Resulta evidente que la relación con la muerte de las oligarquías nobiliarias y burguesas cristianas vinculadas al ámbito urbano bajomedieval supera ampliamente el estricto marco que aquí se ha elegido. Desde la preparación para la muerte o las ceremonias fúnebres, hasta las mandas piadosas destinadas a acortar el paso por el purgatorio camino del Paraíso, o el reflejo en el arte de una posteridad que se pretende perpetuar hasta el fin de los tiempos, por señalar solo algunos de los posibles aspectos analizables, los caminos de la investigación se han mostrado muy amplios. Aunque siempre cabe recordar las obras clásicas de Philippe Ariès, Michel Bouvelle y Danièle Alexandre-Bidon o la más reciente síntesis de Emilio Mitre2, basta con revisar los estados de la cuestión planteados en los últimos años por especialistas como Daniel Baloup, Ariel Guiance o Julia Pavón, o las monografías más recientes dedicadas a estas cuestiones, ya sea en un ámbito general, bien relativas a Navarra de modo específico3. A los trabajos allí recogidos, salvo en lo que sea imprescindible indicar de modo expreso, nos remitimos para el marco general en que esta propuesta va a inscribirse.
Tanto por los objetivos del monográfico como por las limitaciones lógicas de cualquier trabajo de este tipo, el campo al que nos circunscribimos pretende, en consecuencia, ceñirse a un ámbito singular, las redes que las oligarquías urbanas construyen en el espacio de las principales poblaciones navarras, esas a las que con una cierta generosidad demográfica cabe llamar espacios urbanos, pero que presentan una funcionalidad socio-económica e institucional claramente homologable con las “ciudades” más clásicas del Occidente europeo4. Y más en concreto, el análisis se enfocará en los aspectos relacionados de modo expreso con el lugar de sepultura, bien que resulta evidente que testamentos y codicilios aportan una valiosa información sobre otras cuestiones igualmente relevantes (devociones, mandas pías, parentescos, clientelas, patrimonio, negocios…)5.
También, se limitará a las tres localidades más representativas de la Navarra medieval, Pamplona, Tudela y Estella, en la medida en que el campo de análisis que se pretende parece ofrecer las mejores condiciones de información para obtener algunas conclusiones. Además, por razones de centralidad, se usará la capital del reino como referente fundamental, y las otras dos villas como elemento de comparación, aunque su relieve documental pueda ser similar. Y es que el objetivo principal se articula en torno a la hipótesis de que la elección del lugar de sepultura de los miembros de esas familias de la oligarquía urbana, en los cementerios o el interior de los templos parroquiales, en instituciones monásticas y conventuales, e incluso su localización concreta dentro de los mismos, permite proponer a su vez elementos de relación, clientela y, por supuesto, prestigio social dignos de ser tenidos en cuenta6. En consecuencia, nos permite conocer mejor el terreno del proceso de cambio, relación y hasta confluencia de ambos grupos, siquiera a través de su singularización en la muerte y, más en concreto, en la elección de sepultura.
Aunque resulte de sobra conocido, merece la pena recordar que hasta 1423 Pamplona estaba compuesta, jurídicamente, por tres municipios diferenciados, cada uno de ellos con sus normas legales particulares (bien que semejantes entre sí desde finales del siglo XII) y con una estructura social y económica que reunía en cada caso sus peculiaridades. Todo ello quedaba representado a su vez en una serie de referentes eclesiásticos, físicos, pero también inmateriales y simbólicos, la catedral y las diversas parroquias y conventos, donde las solidaridades vecinales y las diferencias sociales articulaban un permanente foco de atracción.
Se trata de la Ciudad de la Navarrería, la civitas episcopal de origen romano, que acoge a la catedral y a su parroquia anexa de San Juan Bautista; el Burgo de San Cernin, articulado a finales del siglo XI sobre la base inicial de inmigrantes procedentes del sur de la actual Francia, cuyos descendientes mantuvieron el idioma occitano como lengua de convivencia hasta finales del siglo XIV7, con las parroquias de San Saturnino (San Cernin) y San Lorenzo; y la Población de San Nicolás, muy poco posterior, con un sustrato original de inmigrantes nativos, y su parroquia dedicada al santo de Bari. Junto a ellas, desde el siglo XIII y hasta el siglo XV, surgirán conventos masculinos de franciscanos, dominicos, agustinos, mercedarios y carmelitas; monasterios femeninos de clarisas y agustinas y un hospital atendido por los hermanos de San Lázaro, todos ellos más o menos adscritos a los diferentes municipios8.
Esta trama parroquial y conventual se repite en mayor o menor medida en Tudela y Estella. De hecho, también Estella había contado hasta mediados del siglo XIII con tres concejos correspondientes con otros tantos recintos, pero desde 1266, antes por tanto del punto de partida de este estudio, ya conformaban un solo municipio9, en el que convivieron en los siglos XIV y XV hasta siete parroquias de muy desigual calado entre las que destacaban San Pedro de la Rúa, San Miguel y San Juan Bautista, y diversas órdenes religiosas masculinas (dominicos, franciscanos, agustinos y mercedarios) y femeninas (clarisas, benedictinas, salesas)10. Tudela, donde la colegiata de Santa María -hoy catedral- presidía la vida eclesiástica, contaba además con ocho parroquias (San Nicolás, San Jaime, San Jorge y Santa María Magdalena, entre otras) amén de conventos masculinos de antonianos, franciscanos y premonstratenses y uno femenino de clarisas.
Por desgracia, y salvo en el caso de la catedral de Pamplona y de la colegiata de Santa María de Tudela, la documentación medieval que se ha conservado de las diversas parroquias y congregaciones de las tres ciudades es fragmentaria. Se cuenta con información relativamente abundante de centros como la parroquia de San Saturnino de Pamplona, las clarisas de Santa Engracia de Pamplona (actualmente en Olite), Santa Clara de Estella y Santa Clara de Tudela y las canonesas agustinas de San Pedro de Ribas de Pamplona, pero apenas algunos diplomas correspondientes a las restantes parroquias y congregaciones religiosas11. En cambio, se dispone de un número nada desdeñable de documentos procedentes en su origen de fondos civiles, singularmente protocolos notariales tudelanos12.
Son los diplomas de esta última ciudad, en este caso vinculados a Santa María, los que ofrecen las primeras referencias, bien que excepcionales, ya en la segunda mitad del siglo XII. Así, el entierro en esa colegial de Tudela de Gonzalo de Azagra, miembro de uno de los linajes más relevantes de la nobleza navarra, que había sido tenente de Ablitas y Monteagudo y en el mismo año de su muerte (1158), figuraba al frente de la propia Tudela13.
A finales de la centuria consta la sepultura, en la misma institución, de Guillermo Doelín, también miembro de una familia cuyo relieve entre la burguesía local se documenta durante la centuria siguiente, y que presenta en su testamento un despliegue del tipo de mandas que se convertirá en habitual en los siglos posteriores; decenas de misas en los templos y santuarios más relevantes, no solo de Tudela sino de Navarra (Roncesvalles, La Oliva), provisión de capellanías y aniversarios, etc.14. Aunque se trata de ejemplos muy concretos y anteriores al tiempo que nos va a ocupar, nos permiten con todo aproximarnos a una cuestión que sobrevolará de modo permanente todo lo relativo al derecho de elección de sepultura, bien conocido por los especialistas pero que conviene no ignorar.
Guillermo Doelín había abonado 8 morabetinos para poder enterrarse en la colegial (per dispensam sepulture mee), seguramente porque no se trataba de su parroquia de adscripción. El cabildo colegial (la ciudad estaba adscrita a la diócesis de Tarazona) pleiteará -y reclamará para sí- sobre el derecho a otorgar o no sepultura en interpretación del derecho canónico, que exigía la inhumación en el cementerio parroquial o, en su defecto, la dispensa del ordinario del lugar en función de las excepciones previstas (entierro con los padres, el cónyuge, los hijos) y que acabaron por establecer una discrecionalidad casi absoluta hasta la autorización genérica de sucesivos pontífices para las diversas órdenes mendicantes que llegarán a lo largo del siglo XIV. Todavía en 1286 y 1356 se dictaban sentencias o se fijaban árbitros sobre esta cuestión15. En el caso de Pamplona, el enfrentamiento violento entre el cabildo de la catedral y la orden franciscana en 1245 podría, según J. Goñi, haber tenido también algún componente en este terreno, aunque las bulas pontificas destinadas a resolver el conflicto no lo señalen de modo específico16. Las tensiones entre las diversas órdenes, los cabildos capitulares y las parroquias por hacerse un hueco lo más relevante posible en sus “tareas por la salvación” de los fieles, incluida por tanto la custodia de sus restos, son una constante en el Occidente medieval y también el hispano17.
Sea cual fuere el motivo, lo cierto es que la fragmentaria y tardía documentación relativa a los mendicantes masculinos de la ciudad de Pamplona, no recoge como se verá, enterramientos concretos en sus iglesias y cementerios hasta avanzado el siglo XV, lo que obviamente no implica que no existieran. En el caso de los franciscanos tudelanos (los dominicos no se instalaron en la ciudad hasta 1517), donde los primeros datos concretos de inhumaciones son poco más tempranos, de las últimas décadas de la centuria anterior, el cabildo colegial y la orden pleiteaban sobre ese derecho ya a finales del siglo XIII18.
Más significativo puede resultar que, a diferencia de Estella o Tudela, cuyos monasterios de clarisas inhumarán a miembros de importantes linajes burgueses, como los Montaner en Estella19, no se cuenta con ninguna referencia en las instituciones femeninas pamplonesas. Ni siquiera para las clarisas de Santa Engracia, ni en relación con las familias y personajes que constan como mayores donantes y promotores; y ello pese a que, tanto en este caso como las canonesas agustinas de San Pedro de Rivas, sí nos ha llegado un importante y bien conocido fondo documental20.
En cualquier caso, una vez fijado el sistema, las donaciones destinadas a agradecer las correspondientes dispensas se sucederán en las disposiciones testamentarias, aunque en forma de mandas pías, y por tanto casi siempre difíciles de distinguir en su objetivo último, puesto que la “compra” del derecho quedaba taxativamente prohibida21.
Establecido por tanto que las oligarquías eran posiblemente las únicas con capacidad real para efectuar esa elección de sepultura, bien mediante la ocupación22 de los templos y sus anexos (claustros, por ejemplo) en perjuicio de los cementerios parroquiales, hasta alcanzar los espacios más destacados con “enterramientos privilegiados”23, bien mediante la inhumación en instituciones distintas de la parroquia asignada, cabe interrogarse por los motivos que les llevaron optar por unas u otras decisiones o, si es el caso, por mantener la norma canónica de inhumarse en los cementerios parroquiales correspondientes.
En ese sentido, el cabildo catedral de Pamplona parece privilegiar el espacio de la propia iglesia y del claustro para miembros de la nobleza (la aristocracia militar, si se prefiere), pese a que todavía en 1269 un burgués como Hugo de Concoz, cambista del Burgo de San Cernin, fijaba en su testamento que se le enterrase (or io me mandei enterrar) en Sancta Maria de Pamplona; y así debió de ser, dado el considerable rastro documental que dejó la capellanía instituida al efecto24. Con todo, cabe la posibilidad de que el entierro se produjese en este caso en el cementerio de la catedral, el propio de la ciudad de la Navarrería, y que la dispensa y la fundación de la capellanía, entre otros legados, viniese dada por el cambio de parroquia natural, pues el testador procedía de San Cernin, pero no parece probable dado el importante legado que llevaba aparejada la elección.
Bien es cierto que diversos vecinos de la Navarrería, pese a enterrarse en el cementerio de la catedral, como correspondía por ser la sede de la parroquia de San Juan Bautista, también le hicieron legados de interés. Así, Íñigo López de Espoz (1348) y Dominga Pérez de Anchóriz (mediados del siglo XIV)25. El primero, con todo, establecía enterrarse “en el fosal que había hecho hacer” junto a la puerta de entrada del priorato. La fundación de dos capellanías, que su hermano fuese el párroco de Espoz y el pago de una pitanza anual para los jurados de la Navarrería quizás fue suficiente para poder elegir sitio en el cementerio, pero no para cruzar las puertas del templo. Tampoco habría servido que su esposa, Catalina de Olave, hubiese estado casada en primeras nupcias con Juan Moza, ni que su hija, Gracia, ya fallecida, hubiese sido esposa de otro Moza, Miguel, miembros ambos, por tanto, de uno de los linajes burgueses más relevantes de la Población de San Nicolás, de quienes se hablará más adelante. Resulta curioso, en ese sentido, que entre las mandas piadosas que dispone haya varias a diversas órdenes mendicantes y santuarios, pero ninguna a las otras parroquias pamplonesas, ni siquiera la de San Nicolás de sus parientes políticos26.
Sin embargo, la documentación posterior, hasta comienzos del siglo XV, solo ofrece noticia de miembros de la nobleza inhumados en el interior del templo o el claustro. Aunque los personajes más prominentes de la burguesía pamplonesa residían en los otros burgos, San Saturnino y San Nicolás, no contamos con elementos que nos permitan situar a miembros del grupo, ni siquiera avecindados de la Navarrería, entre los allí sepultados. La tradicional rivalidad entre los tres municipios, que tendrá continuidad incluso después de la creación del concejo único en 1423, parece un elemento determinante en ese sentido. El vecindario de la Navarrería, repoblada en su práctica totalidad a partir de la década de 1320 tras la destrucción sufrida en 127627, no tenía quizás, al menos todavía, el prestigio social ni el potencial económico como para pretender alcanzar el privilegiado escenario que suponían las capillas, naves y crujías claustrales de la seo.
Sean esos los motivos, o la simple resistencia del cabildo para abrirse a otros escenarios sociales, la cuestión es que por la documentación veremos desfilar camino de su tumba en la seo a nobles como Íñigo Almoravid y su esposa Toda, inhumados en el claustro en torno a 130028; a Teresa Ortiz de Mendillorri, depositada en el mismo lugar donde yacían sus padres, que funda una capellanía y en cuyo testamento no aparece referencia a esposo, hijos ni hermanos29. La vinculación familiar como elemento decisivo en la elección parece obvio, pero también la referencia privilegiada de la catedral -perfectamente visible desde el palacio de Mendillorri- para uno de los linajes nobiliarios del entorno pamplonés más conocidos. Otro tanto puede apuntarse de Martín Ibáñez de Úriz, alcalde mayor de Navarra, que en 1323 fijaba su inhumación sobre “don Martín Martínez de Oharriz”, su tío. En este caso el referente familiar es un pariente próximo, cuyo prestigio personal, unido al propio escenario de la sepultura, resultaban singularmente atractivos para el propio realce del testador30.
El colofón queda representado Pedro Arnaldo de Garro y de su esposa, Juana de Beúnza, miembros de la alta nobleza muy vinculados a la corona durante el reinado de Carlos III. Pedro, que testaba en 1422, mandaba enterrarse en un monumental sepulcro ya avanzado o incluso terminado (“que yo he hecho hacer”), en un espacio preferente del claustro de la catedral, muy cerca del conjunto escultórico de la Epifanía y de la capilla Barbazana; y allí le habría seguido, mediado el siglo, su hijo Leonel31. Uno de los hermanos de Pedro, Ojer de Garro, emparentaría por cierto con otro linaje nobiliario, los Ezpeleta, sobre el que se volverá, porque tiene un singular interés para este estudio en su relación con la confluencia entre familias nobles y burguesas.
Precisamente, en esa línea cabe señalar la sepultura en la catedral, aunque en lugar sin concretar, de Fina de Aldaba, señora del palacio de Eusa que testó en 131432, hija de Pedro de Aldaba, franco “de la villa de Pamplona”33, y de Urraca Martínez de Eusa, infanzona, y pariente (“mi primo hermano”) de Martín de Aibar, ricohombre. En 1281 figura como procurador del prior del cabildo catedralicio, lo que explica también la vinculación familiar con la catedral34, aunque no nos consta su sepultura ni la de su esposa en el templo, o al menos el testamento de su hija no lo menciona. Quizás la expresión nostre fossal vieyll que figura en el testamento, y al que deben acudir los canónigos anualmente tras celebrar la misa de aniversario para rezar por ella, sus padres y su hermano difuntos, dé alguna pista en ese sentido de una sepultura colectiva de construcción previa, pero parece osado afirmar nada en ese terreno.
En todo caso, resulta evidente que la legataria había escogido con claridad la vía del parentesco materno -su padre era burgués- para ganarse ese espacio social y jurídicamente privilegiado, tanto en la vida como en la muerte. Pero marca también el camino, o uno de ellos, que permitía a un franco relevante y a un miembro de la alta aristocracia militar emparentar a través de sendos matrimonios con miembros de la baja nobleza, que se convierte así en el punto de unión entre unos y otros.
Con todo, a comienzos del siglo XV parece que el cabildo estaba más dispuesto a abrir la mano en sus concesiones, siquiera reservadas a lápidas casi anónimas en el piso del claustro. Así, el notario Martín Miguel de Leache, recibió la concesión de una fosa de ese tipo en 1413, junto a las de un ferrero, Pedro de Galar, y del noble Íñigo Almoravid y su esposa Toda35.
Esta habitual reserva para la nobleza de las sepulturas laicas de las naves catedralicias contrasta así, en parte, con el proceso seguido en la colegiata de Tudela, quizás el elemento de comparación más cercano en lo institucional entre los centros urbanos del reino. Es cierto que figuran miembros de la nobleza, como sucesivas generaciones de los Ujué, elevadas al rango de caballeros36, que culminarán en el sepulcro que Isabel de Ujué compartirá con el canciller Francisco (Francés) de Villaespesa -de probable origen burgués37-, una de las obras cumbre de la escultura gótica navarra. En el testamento se disponía además la sepultura en la misma capilla, situada “cerca de la gran puerta de la iglesia” (en realidad la puerta sur), pero no en el mismo sepulcro, de sus descendientes, que acabarán emparentando con la nobleza titulada del reino38. Sin embargo, no debe olvidarse que, aunque el referente inicial del linaje, el burgués Íñigo de Ujué, y algunos familiares habían escogido su parroquia, San Jorge39, otro hijo, Pedro Íñiguez de Ujué, cambiador de profesión, ya había fijado su sepultura en la colegiata, donde también mandó enterrarse su esposa, Romea Jiménez de Barillas40. Dado que dos familiares de Pedro eran, respectivamente, maestreescuela y chantre de la colegiata, conviene apuntar el relieve de la presencia de estos linajes burgueses en los capítulos eclesiásticos como medio de promoción social de las familias41. Cabe insistir, a este respecto, con el ejemplo de Sancho de Eslava, que encargó en 1448 su entierro en la capilla de Santa Ana, y que contaba también con un hermano chantre42.
De igual modo figuran en paralelo otros personajes prominentes de la burguesía tudelana, como Arnaldo de Morlans, notario, y su esposa Urraca García de Alzu43, aunque otro miembro del linaje, Juan de Morlans, casado con Juana González de Vidaurre, optó por la capilla de San Simón y san Judas de la iglesia de San Nicolás44. Quizás, y pese a esa mayor flexibilidad, sí puede apuntarse a una cierta tendencia a buscar en la muerte un reconocimiento del prestigio ganado, o heredado, en vida, que ofrecían quizás en mayor medida los muros de la iglesia colegial.
En todo caso, y pese a sus disonancias con el de Tudela, el modelo pamplonés no parece muy distinto al de otros espacios catedralicios, como Córdoba, donde los siglos XIV y XV ven depositarse sobre todo en el interior de la seo, y aparte clérigos, a figuras destacadas de la nobleza “militar” local y regional, aunque no falte algún caso de la más alta oligarquía burguesa de la ciudad45.
La pérdida de noticias sobre enterramientos nobiliarios en la catedral de Pamplona en la segunda mitad del XV46 -lo que no quiere decir que no los hubiera- coincide, quizás no por casualidad, con el despliegue de información sobre sepulturas en las iglesias de franciscanos (San Francisco) y dominicos (Santiago) de la ciudad. Hasta ese momento habían permanecido ausentes de la documentación conocida, pero en esas cinco décadas contamos con al menos diez casos, y en concreto todos los relativos a enterramientos nobiliarios (ocho), junto a otros dos de prominentes burgueses. Bien es cierto que la documentación procedente de esas instituciones es tardía y fragmentaria, pero puede darnos una idea de la preferencia que el grupo nobiliario que residía en Pamplona o su periferia inmediata mostró hacia esas instituciones en los últimos tiempos medievales, frente a las parroquias, de donde parecen casi ausentes, o la propia catedral.
En la iglesia de Santiago de los predicadores ordenarán enterrarse el escudero Miguel de Solchaga en 147447; el señor de Idocin, Arnaldo Pérez de Jaso (1474), y su esposa Guillermina de Atondo (1490)48, y Juana de Osés, mujer del escudero Francisco de Esparza (1491), quien encargó una sepultura nueva pese a que su marido estaba al parecer inhumado en San Nicolás49. Cabe recordar que, por su cercanía, el convento de dominicos se hallaba especialmente vinculado a esta parroquia.
En el caso de los franciscanos, cuyo convento se situaba cerca de la parroquia de San Lorenzo, extramuros por tanto del Burgo de San Cernin, la información es también similar, aunque cabe apuntar a un cierto mayor prestigio social y jurídico de quienes optaron por esta comunidad. Allí se enterró Imperia, la esposa de Berenguer Cruzat, en una fecha indeterminada de la primera mitad del siglo XIV50, y otro de los más prominentes miembros de la burguesía pamplonesa, Juan de Lacella, a mediados del XV51. Pero los restantes datos con que contamos se remiten miembros de la nobleza: Juan de Ursúa, maestrehostal de Carlos de Viana, miembro de uno de los linajes norteños ascendentes del momento, los Ursúa-Santa María, sobre el que se volverá más adelante, pidió en 1452 ser sepultado allí junto a su abuelo, Juan Pérez de Uroz, chambelán de Carlos III y alcalde mayor de Navarra a principios de la centuria52. Ya en 1502, Martín de Rutia, alcalde mayor de Navarra en esa fecha y que en 1495 figura como presidente del Consejo53, y su esposa Catalina de Larraya disponían la inhumación conjunta en la capilla de San Esteban y san Martín de la iglesia conventual54.
La crónica de los reyes de Navarra de García López de Roncesvalles nos proporciona la noticia del único enterramiento que conocemos en el convento de los agustinos. Según el cronista, Martín de Úriz, caballero ejecutado por traición a Carlos II, habría sido sepultado allí, sin mayor detalle. Más allá de la excepcionalidad del lugar, no se aleja de esa preferencia de la nobleza por las órdenes mendicantes masculinas55.
Resulta complicado en este caso realizar una comparativa con los conventos masculinos de Estella o Tudela. En la primera villa, apenas tenemos información sobre esta cuestión. Solo el dato, bien que singular, del canciller de Carlos II, Andrés Jordán, cuya sepultura en la iglesia de los dominicos en 1351 fue abonada por el rey56.
En Tudela, ninguno de los nombres registrados en relación con los franciscanos, única institución masculina de la ciudad en época medieval que nos ofrece referencias concretas, cuenta con información conocida que nos permita situarlo con detalle en el escenario social. Desde luego, no figuran los grandes linajes de la oligarquía burguesa o de la nobleza (Caritat, Baldovin, Ujué, Ayensa), aunque el detalle y montante de los legados manifiesta una posición acomodada y hasta la búsqueda de un innegable prestigio social, como el paño con las flores de lis, armas de su padre, que Sancha Ortiz hizo instalar sobre su tumba en la iglesia del convento franciscano en 142057. Martín de Maragal, sin embargo, se conformó en 142758 con un espacio en el cementerio del convento, mientras que los Amigo contaban a finales del XV con una sepultura colectiva dentro de la iglesia (padres, hija, yerno)59. Catalina de Berbinzana pidió enterrarse, también en la iglesia, en la tumba de su marido, Martín de Torres60. Aunque alguna de esas familias pueda tener luego un cierto recorrido documental (Torres, Amigo), resulta complicado situarlas socialmente en el tiempo que nos interesa61. Quizás es una muestra de que el caso de los franciscanos tudelanos, tal y como ocurría con la colegiata, ofrecía una mayor permeabilidad que en la capital del reino. No se trata, desde luego, de ejemplos singulares; esa misma preferencia de la nobleza hacia los franciscanos y dominicos que se aprecia en Pamplona puede encontrarse en numerosas casas conventuales de ambas órdenes en Castilla62; mientras que en Galicia la iglesia de Betanzos de los frailes menores parece haber acogido los restos de nobles y burgueses en la misma medida63. En cambio, los predicadores de San Domingos de Bonaval, en Santiago de Compostela, se convirtieron en panteón de linajes burgueses ennoblecidos por vía de matrimonio64.
Con la nobleza “concentrada” en la catedral y los conventos masculinos, la burguesía, salvo las excepciones ya señaladas, parece fijar sus intereses en las diversas parroquias. Quizás la radical separación jurídica entre los tres municipios pamploneses hasta principios del siglo XIV ayudó en buena medida a mantener a la seo como un referente casi exclusivo de su propio distrito, la Navarrería, y en todo caso de la nobleza periférica o la que allí pudiera haberse instalado, mientras que, en contrapartida, las familias burguesas convertían sus parroquias respectivas en su particular símbolo de ciudadanía, distinto -y distante- no solo de la catedral sino de las otras parroquias65. Únicamente San Cernin contaba con dos iglesias parroquiales, cada una en un extremo del espacio urbano, San Saturnino y San Lorenzo, y, hasta donde puede apreciarse, con su propia feligresía. Todavía en 1413, apenas diez años antes de la fusión de los tres concejos, el rey Carlos III sentenciaba sobre los límites entre ambas66. Una feligresía que, por otra parte, parece mostrar una imagen más humilde en el área de San Lorenzo, donde solo se documentan entierros de vecinos de profesión modesta y todos ellos en el cementerio parroquial. María Domínguez de Gaizarin, esposa de Lope de Mendino, burullero; Pedro Jiménez de Belzunce, esposo de Dominga, también burullero, y María Pascual, viuda de Salvador de Beraiz, de oficio desconocido, son los referentes conocidos, todos en la primera mitad del siglo XIV67. La rúa de la Burullería (actual San Lorenzo, precisamente), donde se instalaban esos fabricantes de paños de lana de baja calidad68, se situaba muy cerca del templo. Sin perjuicio de que se produjeran enterramientos no documentados en el interior de la iglesia, parece que el vecindario de San Lorenzo no se permitía habitualmente el dispendio que suponía tal privilegio, siquiera en forma de donación piadosa, pese a que algunos de los finados, como Pedro Jiménez de Belzunce, contaba con un patrimonio inmobiliario, sobre todo en viñas y tierras del entorno de la ciudad, realmente interesante69.
Aquí entra pues en juego otro elemento de relieve, pero difícil de calibrar. La necesidad de “pagar” un precio singular en función del oficio desempañado en la vida terrenal para conseguir la vida eterna en el cielo. Lo que J. Le Goff denominó “el nacimiento del purgatorio”, cuyo sentido inicial se habría situado en la salvación de cambistas y prestamistas, que obtenían pingües beneficios del uso de un tiempo ajeno del que solo Dios debía disponer. La posibilidad de acortar esa estancia intermedia y el sufrimiento que suponía se acrecentaría mediante la multiplicación de mandas pías, aniversarios y una mayor cercanía a las zonas privilegiadas del templo, capillas y altares con reliquias, a imitación de las sepulturas ad sanctos propias de la temprana Edad media, y donde se celebraba la misa. Se entendía que el rezo resultaba más efectivo, pero se conseguía así, y no por casualidad, un superior prestigio mediante la pervivencia en la memoria de la colectividad parroquial; modelo que se extenderá en círculos concéntricos por el abanico social70. Tiene así mayor sentido, más allá del esfuerzo económico que pudiera suponer, que el único entierro documentado en el cementerio de San Saturnino sea, a finales del siglo XIV, un carnicero (broter) pese a que también en este caso el patrimonio que muestra su testamento no parece despreciable y que sus mandas piadosas, aunque pequeñas en cada caso, muestren un amplio repertorio de beneficiarios71. Sin embargo, un siglo después, en 1474, otro carnicero se inhumaba ya en el interior, bien que, en el sepulcro de su suegro, que muy probablemente contaba con un mayor estatus social72.
Con todo, el caso paradigmático de esta relación casi simbiótica entre parroquia, en este caso San Saturnino, y linaje burgués lo proporciona la familia de los Cruzat, uno de los apellidos de referencia -por no decir “el” apellido de referencia- del Burgo desde al menos los años setenta del siglo XIII y hasta bien avanzada la Edad Moderna, ya ennoblecidos73. El análisis que aquí puede realizarse se limita con todo a unos pocos personajes, aquellos que han dejado huella documental sobre su voluntad de sepultura; pero con un relato que puede resultar significativo del conjunto.
En 1344, Juan Cruzat y su mujer, Juliana Pollán, establecían en un testamento de hermandad -se fijaban como herederos mutuos- su entierro en la iglesia de San Saturnino74. Juan era hijo de Pascual Cruzat -fallecido antes de 133475- y Juliana, hermana de Arnaldo, que figura en el testamento como cabezalero, pertenecía a un importante linaje de mercaderes avecindado en la Población de San Nicolás desde finales del XIII76. Lo que interesa aquí es que ambos, ignorando a sus respectivos padres, piden enterrarse “delante del altar mayor de la dicha iglesia, junto a la sepultura donde yace el cuerpo de Berenguer Cruzat”. Berenguer había sido la cabeza del linaje, hermano de Pascual, y por tanto tío de Juan, el testador. La costumbre que establecía a los padres y los esposos como referencia para los entierros conjuntos, no se acaba de romper, puesto que el matrimonio pide un entierro conjunto y singular, pero la consideración del tío como referente máximo incluso tras la muerte, por encima de unos padres de cuyo relieve social tampoco cabe dudar, y cuyas sepulturas no se mencionan, parece digno de consideración. El texto nos permite además conocer el lugar, frente al altar mayor, en que se había depositado a Berenguer, cuyo rastro documental se iniciaría en 1276-1277 y se pierde en 131477. Cómo accedió a escenario tan privilegiado solo puede suponerse. Quizás contribuyó de manera sustancial a la reconstrucción del templo, cuya traza actual se corresponde precisamente con el entorno de 1300 en que el personaje despliega su actividad, tras los daños sufridos en la llamada Guerra de la Navarrería78. Sin embargo, su esposa, Imperia, cuya fecha de muerte se desconoce, fue enterrada, según afirmará su hija Flandina en su propio testamento, en la capilla de San Juan Evangelista del convento de franciscanos (la misma donde se enterraría, un siglo después, Juan de Lacella). Aunque se han apuntado varias posibles filiaciones (Ibero, David), ninguna es segura, lo que impide plantear ninguna hipótesis segura sobre semejante elección -fallecer antes que su marido y enterrarse con sus padres, por ejemplo-79, que no tuvo en cuenta otras opciones como el monasterio de clarisas de Santa Engracia, favorecido, como se ha comentado, tanto por los Cruzat como los David y los Ibero.
Las últimas voluntades de Flandina, dictadas en 1346, resaltan aún más si cabe algunos de los comentarios previos. Aparte de cumplir con todos los requisitos para convertirse en un prototipo de testamento de cambista a la búsqueda de la salvación eterna, con múltiples y muy generosas mandas pías para toda suerte de iglesias, conventos, monasterios y santuarios, hospitales, pobres y peregrinos, aniversarios, capillas, luminarias, etc., y dotaciones de relieve para hermanos, primos, sobrinos y servidumbre, muestra una vez más la importancia del linaje y de su permanencia y simbolismo tras la muerte.
Flandina, que no tenía hijos, había enviudado dos veces, de Simón de Lacella/Acella y de Miguel de Eza/Deza, ambos, como no podía ser de otro modo, miembros relevantes de la comunidad del Burgo de San Cernin. Sin embargo, aparte de realizar las correspondientes donaciones para que se rezase por su alma, no manifiesta ningún interés por la sepultura de sus maridos, y sí su voluntad de enterrarse en la misma que su padre Berenguer, frente al altar mayor de San Saturnino, en lugar por tanto preferente, pero contiguo, al de sus primos Juan y Juliana, creando una suerte de panteón familiar. Parece interesante resaltar, igualmente, que entre sus legados crea uno de 25 libras para que un caballero (“para alguno que vaya a caballo”) acuda por su alma a “la primera Cruzada que se haga a Ultramar o para otro lugar contra moros y gentiles que sea ordenada por el santo padre el Papa, dando y otorgando las indulgencias (perdonances) de Ultramar80”. No es evidentemente una donación única en el occidente medieval, pero, quizás de modo inconsciente -o no-, servía en este caso para vincular al propio apellido familiar con una “aventura” religiosa y más propia de la nobleza, la aristocracia militar, que acabará en la memoria familiar como origen mítico de su nombre y su rango81; un fenómeno que, por otro lado, es habitual en la Europa de su tiempo82.
En 1432 se cerraba el ciclo que aquí interesa de la familia Cruzat, con el entierro de Martín Cruzat “el Rico”, en un ornamentado sepulcro que inicialmente se instaló en el pequeño claustro de la iglesia iniciado a principios del siglo XV y que él habría contribuido a construir83. Se daba así el paso último en el creciente despliegue de propaganda del linaje; aunque lejos del altar, la obra escultórica (que hoy puede contemplarse en el atrio de la iglesia, a donde fue trasladada a principios del siglo XX) singularizaba al personaje, y con él a su familia por encima de cualquier otra; tal y como ocurría en los claustros de la catedral con algunos miembros de la nobleza a los que ya se ha hecho referencia.
Con ser quizás el más significativo, el de los Cruzat es posiblemente solo uno de los casos que convergió en la parroquial de San Cernin, aunque los datos son mucho más fragmentarios para otras familias de relieve. Los Lacella, cuyo peso socioeconómico ya se ha mencionado, tienen un digno representante en Miguel, que también colaboró -aunque mediante un préstamo- en la construcción del claustro y fijó en su testamento de 1405 enterrarse en la iglesia84. Miguel de Mares, clérigo de Carlos III, guardasellos y sustituto del tesorero, pedía en 140685 que se le enterrase en el claustro todavía inacabado junto a sus padres. Dado que uno de los cabezaleros del testamento era Pascual Cruzat, cabe poner en relación a ambas familias, más allá de la cercanía física en la sepultura. Martín de Itúrbide, oidor de comptos, pedía en 1479 ser enterrado en la iglesia, donde había solicitado lo mismo, tres cuartos de siglo antes (1403), su suegro, el médico de Carlos III, Juan Moliner86. Una vez más, y no será la última que veamos, el mayor prestigio de la familia de la esposa marcaba la elección, incluso cuando el marido era el testador y contaba con su propio cursus honorum de interés.
Por último, por su singularidad, y aunque se aleja del marco de redes familiares que aquí interesa, cabe señalar al único noble del que tenemos constancia, Guillermo Arremeli (¿?), escudero del infante Luis de Beaumont -hermano de Carlos II- y originario de Mantes, en los dominios patrimoniales de los Evreux, que estableció su entierro en el interior de la iglesia en 1364, aunque la documentación no da cuenta del motivo de semejante elección87.
Las evidencias, más escasas, que ofrece la documentación relativa a la parroquia de San Nicolás, el centro religioso de referencia de la Población de San Nicolás, no muestran un panorama muy diferente, aunque puede destacarse algún hecho significativo de la evolución de los modelos. En efecto, junto a un hortelano, García de Zozaya, que en 1495 solicitaba enterrarse en la iglesia, muestra de la apertura cada vez más amplia de los templos al universo social88, o a Isabel de Zalba, cuyo primer marido estaba enterrado también en el templo pero optaba por hacerlo con el segundo, en la capilla de San Juan y santa María de la iglesia de Barasoain (a unos 20km de la capital)89, el ejemplo más interesante con que contamos es el de otra compleja familia de mercaderes y funcionarios, los Moza-Roncesvalles y los nobles con los que algunos de ellos emparentaron mediado el siglo XV, los Ezpeleta.
No tenemos evidencia exacta de que el tendero Pascual Moza, en quien podríamos situar la primera generación del proceso de ascenso familiar90, se enterrase en San Nicolás, pues el testamento que dejó se conserva incompleto91, pero del tenor de este podría deducirse que ocurrió así con bastante probabilidad. El otorgamiento debió de producirse después de 1312, cuando compró parte de las rentas de Artajona a Bruniset de Narbona, viuda del noble Lope Díaz de Rada92, pues la adquisición figura ya en el testamento. Allí aparecen su esposa, Isabel (sin más detalle), y sus seis hijos, al parecer muy jóvenes todavía, pues solo uno de ellos estaba casado. Igualmente, desfilan por el texto miembros de algunos de los linajes importantes de la Pamplona del momento, como los Undiano o los Lacella. Y uno de los hijos, Miguel, se casaría con Gracia, hija a su vez de Íñigo López de Espoz, vecino de la Navarrería a quien hemos visto enterrarse en 1349 en un lugar privilegiado del cementerio de la catedral93.
Pese a la modestia aparente del oficio que proclama -tendero-, se trata sin duda de un personaje que ha conseguido un lugar de relieve en el espacio social pamplonés, y además no solo en su San Nicolás de origen, sino en los tres municipios de la capital, cuyas tensas relaciones eran, como se indicado, endémicas. Aunque el personaje más prominente de los Moza será su nieto, hijo de Juan94 y también Pascual de nombre, que aparte sus labores de cambiador95 actuará como uno de los oficiales más importantes del reinado de Carlos III; recibidor, comisario, oidor de Comptos y consejero del monarca en sus últimos años, hasta su muerte en torno a 142196. Junto con su esposa, Catalina Miguel, fue enterrado en la capilla de San Blas de la parroquial de San Nicolás, según indicaban años después, en 1428, su hija María y su yerno, el tesorero real García López de Roncesvalles, al constituir una capellanía en su memoria, a la par que establecían la sepultura junto a ellos97. Se marcaba así con claridad cuál era la línea del linaje que debía seguirse. No la de García, cuyo prestigio social y jurídico como tesorero real era incontestable, y que podía haberse sentido tentado a iniciar su propia línea familiar transmitiendo su apellido. Él se había criado bajo la protección de Pascual, y el nombre Moza contaba con un peso sobresaliente al que podía sentirse ligado y hasta con la obligación de continuar98. Dado que ambos procedían de la Población de San Nicolás, es posible que los padres del tesorero estuvieran también enterrados en la parroquial, en el cementerio o en la iglesia, pero no se hace mención de ellos, sino de sus suegros y padres de su esposa.
María y García murieron, respectivamente, en torno a 1431 y en 1437, y su hija mayor superviviente, María también, mantuvo de hecho el apellido materno, Moza, en lugar del paterno. El prestigio acumulado por sus antepasados, abuelos y padres, le había permitido casarse en 1423 con un segundón de la nobleza, Juan de Ezpeleta, ya viudo pero miembro de una de las familias nobles más importantes del reino, y que también mantenía el apellido materno (era hijo de Ojer de Garro99 y Juana de Ezpeleta). No nos consta dónde se enterró Juan, pero María le sobrevivía todavía en 1452. Su hija, María Juan de Ezpeleta, casó a su vez en 1443 con otro noble, el escudero y maestrehostal del príncipe Carlos de Viana, Juan de Ursúa (hijo de Guillermo de Santa María, caballero, y Margarita de Ursúa -el apellido materno otra vez-). El ennoblecimiento del linaje Moza se había consumado.
Pero, como se ha sugerido, los sepulcros parroquiales parecen casi de uso exclusivo de la burguesía, mientras que la nobleza que residía en Pamplona o su periferia había derivado sus inhumaciones hacia los conventos mendicantes. Por eso, cuando Juan de Ursúa, que vivía en la Población de San Nicolás, estableció en un primer testamento de 14 de agosto de 1452 que quería enterrase en la iglesia parroquial, allí donde decidiera su suegra100 María Moza, mostrando así su clara vinculación con el linaje materno -y burgués- de su esposa, rompió al parecer con un código no escrito, pero casi vinculante. Tal conclusión deviene de la existencia de un codicilo, apenas dos días posterior, en el que rectificaba su decisión y fijaba su sepultura junto a su abuelo materno, Juan Pérez de Uroz, alcalde mayor de Navarra, a quien hemos visto enterrarse en el convento de San Francisco. Que la nueva cabezalera encargada de cumplir esa decisión fuese su madre, Margarita de Ursúa (otra vez la línea materna en el apellido), nos indica que debió de producirse algún movimiento en el sentido que se ha señalado. La universalización social de las sepulturas, al menos para los estamentos privilegiados, sin distinción de instituciones, estaba todavía lejos de completarse. El hecho de que las fechas coincidan con la ruptura abierta entre Juan II y Carlos de Viana, y que los Ezpeleta y los Ursúa optasen por lealtades distintas (agramonteses y beaumonteses respectivamente)101, no debió de ayudar tampoco a conciliar posturas respecto a una decisión que marcaba de modo muy simbólico las respectivas afinidades. No consta dónde se enterró su esposa, María Juan de Ezpeleta, que procedía del sector rival y todavía vivía en la fecha del testamento del marido.
Además del ya señalado escudero Francisco de Esparza, depositado en la iglesia mientras su esposa se enterraba en los dominicos (1491), el ciclo dedicado a San Nicolás se cierra con otro ilustre sepultado, Martín de Baquedano, también tesorero real, que testó en 1505102. En este caso, solicitaba ser inhumado junto a sus dos esposas, Margarita Dandoz y Blanquina de Sagua. Aparte del relieve del personaje, lo interesante es el lugar donde se inhuma (y que por tanto ya había sido ocupado por sus cónyuges), dentro del januado del altar mayor, junto al sagrario (“donde está el Corpus Domini”). Ese januado se ha identificado como un lugar de privilegio dentro del presbiterio, seguramente en relación con el término en euskera jaun (señor)103. La “invasión” del templo había alcanzado sus últimos objetivos104, y la presencia en paralelo de nobles y burgueses apuntaba también a esa tardía mezcolanza que se adivinaba en otros templos.
La comparativa que puede establecerse con los ejemplos de Estella y Tudela guarda, como era previsible, todo tipo de similitudes y diferencias. En el primer caso, solo contamos con un par de ejemplos, pero bien significativos: Miguel Baldovín, cabeza del más importante linaje estellés, en la iglesia de San Pedro de la Rúa (1296)105, y Juan Elías, otro de los principales de la villa, emparentados con los anteriores, en la también parroquial del Santo Sepulcro, en 1485106. Pero cabe recordar la preferencia ya señalada de otros linajes burgueses, más adelante, por las clarisas.
En Tudela, veremos testamentos y, cosa poco habitual en la documentación navarra, autorizaciones del cabildo colegial para enterramientos dentro de las iglesias parroquiales de San Nicolás107, San Jorge108 y San Jaime109, a la vez que se aprecia también una progresiva universalización social; ya se han apuntado algunas excepciones que sugieren una más temprana mixtificación de los espacios que en Pamplona. Pero también puede apreciarse alguna clara identificación entre templo y linaje como la que se ha visto en Pamplona a propósito de los Cruzat con San Saturnino, en este caso simbolizada, entre otros, en los Ayensa y la parroquia de San Jaime, donde veremos enterrarse, en apenas treinta años, entre 1369 y 1401, cinco miembros de la familia que hacen referencia a sus padres y cónyuges y a las sepulturas que ocupan110.
No puede obviarse aquí señalar con cierto detalle uno de esos testamentos singulares que han sido objeto de especial estudio y que guarda muchas similitudes con el pamplonés de Flandina Cruzat111. Se trata de Bernarda de Pimbo, viuda del escudero Martín González de Morentin112, que escogió por sepultura la iglesia de San Jorge -a la que pertenecía- en 1383, y que como aquella pidió ser enterrada “devant la grada de los altares”, aunque en este caso no hay referencia a antepasados próximos, quizás porque los había dejado en su tierra de origen; la expresión “vecina de Tudela”, parece indicarnos su condición burguesa, pese a la nobiliaria de su marido. El despliegue de mandas y las referencias a las familias burguesas más conocidas de la ciudad (Ujué, Caritat, sus parientes Eslava) también recuerda de modo constante al de Flandina Cruzat, aunque su apellido bearnés, que remite al pueblo del mismo nombre en el actual Departamento francés de Landes, resulte único en la localidad. Su marido procedía de una rama secundaria, asentada en Tudela, de un importante linaje nobiliario venido a menos, pero eso no impidió a Bernarda dedicarse, como Flandina, al préstamo y el comercio113.
Conclusiones
Aunque las fuentes resultan fragmentarias y disímiles, tanto en lo relativo a los diferentes centros eclesiásticos como en lo que hace a las ciudades de referencia de la muestra, parece sin embargo que pueden apuntarse algunas pautas de comportamiento ilustrativas de cuáles eran los referentes de las oligarquías urbanas, tanto nobiliarias como del patriciado burgués, a la hora de escoger sus lugares de enterramiento. La nobleza pamplonesa, o que toma como referencia la capital del reino, articuló sus preferencias en torno a la catedral hasta bien avanzado el siglo XIV, pero acabará por derivar sus sepulturas y panteones familiares a las iglesias de los conventos de las órdenes mendicantes masculinas, donde gozará de una exclusividad casi absoluta hasta prácticamente finales de la Edad media. Por el contrario, las élites burguesas convertirán en su lugar de referencia a las respectivas parroquias de los municipios que organizaban el espacio, incluso después de la fusión de todos ellos en 1423, hasta el punto de que los linajes más representativos parecen patrimonializar los espacios privilegiados de los templos.
Puede plantearse, siquiera como hipótesis de trabajo, que las elites burguesas pretendían perpetuar su vinculación a las parroquias urbanas tras la muerte como una manifestación perpetua de su relación personal y familiar con la ciudad y sus barrios. Por el contrario, el esfuerzo que la nobleza pamplonesa hace por distanciarse de esas mismas parroquias mediante el entierro en la catedral o en los conventos mendicantes muestra un empeño por marcar la diferencia social y de prestigio que les concede su propia condición; no parece tanto una cuestión de que nos encontremos ante un diferente modo de entender la religiosidad, cuanto de una marca de estatus sociojurídico que el linaje se esfuerza por mantener. Cuando la confluencia entre familias nobles y burguesas empiece a tener un peso significativo, los conflictos por establecer las correspondientes preferencias devendrán casi inevitables. En buena parte de los ejemplos documentados, resulta significativo el papel de la línea de sucesión femenina -y de las mujeres que mantienen viva la memoria del linaje-.
Sin embargo, las poblaciones de referencia de la comparativa, Tudela y Estella, y aunque el análisis sobre ellas ha resultado mucho más somero por la propia metodología empleada, ofrecen algunos rasgos diferenciadores, quizás por el diferente peso político y la existencia de una trama social más fluida. Los templos de las congregaciones observantes femeninas (ausentes de los ejemplos pamploneses) y masculinas y las parroquias muestran un escenario que, al menos en apariencia, se muestra más abierto a la confluencia. Parece pues que, pese a la relativa similitud del peso social y demográfico de las tres poblaciones, existen unos componentes de prestigio y autoconciencia mucho más marcados en el caso de Pamplona que en Estella o Tudela.
Son, por supuesto, modelos que vemos repetirse en todo el Occidente medieval, pero que no dejan de resultar significativos en sus similitudes y divergencias en unos espacios tan próximos y que la historiografía ha considerado siempre muy cohesionados e interrelacionados.
Referencias bibliográficas
Fuentes
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