací para hacer bien á los demás, para evitar el sufrimiento humano, para curar á los enfermos y á los heridos. Es una aspiración y un deseo que siempre me ha acompañado desde niña...Hubiera querido se monja; pero mi estado no me lo permite. Mis ideas son religiosas, pero no soy tan fanática; respeto las creencias de demás para que respeten las mías...yo no tengo deseo de vivir sino para ejercer la caridad, con reglamentos ó sin reglamentos, por cuantos medios pueda, lo mismo á católicos que á herejes; sin predilección ni por grande, ni para chico; ni para vencido, ni para vencedor; todos somos hermanos bajo la bandera de la caridad. (Villalpando, 1911, p. 2)
Ella fue en comunicación constante con el Presidente Provisional y su esposa Sara, para reorganizar la Cruz Blanca “un programa muy amplia y de fines altamente benéficos para la humanidad doliente…aprobó tanto mi esposa como yo a secundario en sus nobles esfuerzos… Deseo usted éxito completo en el noble empresa que va a emprender y me repito una vez más su amigo la aprecia” (Madero, 1911a).
El Presidente fue siempre en apoyo de su amiga, y contestó:
Muy querida Elenita: ...me consta la abnegación con que usted se ha portado, pues bien puedo decir que a mi lado estuvo todo el tiempo que trabajó en Ciudad Juárez y no puedo menos decir con satisfacción que sus trabajos fueron dignos de todo elogio. Por eso me ha causado verdadera indignación los ataques injustificados que le han hecho por la prensa. Puede usted contar con mi ayuda en todo…no tengo inconveniente ninguno en prestarle todo mi apoyo y ayuda…como siempre de usted su amigo que la aprecia. (Madero, 1911b)
Al fin liberada del machismo directo de los médicos, el 23 de diciembre de 1911 se otorgó la escritura constitutiva a la Cruz Blanca Mexicana con ella como presidenta. Con este cambio la “Neutral” queda en manos del médico Márquez y la “Mexicana” con Elena Arizmendi.
Ella tenía propósito de brindar servicios de enfermería y bienestar social en manera integral para atender las necesidades de la salud pública. Planeaba establecer casas de maternidad, asilos de ancianos, de lisiados, de obreros heridos del trabajo, de profesionistas indigentes y artistas en desgracia. Pensaba crear bolsas de trabajo, inspirar el ahorro, combatir el alcoholismo, la vagancia y la criminalidad por medio de la educación. Deseaba fomentar el mutualismo, instrucción de las masas, fundando casinos y escuelas para obreros y artesanos, crear comedores y dormitorios públicos. Todos los marginados y los niños desamparados eran el objeto de su mayor preocupación (Brito Foucher, 1985).
Conjunto con Sara Pérez de Madero, ella empezó esfuerzas para apoyar los pobres, enfermos y heridos participando juntos en el reparto de abrigos, ropa y juguetes para niños y gente pobre (“La Sra. Madero dio ropa a niños pobres”, 1911).
Durante una rebelión contra Madero, ella fue al conflicto para apoyar a los heridos. Cuando ella fue recogiendo los heridos desde el campo de batalla, un oficial federal ha notado que ella fue bajo fuego enemigo. El envió el joven corresponsal de guerra Montellano a rescatar la Srta. Él respondió “Si es para salvar a los de la Cruz Blanca iré al momento.” El joven reportero fue baleado en el hombro, y ella regreso cargando el joven hasta el puesto de socorro (“¿Como fue herido el corresponsal de Nueva Era?”, 1912). Ella recibió mucha cobertura de Nueva Era para su acta heroica.
Los periódicos anti-maderistas fueron otra historia, acusando ella de disparó un cañón contra los rebeldes, hecho que ella lo negó completamente (“Pide el Sr. Presidente”, 1912; “La Sra. Arizmendi disparó sobre los rebeldes”, 1912; Paez, 1912).
Decena Trágica: Muerte del Sueño y Exilio
Durante todo 1912 Madero fue bajo ataques de la prensa, y hasta con levantamientos armados. Adeptos de la dictadura con lo más reaccionario del élite antidemocrática y militar con apoyo del gobierno estadounidense, ha montado campañas brutales para convencer al público y el gobierno del E.E.U.U. sobre el fracaso de la democracia mexicana. Durante la Decena Trágica del 9 al 19 de febrero de 1913, el golpe de estado militar tuvo lugar para derrocar a Madero de la presidencia de México. Diez días de traición y muerte, con combates sangrientos en todo el centro de la Ciudad de México, terminado con el asesinato del Presidente Madero y del Vice-Presidente Pino Suárez por el traidor Gral. Huerta, comandante del ejército federal. El periódica Nueva Era, del joven corresponsal rescatado, fue quemado por ser Maderista. Gustavo Madero, muy buen amigo de ella, y hermano menor del Presidente, fue torturado, cegado y asesinado.
Durante todos estos eventos violentos, ambas Cruz Blancas estuvieron activos ayudando a los heridos. El médico Márquez fue asesinado a tiros en la Plaza Mayor mientras asistía a un herido. La enfermera María Celis (por esto nombrada Benemérita) caminó 10 kilómetros durante la batalla para comprar comida para pacientes del puesto de socorro en la sala de su casa. Su único comentario; “Todo el mundo trata de ponerse en salvo, nosotros moriremos en nuestro puesto, ya que aquí nos sostiene la calidad” (“Expediente Prensa”, 1913). La Cruz Blanca estableció catorce puestos de socorro donde se atendieron un total de 1,097 víctimas. El número de heridos ascendería a más de 3,000 y la cantidad de muertos sumaron alrededor entre 2,000 (Hernández Vidal, 2023).
Con todo este desastre para la sociedad, con el asesinato de sus amigos y el presidente y con su amiga Sara Pérez de Madero escondido en la embajada japonesa, fue el momento de escapar con vida. Su amante José Vasconcelos, dedicado demócrata revolucionario, abogado de la Revolución Maderista y de la Cruz Blanca Mexicana, fue dado la opción de unir el golpe o ser fusilado.
Arizmendi y Vasconcelos comenzaron su relación amorosa cuando ella fue “ángel de belleza y caridad” y él fue “súper-muchacho” de la Revolución. Vasconcelos convertiría en uno de los intelectuales posrevolucionarios más importantes, y ellos tendrían una relación apasionada y atormentada que duró cinco años de la revolución. Dos veces exiliados, su relación no sobrevivió a las huidas de la muerte y a las decepciones de la revolución fallida (Vasconcelos, 1983).
Conclusión y Herencia
Esta obra se centra en su carrera como enfermera revolucionaria. Esta etapa de su vida fue breve, pero impactante. Como fundadora de la Cruz Blanca (que aún existe), inspiró un amplio movimiento popular de apoyo a la atención de los heridos durante la Revolución. Este movimiento contribuyó al éxito de la Revolución Maderista y a la derrota de la dictadura. En esta época, la imagen de la enfermera mexicana se idealizó a través de su dedicación, su acertado uso de los medios de comunicación y su impresionante capacidad organizativa.
Arizmendi tuvo una vida llena de complejas facetas personales, sociales y políticas, y dejamos la discusión y análisis de estas facetas para obra futuro. Arizmendi dejó la enfermería y comenzó un nuevo encuentro con el futuro como autora, feminista y fundadora de organizaciones por la paz, la libertad y derechos de las mujeres. Para alguien quien evocaba “la santa imagen ardiente y embalsamada de místico amor de Santa Teresa de Jesús” (Villalpando, 1911, pp. 2-5), ella ha seguido un curso de la vida bastante multifacético y variada, lejos de cualquier convento. En sus propias palabras: “¿Sufrió? Sí, es verdad que padeció; pero no olvidamos que los goces, como los dolores más intensos, están reservadas para las almas más desarrolladas” (Arizmendi, 1927, p. 87).
La imagen positiva de la enfermera ha sobrevivido la Decena Trágica. La obra popular musical El País de la Metralla (Elizondo y Gascón, 1913 ) burlan de todos los sectores de la sociedad; revolucionarios, golpistas, el pueblo, los fotógrafos quien vendió postales de muertes, el Tío Sam y todos con excepción notable de las enfermeras de la Cruz Blanca y la Cruz Roja. Perseguidos ferozmente por los políticos, Elizando escapó a Cuba y Gascón se suicidio. Canción de las Enfermeras:
En el rigor de la guerra yo soy plegaria, carecía y anhelo.
Y en el sufrir de la tierra, mi religión es de amor y consuelo.
Por eso tiendo la mano a donde se halla el dolor.
que cuando sufre un hermano, ¡yo soy toda corazón!
(Elizondo y Gascón, 1913, p. 27).
Un eco de la corrida de Elena Arizmendi de 1911:
La señorita Arizmendi oyó de Revolución y a sus amigas les dijo:
“Soy mujer de corazón”. Me duele el alma pensando
que ha de morir mucha gente, y ha de haber muchos heridos
lanzando queja doliente. Voy a ofrecer mis servicios
en bien de mis mexicanos, y de todos los que sufran
a causa de los tiranos. Y se fue a la faz del mundo,
sin tener miedo a las balas y auxilio da a los heridos:
en campos, cerros y salas. ¡Que viva, sí, la Arizmendi!
mujer de buen corazón, que a todos cura con alma
y atiende sin distinción. ¡Que vivan esas mujeres,
que en la guerra dan caridad para los que están sufriendo
por la amada libertad!” (Avitia Hernández, 1997, p. 44).














