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<publisher-name><![CDATA[Centro em Rede de Investigação em Antropologia - CRIA]]></publisher-name>
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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Haciendo sexo/género/deseo en la(s) noche(s) cordobesa(s): una etnografía sobre intercambios (hetero)eróticos]]></article-title>
<article-title xml:lang="pt"><![CDATA[Fazendo sexo/gênero/desejo na(s) noite(s) de Córdoba: uma etnografia sobre intercâmbios (hetero)eróticos]]></article-title>
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<institution><![CDATA[,Universidad Nacional de Córdoba Faculdad de Filosofia y Humanidades Centro de Investigaciones Maria Saleme de Burnichon]]></institution>
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<institution><![CDATA[,Universidad Nacional de Córdoba Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas Centro de Investigaciones y Estudio sobre Cultura y Sociedad]]></institution>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="pt"><p><![CDATA[Este artigo desprende-se de um trabalho etnográfico feito como parte da minha tese de doutorado num conjunto de clubes noturnos da cidade de Córdoba, Argentina: duas milongas e duas boates. Tenho a intenção, aqui, de demonstrar as performances de sedução e erotismo através das quais certos indivíduos que circulavam pelas noites de Córdoba (re)confirmavam-se como homens e mulheres, fazendo sexo/gênero e heterossexualidade. Isso era feito realizando um conjunto de roteiros sexuais organizados de acordo com as regras do sexo/gênero que, ainda sendo diferentes em uns e outros clubes, propunham/impunham um tipo hegemónico de relação sexualizada entre os corpos: a heterossexual.]]></p></abstract>
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<kwd lng="es"><![CDATA[género]]></kwd>
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</front><body><![CDATA[ 

    <p align="right"><font size="2" face="Verdana"><b>ARTIGOS</b></font></p>

    <p>&nbsp;</p>
    <p><b><font size="4" face="Verdana">Haciendo sexo/género/deseo en la(s) noche(s) cordobesa(s):
una etnograf  ía sobre intercambios (hetero)eróticos</font></b></p>
    <p>&nbsp;</p>
    <p><b><font size="3" face="Verdana">Fazendo sexo/gênero/desejo
  na(s) noite(s) de Córdoba: uma etnografia sobre intercâmbios (hetero)eróticos</font></b></p>
    <p>&nbsp;</p>
    <p>&nbsp;</p>
    <p><font size="2" face="Verdana"><b>María Celeste Bianciotti<sup>I</sup></b></font></p>
<font size="2" face="Verdana">
    <p><sup>I</sup>Programa Subjetividades y Sujeciones Contemporáneas, CIFFyH-UNC; CIECS-Conicet-UNC, Argentina. <i>E-mail</i>: 
<a
href="mailto:celestebianciotti@yahoo.com.ar">celestebianciotti@yahoo.com.ar</a></p>
    ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&nbsp;</p>

    <p>&nbsp;</p>
<hr noshade size="1">
    <p><b>RESUMEN</b></p>
    <p>Este artículo se desprende de un trabajo etnográfico realizado, en el marco
de mi tesis doctoral, en una serie de locales de divertimento nocturno de la
ciudad de Córdoba, Argentina, a saber: dos milongas y dos discotecas bailables.
Pretendo (de)mostrar, aquí, los modos performáticos de la seducción y el
erotismo por medio de los cuales ciertos sujetos que habitaban las noches
cordobesas se (re)confirmaban como mujeres y varones, haciendo sexo/género y heterosexualidad. Esto se
hacía performando un conjunto de guiones sexuales organizados en función de las
normas de sexo/género que, aunque diferenciadas y diferenciantes en unos y otros
locales, proponían/imponían un tipo hegemónico de relación sexuada entre los cuerpos: la
heterosexual.</p>

    <p><b>Palabras clave</b>: género, erotismo, cuerpo,
nocturnidad, Argentina</p>

<hr noshade size="1">
    <p><b>RESUMO</b></p>
    <p>Este artigo desprende-se de um trabalho etnográfico feito como
parte da minha tese de doutorado num conjunto de clubes noturnos da cidade de
Córdoba, Argentina: duas <i>milongas</i> e
duas boates. Tenho a intenção, aqui, de demonstrar as performances de sedução e
erotismo através das quais certos indivíduos que circulavam pelas noites de
Córdoba (re)confirmavam-se como homens e mulheres, fazendo sexo/gênero
e heterossexualidade. Isso era feito realizando um conjunto de roteiros sexuais
organizados de acordo com as regras do sexo/gênero que,
ainda sendo diferentes em uns e outros clubes, propunham/impunham
um tipo hegemónico de relação sexualizada entre os corpos: a heterossexual.</p>

    <p><b>Palavras-chave</b>: gênero, erotismo, corpo, noturnidade, Argentina</p></font>
<hr noshade size="1">
    <p>&nbsp;</p>
    <p>&nbsp;</p>
    ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b><font size="3" face="Verdana">Cae la noche…</font></b></p>
<font size="2" face="Verdana">
    <p>Interesada, en el marco de mi investigación doctoral,
en los modos performáticos en que se configuran
procesos de subjetivación y sujeción (Foucault 2003 [1984]; Butler 2001 [1997],
2002 [1993]) femenina por intermedio de intercambios (hetero)eróticos,
específicamente performances de seducción realizadas por mujeres universitarias
que vivían en la ciudad de Córdoba, Argentina, acompañé, durante 2011 a 2013, a
un conjunto de 30 jóvenes a locales de divertimento nocturno que ellas
significaban como espacios propicios para tales fines.<a style='mso-footnote-id:
ftn1' href="#_ftn1" name="_ftnref1" title=""><sup>[1]</sup></a>
En ese marco, realicé un trabajo etnográfico observando los modos de la
seducción y el erotismo de mujeres y varones que, en ese entonces, circulaban
por algunos locales de la noche cordobesa.</p>

    <p>“En un proceso histórico que se aceleró con
posteridad a la Segunda Guerra Mundial, ‘la noche’ se hizo ‘joven’ y ‘la
juventud’ se (re)ligó metonímicamente con la noche” (Levi e Schmitt, citados
por Blázquez 2012: 292). La noche, asociada a consumos culturales, el ocio y el
erotismo, se convirtió en un espacio de definición práctica y de realización
subjetiva del ser joven (Blázquez 2012), del devenir heterosexual/homosexual,
de la pertenencia a sectores acomodados o populares. En la noche las y los
sujetos hacen, performativamente,
sexo/género/deseo, edad, raza y clase.</p>

    <p>Entendiendo la noche como “[…] un entramado
complejo de circuitos [entrelazados, superpuestos y (des)encontrados] de
circulación de personas, mercancías y deseos” (Blázquez 2012: 292), me centraré
aquí en los intercambios eróticos que se daban en algunos locales de
divertimento de la noche cordobesa a los que asistí durante las épocas de mi
trabajo de campo, y en las performances femeninas y masculinas de seducción que
observé en ellos.</p>

    <p>Este artículo parte del supuesto de que se es
mujer o varón en la medida en que se funciona como tal en la estructura
heterosexual dominante, con lo cual deben performarse
las “oposiciones discretas y asimétricas” (Butler 2007 [1990]: 72) producidas
por la hegemonía heterosexual para ser reconocida/o como
mujer/varón, a la par que se deviene tal en ese mismo proceso.
Paralelamente, el tipo de feminidades y masculinidades heterosexuales
producidas para sí mismas/os por las y los jóvenes que circulaban
por estos espacios, encontraba su condición constitutiva en la capacidad performática del propio cuerpo que, cuando salía a escena a
seducir, no sólo representaba “un papel” sino que se hacía a sí mismo en ese
acto representativo.<a style='mso-footnote-id:ftn2' href="#_ftn2"
name="_ftnref2" title=""><sup>[2]</sup></a> Bajo este supuesto, el
objetivo será, aquí, (de)mostrar los modos performáticos
por medio de los cuales ciertos sujetos se (re)confirmaban como mujeres y
varones performando un conjunto de “guiones sexuales”
(Gagnon 2006) organizados en función de las normas de
sexo/género de la estructura heterosexual dominante. Esto ocurría
en locales bailables destinados a públicos jóvenes de sectores socio-económicos
medios universitarios de la ciudad, que si bien presentaban economías eróticas
diferenciadas y diferenciantes, (re)hacían la hegemonía heterosexual
promoviendo un tipo hegemónico de relación erótica entre los cuerpos: la
heterosexual.</p>

    <p>Me centraré, aquí, en dos tipos de locales
nocturnos: el circuito de las milongas cordobesas, por un lado; y un conjunto
de discotecas que ofrecían sonoridades bailables como el pop, el rock
internacional, el reggaetón, la cumbia y el cuarteto denominados “boliches”.<a
style='mso-footnote-id:ftn3' href="#_ftn3" name="_ftnref3" title=""><sup>[3]</sup></a> Respetando las economías
corporales y eróticas particulares que observé y vivencié en esos
establecimientos, agruparé y dividiré estos locales de divertimento nocturno en
estos dos grupos. Estas agrupaciones configurarán dos “paradigmas empíricos” (Elias 1998 [1976]) diferenciados que serán, aquí,
analizados.<a style='mso-footnote-id:ftn4' href="#_ftn4" name="_ftnref4"
title=""><sup>[4]</sup></a><sup></sup></p>

    <p>La ciudad de Córdoba, ubicada en el centro del
país y fundada en 1573, es reconocida por su pasado colonial y porque se
constituye &#8211; actualmente &#8211; como un polo cultural de referencia que
cuenta con gran número de instituciones de educación superior, entre las que se
destaca la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), fundada en 1613. La UNC
cuenta con más de ciento diez mil estudiantes, lo que genera que la presencia
estudiantil sea una marca distintiva del paisaje de la capital provincial. La
mayor parte de la población de la ciudad tiene entre 20 y 30 años, siendo un importante
motor del desarrollo económico. En este contexto, la noche cordobesa se
caracteriza por la masividad de jóvenes que la transitan tanto como por la
variedad de opciones culturales y de divertimento, en su mayoría
mercantilizadas. La noche cordobesa está organizada en circuitos constituidos
en función del tipo de oferta cultural, el sector de la ciudad y el tipo de
público &#8211; especialmente organizado en función de su pertenencia de clase
pero, también, en función de su orientación sexual.<a style='mso-footnote-id:
ftn5' href="#_ftn5" name="_ftnref5" title=""><sup>[5]</sup></a>
A grandes rasgos, podrían identificarse tres tipos de circuitos: el circuito
ubicado en la zona norte de la ciudad, que se distingue por albergar a jóvenes
pertenecientes a sectores socio-económicos acomodados; el circuito de los
bailes de cuarteto, que tiene lugar en clubes de barrios periféricos y estadios
ubicados en los márgenes del centro de la ciudad y que alberga, en términos
generales, a jóvenes de sectores socio-económicos empobrecidos; y el circuito
céntrico, en el que se destacan el polo cultural ubicado alrededor de la calle
Marcelo T. de Alvear &#8211; la famosa cañada cordobesa &#8211; y el del barrio
estudiantil de Nueva Córdoba. Este último circuito corresponde a aquél donde
realicé la etnografía que aquí presento: está destinado, especialmente, a la población
universitaria de sectores medios &#8211; que habita en esta zona de la
ciudad&nbsp;&#8211;, y cuenta con una variedad de ofertas que integra desde
milongas y discotecas hasta teatros, centros culturales, ferias de artesanías y
locales comerciales de objetos de diseño.</p>

    <p>Los boliches en los que realicé etnografía
fueron dos: Loca Ella y Santana Rock. Estos establecimientos eran considerados
“boliches de levante”, es decir, locales de divertimento reconocidos como
propicios para la concreción de sincronías físico-eróticas y el establecimiento
de noviazgos.<a style='mso-footnote-id:ftn6' href="#_ftn6" name="_ftnref6"
title=""><sup>[6]</sup></a> </p>

    <p>Loca Ella y Santana Rock abrían sus puertas
alrededor de la una de la madrugada y alcanzaban el pico de cantidad de
personas danzando en la pista entre las tres y las cuatro. El ingreso era
gratuito para las mujeres, mientras que los varones debían abonar una entrada.
Ellos, mientras hacían cola para pagar su derecho de ingreso en una pequeña
boletería, observaban los grupos de mujeres que entraban directamente al local,
evaluando su belleza y disposición erótica en pos de definir si “valía la pena”
el costo de la entrada. Al ingresar a estos establecimientos se divisaba un
espacio poco iluminado con una o dos pistas de baile y recovecos o entrepisos
donde se ubicaban los VIP. Sobre la pista se desplazaban luces de colores intermitentes;
en baños y barras de bebidas éstas eran más fuertes, blancas y continuas; y los
pasillos, reservados para encuentros eróticos como besos y caricias, eran
incluso más oscuros que las propias pistas de baile.</p>

    <p>Las milongas, por su parte, abrían sus puertas
alrededor de las veintitrés horas y alcanzaban su punto álgido cerca de las dos
de la madrugada. Tanto mujeres como varones pagaban una entrada para ingresar
&#8211; aunque para ellas ésta era de menor costo &#8211; o bien abonaban la
clase de tango desarrollada con anterioridad al inicio de la milonga, lo que
les permitía la permanencia en estos locales durante toda la noche. Los dos
salones a los que asistí: Tsunami Tango y la milonga El Pisotón &#8211; que
funcionaba los jueves de cada semana en un Centro Cultural llamado Bordes
Espacio Cultural &#8211; presentaban una forma &shy;rectangular con la pista de
baile ubicada en el centro sobre la que se disponía la iluminación. Las pistas
presentaban pisos de madera flotante y alrededor de ellas se disponían mesas
que la rodeaban donde se ubicaban grupos de amigos y amigas. Las barras de
bebidas se encontraban en algún extremo de estos &shy;establecimientos y
ofrecían menor variedad de opciones de consumo que los boliches. Las milongas
se organizaban por “tandas” de tres tangos, milongas o valses que eran
separadas por “cortinas” en el marco de las que sonaba, en general, folclore
argentino. Mientras que las “tandas” se bailaban completas, durante las
“cortinas” los miembros de las
parejas volvían a sus mesas a descansar y tomar algo. Las milongas proponían
momentos bailables y momentos de descanso diferenciados y respetados, mientras
que en los boliches la música bailable sonaba constantemente y eran los y las
jóvenes quienes decidían permanecer en la pista, descansar sobre algunos sillones
o retirarse hacia las barras de bebidas.</p>

    ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Presentada, en términos generales, la noche
cordobesa tanto como ambos tipos de locales, veremos ahora cómo se establecía
la diversión y el erotismo en estos
establecimientos.</p>
    <p>&nbsp;</p>
</font>

    <p><b><font size="3" face="Verdana">Técnica, cuerpo y capital erótico en las milongas cordobesas</font></b></p>
<font size="2" face="Verdana">
    <p>“El guaso&nbsp;<a
style='mso-footnote-id:ftn7' href="#_ftn7" name="_ftnref7" title=""><sup>[7]</sup></a> sabe
bailar y levanta a dos manos pero la mina&nbsp;<a
style='mso-footnote-id:ftn8' href="#_ftn8" name="_ftnref8" title=""><sup>[8]</sup></a> tiene que bailar bien y
también ser linda” era un
posicionamiento compartido por milongueros y milongueras respecto del “capital
erótico” (Hakim 2012 [2011]) de varones y mujeres en
las milongas cordobesas.<a style='mso-footnote-id:ftn9' href="#_ftn9"
name="_ftnref9" title=""><sup>[9]</sup></a> Muchos milongueros que no “ganaban minas” en otros
espacios de sociabilidad nocturna por no destacar ni por su belleza física ni
por sus capacidades performáticas y verbales para el
cortejo, sí podían hacerlo en las milongas si lograban cierta calidad en la
danza y la valorada habilidad de “llevar bien”. En tanto, a las mujeres no les alcanzaba con “bailar bien” o
“saber dejarse llevar” para obtener
capital erótico; a esto debían sumar una cierta apariencia física: ser “flacas”
y “lindas”, y presentar un modo de danzar “tipo bailarina clásica”: etérea,
delicada y sutil.<a style='mso-footnote-id:ftn10' href="#_ftn10"
name="_ftnref10" title=""><sup>[10]</sup></a> Cecilia, una asidua
milonguera, me contó en una oportunidad: “El otro día vi un concurso de tango
que se hizo en un país centroamericano y las bailarinas movían mucho las
caderas. Acá, en cambio, se valoran las terminaciones y el empeine, acá te
sacan a bailar si sos flaca, linda y bailás tipo bailarina clásica”.</p>

    <p>Durante la época en que asistí a Tsunami Tango
y Bordes se encontraban en auge unas cuatro o cinco jóvenes altamente
requeridas para bailar, muy observadas tanto por varones como por mujeres y
sobre las que se hablaba “todo el tiempo”. Estas mujeres compartían ciertos
atributos físicos: eran delgadas y presentaban rostros que respondían a los cánones
de belleza de su época: amplias sonrisas de blancos dientes, pieles tersas y
grandes ojos de largas pestañas &#8211; destacados por medio del uso de
maquillajes como rímel y delineadores. Dos de ellas eran bailarinas clásicas y
una tercera tenía formación en danzas populares. Dos de aquellas mujeres eran
hermanas y su apellido &#8211; que las apodaba “las Arruabarrena” &#8211; resonaba
constantemente. La menor de “las Arruabarrena”<i> &#8211; </i>a la que llamaré Santina &#8211; no perduraba sentada en su mesa ya que en
cada “tanda” era invitada para salir a la pista. A veces, dos varones se
encontraban &#8211; al unísono &#8211; frente a ella con sus brazos extendidos
en señal de invitación, y en una oportunidad observé a un joven correr
atravesando la pista de baile para conseguir compartir con ella la “tanda” que
se avecinaba. Las colaboradoras de mi investigación se referían
sistemáticamente a Santina, a veces con calificativos
como “diosa”, a veces con comentarios como “habría que matarla”<i>.</i> Sin embargo, no todas las jóvenes
tenían su misma “suerte”; para algunas mujeres el acceso a la pista era
dificultoso, siendo poco invitadas a bailar por ser nuevas en la milonga o
haber pasado bastante tiempo fuera de aquellos círculos. Frente a situaciones
como éstas, ellas se las ingeniaban para conseguir salir a la pista, aunque
preservando una “cara” (Goffman 1970 [1967]) de
milongueras que respetan los “códigos” de las milongas.<a style='mso-footnote-id:
ftn11' href="#_ftn11" name="_ftnref11" title=""><sup>[11]</sup></a>
Para esto se acercaban a saludar a algún viejo conocido que se veía obligado a
invitarlas a bailar, o cabeceaban &#8211; desde su mesa &#8211; a algún varón
que, manejando los “códigos”, las invitaba cortésmente a compartir una “tanda”.</p>

    <p>A los varones, por su parte, para “tener
levante” en las milongas cordobesas
les hacía falta casi exclusivamente manejar con experticia la danza del tango
&#8211; “saber llevar”. Por supuesto que esto no era tarea fácil ya que
requería años de práctica y muchas horas en las pistas y, por eso, no eran
muchos aquellos con quienes “todas” deseaban fervorosamente bailar, por lo
menos una “tanda”. Si ellos eran profesores o eran “facheros”
&#8211; atractivos &#8211; su capital
erótico aumentaba aún más. Sin embargo, la idea de que por más que un bailarín
no sea estéticamente agraciado si bailaba muy bien “ganaba a dos manos” era ampliamente compartida. Un
milonguero y una milonguera me contaron, en una oportunidad, que el varón que
baila bien, “por más que sea horrible”, tiene muchas posibilidades de
“levantarse a la mina que quiere” debido a que el buen bailarín es “muy
cotizado”. El capital erótico masculino se jugaba, así, en la íntima relación
establecida durante los dos o tres minutos del vals, milonga o tango compartido
con la compañera en la pista de baile. Si lo que ella sentía era placentero, si
se sentía “llevada” con suavidad &#8211; no tironeada &#8211; y que las
“marcas” eran claras, la experiencia era fascinante.<a style='mso-footnote-id:
ftn12' href="#_ftn12" name="_ftnref12" title=""><sup>[12]</sup></a>
En este marco, las experiencias que relataban las jóvenes sobre performances de
tango compartidas con compañeros experimentados pueden analizarse desde la
noción de “fluir” de Victor Turner (1974),
en el marco de la cual dos cuerpos se funden en el abrazo del tango haciéndose
uno, y el sujeto y la acción no son posibles de ser separados.<a
style='mso-footnote-id:ftn13' href="#_ftn13" name="_ftnref13" title=""><sup>[13]</sup></a> Esto implica que la
performance se experimenta intensamente, las conductas fluyen de maneras
diferentes a las de la vida cotidiana y los sujetos entran en “estados de
conciencia” que en el caso de las milongas se denominaban “conexión”. El
término nativo “conexión” sintetizaba la sensación holística que existe
cuando una/un sujeto actúa con total implicación, diluyéndose la
relación entre el yo y el medio y entre el yo y otros cuerpos. Estas
experiencias de “conexión” ocurridas
durante las performances del tango implicaban, en primera instancia, una
sincronía fluida y “graciosa” (Schechner 2000) de los
cuerpos danzando y conllevaba &#8211; en muchas oportunidades &#8211; la
aparición del deseo erótico por el otro que podía desvanecerse por fuera de los
límites espaciales y sensitivos de la pista de baile o reafirmarse deviniendo
en una relación erótico-afectiva más o menos sostenida en el tiempo.</p>

    <p>En definitiva, el capital erótico de los
milongueros cordobeses dependía especialmente de su condición de performers experimentados, y alcanzaba su punto máximo si
ellos eran, además, profesores de tango o bailarines reconocidos en aquellos
ámbitos. De este modo, el capital erótico de estos varones aparecía
directamente proporcional a su capital social. Las mujeres, por su parte,
debían aglutinar sobre la superficie de sus cuerpos una serie de condiciones
que, combinadas, sin duda tenían exitosos efectos perlocucionarios:
muchos partenaires y, si ellas lo deseaban, muchos compañeros eróticos. Su
capital social y erótico aumentaba cuando ellas sabían “dejarse llevar”: siendo
“livianas” (Carozzi 2011) y respondiendo rápida y
certeramente a las “marcas” que sus compañeros hacían.<a style='mso-footnote-id:
ftn14' href="#_ftn14" name="_ftnref14" title=""><sup>[14]</sup></a>
Si esto sucedía sus compañeros también experimentaban el “fluir” (Turner 1974)
y ambos cuerpos se hacían uno fundiéndose en una misma acción y
“confundiéndose” el placer de la danza con la atracción erótica. Ahora bien,
para las bailarinas era preciso responder a ciertos cánones de belleza y
presentar cierta estética corporal: delgadez, largo de piernas y elegante
estilización personal.<a style='mso-footnote-id:ftn15' href="#_ftn15"
name="_ftnref15" title=""><sup>[15]</sup></a> Si ellas eran conocidas en
las milongas y, por tanto, se sabía cómo bailaban, eran invitadas sucesivamente
para salir a la pista. Pero si además de ello combinaban elegancia y un cuerpo
delgado &#8211; con más o menos curvas &#8211; su capital erótico, sin duda, se
acrecentaba. Las performances de las mujeres en las pistas eran &#8211; para
muchas de las personas con las que conversaba en las milongas, y según lo que
yo misma experimenté &#8211; más visibles que las de los varones y esa
visibilidad se ganaba combinando calidad de la performance con apariencia
estética. Así, la proporcionalidad del capital erótico en función del social no
aparecía de modo lineal como en el caso de los varones. Una mujer con capital
social sería sucesivamente invitada a bailar y podría ser parte de los grupos
“establecidos” (Elias 1998 [1976]) de &shy;aquellos
círculos de sociabilidad. Sin embargo, el capital erótico parecía correr por
carriles alternativos haciendo que milongueras nuevas pero de cuerpos que se
ajustan a los cánones de belleza de su época sean sucesivamente invitadas a
compartir “tandas” y sistemáticamente cortejadas, como el caso de dos entrevistadas
&#8211; Juana y Milagros &#8211; a las que, en una oportunidad, se les comentó
que ellas no abandonaban la pista de baile porque eran “lindas” y “rubias”.</p>

    <p>Philippe Perrot argumenta que “porque es a través del
vestido como […] los individuos se producen como sentido [puede pensarse que]
la preocupación por investirse de todo aquello que le ayudará a afirmarse […]”
ha conducido a los sujetos a vestirse (Leenhardt,
citado en Perrot 1981: 162). Vestirse constituye un
acto de significación: manifiesta una antigüedad, una tradición, una
generación, una posición social. Porque el vestido “[…] consagra y hace
visibles […] las jerarquías y las solidaridades de acuerdo con un código
garantizado y eternizado por la sociedad […]” (Perrot
1981: 163) era que en las milongas cordobesas éste ubicaba a mujeres y varones
en posiciones de mayor o menor jerarquía tanto social como erótica y se
constituía como “ícono indicial” (Tambiah
1985) de antigüedad o reciente iniciación en el ambiente. Así, a la destreza
técnica y belleza física esperada de y en las mujeres se sumaba la presentación
personal que tenía como elemento fundamental el calzado. Para las bailarinas
los zapatos de tacos eran centrales, tanto que muchas veces se hacía mención de
alguien de quien se desconocía el nombre por medio de sus sandalias. “La chica
de los tacos verdes”, por ejemplo, era una joven a la que hacían referencia
algunas colaboradoras de mi investigación para expresar que alguna noche se
había vestido especialmente elegante o estaba destacándose en la pista de
baile.</p>

    <p>Los varones no reparaban, tan rápidamente como
las mujeres, en la importancia de llevar a la milonga el calzado apropiado.
Quienes cada noche utilizaban sus zapatos de tango, en general, eran
milongueros adultos y profesores. Muchos varones habitués de Tsunami
permanecían de alpargatas o con zapatos “de oficina”, y muchos de ellos iban de
zapatillas &#8211; aun siendo asiduos bailarines. Aunque costoso, las
bailarinas priorizaban el calzado, intentando acceder &#8211; por lo menos
&#8211; a dos pares que pudieran combinar con diferentes atuendos. El calzado
nuevo se mostraba con alegría y alrededor de él se generaban conversaciones
respecto del precio, los modelos y la fábrica o el zapatero especializado que
los había confeccionado.</p>

    <p>Si bien al taco se lo consideraba un elemento
funcional porque facilitaría la performance de la bailarina evitando que ella
permanezca en puntas de pie, éste tenía &#8211; sin dudas &#8211; una función
social y erótica crucial. Por un lado, un cierto tipo de zapato de taco o la
ausencia del mismo se convertía en un ícono indicial
de la antigüedad de la bailarina en aquellos círculos o, por el contrario, de
su reciente iniciación. Por otra parte, el zapato de taco modelaba los cuerpos
de las mujeres, adiestrándolas en el baile del tango y funcionando como
“prótesis de regulación” de sus cuerpos (Preciado 2004). Porque “[…] la ropa
actúa sobre el cuerpo [condicionando] […] una postura, un andar, algunos gestos
[…]” (Perrot 1981: 169) es que los zapatos de tango
femeninos y masculinos se constituían como “tecnologías de género” (De Lauretis 1996 [1989]) que producían ciertos efectos sobre
los cuerpos. Los zapatos de tango les daban a los varones “un aire” de
elegancia que los ubicaba social y eróticamente en posiciones de jerarquía. Las
sandalias de taco estilizaban las figuras de las mujeres y daban a sus
performances mayor “gracia” (Schechner 2000) y
sensualidad. Este calzado hacía más femeninas sus performances,
(re)convirtiendo a las jóvenes en milongueras elegantes, atractivas, sensuales
y potenciando su éxito como bailarinas tanto como compañeras eróticas.</p>
    ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&nbsp;</p>
</font>

    <p><b><font size="3" face="Verdana">Eroticidades veladas</font></b></p>
<font size="2" face="Verdana">
    <p>En una de las
primeras entrevistas que realicé para mi investigación doctoral, Valeria y su
pareja de baile y amigo, Baltazar, me aseguraron que a las milongas cordobesas
“no se va de levante” y que en ellas “no se arman parejas”<i>. </i>Este tipo de posiciones respecto al
ambiente de las milongas tenía a mal traer mi etnografía en Tsunami Tango y
Bordes hasta que reparé en que la economía del erotismo en estos círculos
proponía intercambios afectivo-sexuales velados, sólo plausibles de ser
expresados abiertamente en el marco de las performances de tango desarrolladas
en las pistas de baile. Aunque relacionamientos eróticos explícitos &#8211;
besos, caricias y abrazos &#8211; no eran visibles en las milongas, vínculos
erótico-afectivos &#8211; más o menos formales &#8211; ocurrían en sus
entretelones: en juntadas posmilonga y fiestas de
cumpleaños de algún/a milonguero/a.</p>

    <p>Que “no se armaban parejas” sin duda no era lo que sucedía en
aquellos locales; lo que ocurría, más bien, era que éstas eran ocultadas a
aquellos/as jóvenes que no integraran los pequeños círculos de
amistades íntimas de cada una de las partes de la relación. Este fue el caso de
una de mis entrevistadas quien había mantenido un noviazgo &#8211; oculto
&#8211; con un milonguero durante seis meses. Durante una conversación, la
joven me contó que salían “a escondidas” y que ella no lo “quería hacer público
porque no estaba segura de la relación”. Cuando
iban a Tsunami se sentaban juntos pero “no había besos, ni manos, ni sentada
arriba: eso lo hacíamos cuando estábamos solos”.</p>

    <p>Para la antropóloga María Julia Carozzi, en las milongas céntricas porteñas “las
‘historias’ que se originan […] permanecen ocultas; excepto […] para los amigos
más íntimos de los involucrados […]” (Carozzi 2011:
252). El caso de mi entrevistada muestra que, en Córdoba, ocurriría algo
parecido. El hecho de que en estos espacios se celebre “lo invisible y lo
sutil, […] lo táctil y […] lo sólo perceptible para el compañero o compañera
ocasional en el baile del tango […]” (Carozzi 2011:
243), hizo tambalear mi etnografía hasta que reparé en que el deseo mutuo entre
un varón y una mujer se experimentaba en el íntimo abrazo de la performance del
tango, se confirmaba en el cigarrillo fumado en la entrada o la esquina de la
milonga y se consumaba por fuera de sus límites
espacio/temporales. Cuando el ojo etnográfico se entrena y las
relaciones con habitués se hacen estrechas, comienzan a conocerse
y/o notarse algunos relacionamientos eróticos, ocasionales o no.
Así, por ejemplo, en medio de las parejas girando en sentido anti-horario
observaba alguna que al término de una “tanda” esperaba en la pista para
compartir la siguiente, intercambiando sonrisas y miradas sostenidas. Otras
veces, observaba cómo una misma pareja excedía el número de “tandas legítimas”
compartidas durante una sola noche, llegando por separado y más tarde
marchándose juntos &#8211; aunque con disimulo. En otras oportunidades, algunas
entrevistadas me comentaban sobre algún bailarín que “les tiraba onda” &#8211;
las cortejaba &#8211; o compartían conmigo su atracción por algún joven
milonguero.</p>

    <p>Una noche en Tsunami junto a Flavia, divisamos
a Esteban &#8211; un amigo de ambas &#8211; particularmente interesado en una
joven que no conocíamos. Esteban bailó esa noche casi todas las “tandas” con
aquella mujer, sentándose en su mesa e invitándola con una bebida alcohólica.
Cuando otro varón sacó a bailar a la joven, Esteban se acercó hasta nosotras e
invitó a Flavia a la pista. Al regresar, y divisando ambas cómo la pareja se
marchaba, Flavia expresó: “¡Mirá,
se van juntos!”, le pregunté qué onda entre él y esa chica. “No” &#8211; me
dijo&nbsp;&#8211;, “es jovencita, la conozco de hace un montón”. Se hizo el
boludo<a style='mso-footnote-id:ftn16' href="#_ftn16" name="_ftnref16" title=""><sup>[16]</sup></a> pero es obvio que le gusta,
“es que acá se conocen todos…”</p>

    <p>Como “se conocen todos”, siendo círculos
relativamente pequeños en los que no existe &#8211; prácticamente &#8211; el
anonimato, preservar la cara se tornaba fundamental tanto para varones como
para mujeres. No sólo Esteban “se hacía el boludo” ocultando su relación con
aquella joven, sino que también lo había hecho una de mis entrevistadas durante
seis meses. Por su parte, Flavia no compartía con sus amigas milongueras su
atracción por algún joven de las milongas. Una vez, estando en la puerta de
Bordes, me indicó un varón del que se sentía atraída pero al acercarse a
nosotras una compañera de tango cambió rotundamente de tema. Días después se
refirió al joven que habíamos visto en la milonga noches atrás y afirmó que
“prefería no decir mucho” porque
aquella joven amiga le parecía “medio chusma”.<a style='mso-footnote-id:ftn17'
href="#_ftn17" name="_ftnref17" title=""><sup>[17]</sup></a><sup></sup></p>

    <p>Bajo una lógica de rotación constante de las
parejas en la pista de baile y un ambiente que ensalzaba lo amistoso y
disimulaba los deseos y experiencias eróticas, las relaciones más o menos
sistemáticas tanto como las situaciones de experiencias de deseo erótico
durante la performance del tango quedaban, en las milongas cordobesas,
preservadas entre las partes. Como demostró Carozzi,
las experiencias de “‘conexiones’ que dieron lugar a vínculos eróticos más allá
del ámbito de la milonga” (2011: 252) permanecían ocultas bajo la rúbrica de
amigos, compañeros de clase o pareja de baile. Sin embargo, si bien muchos de
estos vínculos lograban permanecer en secreto, otros se tornaban evidentes
&#8211; como vimos en el caso de Esteban &#8211; y unos últimos eran
“confesados” en el marco de conversaciones privadas con algunas entrevistadas.</p>

    <p>Aunque en el marco de un clima marcadamente
amistoso existían efectivamente juegos de seducción en las milongas donde
asistí, éstos eran más sutiles de los que las entrevistadas expresaban performar comúnmente y de los que observé en otros locales
de divertimento nocturno. Cuando había interés erótico en la compañera de
baile, los varones proponían un abrazo cerrado y generaban pasos que implicaban
mayor contacto físico, especialmente entre las piernas de ambos. Ellas se
mostraban dispuestas para una sincronía erótica haciendo pequeños ajustes en su
performance: miraban el rostro y/o los ojos del compañero en vez
de mirar por encima de su hombro o lo tomaban suavemente por el cuello en vez
de tomarlo por la zona de los omóplatos. Cuando ellos proponían secuencias que
implicaban que ella roce con su pie la pierna de él, las bailarinas &#8211; que
podían pasar rápidamente por sobre el pie del compañero y seguir &#8211; se
detenían en ese contacto acariciando suavemente con su empeine la pantorrilla
del bailarín.</p>

    <p>Si la performance se experimentaba
intensamente, si se vivenciaba el “éxtasis sincrónico” (Turner 1974), la pareja
marchaba hacia la esquina o aún más lejos a conversar. El distanciamiento que
juntos hacían del espacio edilicio de la milonga era significado como ícono indicial de mutua atracción. Huir del campo visual del
resto de milongueros y milongueras, marchando hacia la esquina o dando vuelta
la cuadra, era claro indicador de que “una historia” &#8211; para decirlo en
los términos de Carozzi &#8211; era posible de
establecerse o repetirse. El típico clima amistoso de las milongas, la lógica
de rotación sistemática de las parejas en la pista de baile y el ocultamiento
de las relaciones eróticas ocasionales &#8211; o no &#8211; producía, por un
lado, la preservación de una cara de verdaderos/as
milongueros/as que llegaban a las milongas persiguiendo &#8211;
exclusivamente &#8211; bailar “la danza que se ama”, a la par que beneficiaba
la circulación constante de compañeros/as
eróticos/as en aquellos círculos de sociabilidad nocturna.</p>
    ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&nbsp;</p>
</font>

    <p><b><font size="3" face="Verdana">Cuerpos, géneros y eroticidades descaradas
en Santana Rock y Loca Ella</font></b></p>
<font size="2" face="Verdana">
    <p>Aquellos juegos de seducción
e intercambios eróticos que, más allá de la performance del tango, se
disimulaban en las milongas, eran explícitos en los boliches. Mientras que las
performances de seducción en las milongas quedaban &#8211; casi exclusivamente
&#8211; confinadas a las piezas de baile compartidas durante una “tanda”; en
los boliches éstas abundaban y traspasaban las pistas para desarrollarse en
pasillos, barras de bebidas y VIP. En las milongas un gesto erótico como
acomodar el cuello de la camisa del compañero podía hacerse sólo fuera del
salón, en la esquina o a la vuelta del local; mientras que en los boliches
cualquier momento y lugar era propicio para este tipo de gestos sutiles y para
otros más explícitos.</p>

    <p>En los boliches las performances de seducción
y los intercambios eróticos eran públicos, visibles y perceptibles para
cualquier sujeto externo a la pareja que se encontrara flirteando. Si en las
milongas se me presentó la dificultad de localizar juegos de seducción, por ser
éstos disimulados y ocultados por sus participantes; en los boliches, este tipo
de intercambios pasaban repetidamente frente a mis ojos pero &#8211; por el
constante movimiento de los sujetos por el espacio &#8211; rápidamente se me
escapaban de la vista perdiéndose entre la gente. Esto me sucedía por la forma
de organización del estar que había en los boliches. El movimiento de gente en
ellos era constante: grupos que habían llegado a la medianoche podían marcharse
a las tres de la madrugada, momento en que otros grupos de amigos y amigas
arribaban al local. Por su parte, la pista no constituía un lugar estable como
sucedía en las milongas; mientras algunos grupos entraban entusiasmados a
bailar algún tema que comenzaba a sonar, otros intentaban salir &#8211; a veces
desesperadamente &#8211; hacia lugares más tranquilos. Mientras que en las
milongas se respetaba &#8211; tal como lo imponían “los códigos” &#8211; el
espacio físico posible de ser ocupado, en los boliches éste era disputado
constantemente. De esta forma, si se había logrado un acercamiento con alguien
se lo cuidaba con empeño ya que en medio de una masa de gente en movimiento se
corría el riesgo de perder al varón o a la mujer con quien se había generado un
juego de seducción. En estos espacios de sociabilidad el deseo no era
disimulado y mucho menos ocultado sino expresado abiertamente y, a veces, hasta
con recelo. En una oportunidad pude observar cómo un joven que se encontraba
cortejando a una de las mujeres con las que yo solía asistir a Santana Rock la
tomó de la cintura &#8211; en clara indicación de propiedad &#8211; cuando otro
los interrumpió hablándole a ella al oído.</p>

    <p>Entre grupos de amigos y amigas que bailaban,
conversaban y reían en clima de amistad convivían intercambios eróticos
explícitos. En general, éstos se daban entre un varón y una mujer, mientras que
algunos se producían entre amigas con la intención de erotizar a varones con
los que se había establecido contacto en el local. Recuerdo una noche en Loca
Ella a una mujer que tenía un hielo apretado entre sus labios. Cuando detuve mi
mirada en ella noté que un varón le recibía el hielo tomándolo entre sus
dientes y rozando sus labios con los de ella; posteriormente él pasó ese mismo
hielo a otra mujer que tenía a su derecha y ésta última a otro varón. Más
tarde, el mismo grupo de mujeres comenzó a pasarse un hielo de boca en boca
frente a la expectación de los varones que las acompañaban, mientras que mis
entrevistadas observaban con desaprobación. Juegos de seducción como éste eran
frecuentes en aquellos boliches, mientras que en las milongas cordobesas que yo
frecuentaba resultaban impensados.</p>

    <p>En estos locales los modos en que hacían
diversión mujeres y varones parecían similares: ambos llegaban en grupos,
danzaban en las pistas de baile y consumían bebidas alcohólicas en cantidades
considerables. Lo que “hacía” diferencias, en términos performáticos
tanto como performativos, era la organización del
erotismo según sexo/género, lo que implicaba un conjunto de
guiones sexuales “diferenciales y complementarios” (Schuch
2002) para mujeres y varones. Ellas se encomendaban a la tarea de “llamar la
atención” de los varones por medio de miradas sostenidas, sonrisas y danzas sensuales.
Esos actos performáticos se realizaban con el
objetivo de habilitar &shy;interacciones habladas que, en general, emprendían
los varones. Ellos se concentraban en manejar y desplegar el arte del “chamuyo”
acercándose a grupos de amigas a conversar utilizando palabras alabatorias y relatos humorísticos con el fin de
conquistarlas.<a style='mso-footnote-id:ftn18' href="#_ftn18" name="_ftnref18"
title=""><sup>[18]</sup></a> </p>

    <p>Como afirmó Schuch
en su estudio sobre el “<i>ficar</i>” entre jóvenes universitarios/as
de Porto Alegre, Brasil, le cabe a las mujeres “ficar
envolvendo o parceiro através de seus gestos, sua dança, seus
olhares e sorrisos […]. Por
sua vez, cabe ao jovem o ato de chegar até a parceira, de mostrar o seu interesse através de palavras” (Schuch 2002: 291-292).
Esta diferenciación de los actos performáticos de la
seducción según sexo/género aparecía, también, en relación a las
corporalidades femeninas y masculinas, y la centralidad de las primeras por
sobre las últimas. ¿Qué “ideales regulatorios” de la feminidad y la
masculinidad (Butler 2007 [1990]) circulaban en estos locales?; ¿qué tipo de
cuerpos femeninos eran valorados?; ¿qué materializaciones corporales perseguían
las jóvenes que asistían a estos locales?; ¿qué tipo de relación se establecía
entre las corporalidades femeninas y masculinas y la (re)apropiación de capital
erótico y social por parte de mujeres y varones?</p>

    <p>Como existe una temporalidad en “[…] la
ubicación y la apariencia de las zonas erógenas sexualmente deseables […]” (Perrot 1981: 166), noté &#8211; ya en las primeras salidas
con las habitués de Santana Rock y Loca Ella &#8211; que aquello que se
mostraba durante mi adolescencia en los años 90 se había modificado. En
Occidente, la mutabilidad de las “regiones corporales del deseo” parecería
depender de la valorización alternativa y contingente de diferentes partes del
cuerpo (femenino): pecho, cintura, caderas, piernas “[…] en un proceso más
lento pero análogo a la moda, tendiente como ella a renovar […] la identidad de
la persona” (Perrot 1981:&nbsp;167).</p>

    <p>A mediados de los 90, cuando yo comencé a
salir de noche, aparecieron los jeans tiro bajo que dejaban al descubierto el
abdomen y culminaban apenas a la altura del coxis y por debajo del ombligo. El
abdomen se hizo visible y, con esa nueva moda, se revitalizó la importancia de
lucir un vientre plano y una pequeña cintura. Esta moda dio lugar, pasada la
primera década de los 2000, a blusones amplios que culminan apenas terminados
los glúteos y privilegian las piernas como una parte del cuerpo valorada con
prioridad. Las piernas: delgadas y largas, firmes y esculpidas eran, durante la
época de mi trabajo de campo, mostradas y valoradas como una parte del cuerpo
que había que cuidar incansablemente por medio del ejercicio físico y otras
tecnologías corporales &#8211;&nbsp;“tecnologías de género” (De Lauretis 1996 [1989]) &#8211; como electrodos y cremas. Por
supuesto que la perfección del cuerpo femenino en toda su extensión era
perseguida por las jóvenes tanto como promovida socialmente, pero aquello que
un jean disimulaba &#8211; glúteos o isquiotibiales
flácidos &#8211; no podía hacerlo una calza o un pequeño short. Mientras que
una cintura no tan estrecha podía disimularse debajo de una blusa más o menos
amplia, las piernas debían trabajarse sistemáticamente si se pretendía estar a
la moda: vistiendo pequeñas minis o cortos shortcitos
que apenas tapaban los muslos.</p>

    <p>Estrechas caderas y largas y torneadas piernas
daban a las jóvenes habitués de estos locales bailables un cierto capital
erótico y social ya que el vestuario de moda era utilizado sin complicaciones,
generando belleza y “distinción” (&shy;Bourdieu 1998 [1979]). Aquellas mujeres
que no poseían este tipo de morfología corporal, que &#8211; por supuesto
&#8211; conformaban un conjunto considerablemente amplio de jóvenes, debían reparar
con suma atención en la imagen que generaban sus cuerpos dentro de un pequeño
short o una ceñida calza ya que no respetar las reglas que impone el talle las
ubicaba en posiciones de desigualdad estético-erótico-moral.</p>

    ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Sin embargo, un determinado tipo de cuerpo
femenino curvilíneo, exaltado por el cine de posguerra a través de actrices
como Sophia Loren y representado actualmente por
mujeres como Jennifer López, constituía un ideal corporal perseguido y
altamente valorado por las mujeres y deseado por los varones. En los boliches
que frecuenté, las curvas del cuerpo femenino &#8211; muslos y senos
prominentes y cintura estrecha &#8211; y su exhibición constituían un capital
erótico de mayor importancia que en las milongas o, por lo menos, este tipo de
morfología corporal estaba más expuesta que en las últimas. Mientras que en las
milongas la belleza corporal valorada estaba ligada a un cuerpo delgado de
piernas finas y firmes que se mostraban, en general, hasta la rodilla con la
función de darle a la bailarina cierta comodidad para desplazarse en la pista;
en los boliches se valoraba la exhibición de las piernas en su totalidad por
medio del uso de minifaldas diminutas que terminaban a la altura de las ingles.
Las mujeres que no presentaban cuerpos acordes a estos ideales corporales
desarrollaban pequeños “trucos” como el uso de cancanes &shy;reductores con el
objetivo de afinar sus siluetas expuestas por pequeñas prendas de vestir.</p>

    <p>Curvas corporales prominentes eran motivo de
admiración, especialmente por parte de los varones, pero existían “reglas
regulativas” (Tambiah 1985) compartidas por los
sectores jóvenes de clase media respecto del volumen apropiado de senos y
glúteos y el grado conveniente de exhibición de los mismos. Las jóvenes que
excedían esas convenciones pasaban de ser unas “diosas que tenían un lomazo”<i> &#8211; </i>bellas
mujeres de cuerpos envidiables &#8211; a “gatos con mal gusto”.<a
style='mso-footnote-id:ftn19' href="#_ftn19" name="_ftnref19" title=""><sup>[19]</sup></a> Así, si una mujer de curvas
voluptuosas excedía la exhibición de las mismas se convertía en foco de
críticas y ridiculizaciones. En una oportunidad, estando en Santana Rock con
dos entrevistadas observé cómo una de ellas junto a un amigo se reía de una
mujer debido a sus enormes senos y glúteos y la exhibición que hacía de los
mismos. Cuando la joven pasó caminando frente a nosotros, el joven expresó
“esta mina me chocó con su paragolpe” y todos comenzaron a reír y dispensar
bulliciosas opiniones con el objetivo de que ella escuchase.</p>

    <p>La materialización de la belleza de las
mujeres en el propio cuerpo debía perseguir, según he observado, un aire de
naturalidad, evitando reflejar una imagen de excesiva artificialidad. Estas
jóvenes “[…] a riesgo de perder su normalidad, buscaban ansiosamente adecuar
sus formas corporales a los ideales dominantes” (Blázquez 2011: 131) y esto
exigía no escatimar pero tampoco excederse en la materialización de la belleza
sobre el propio cuerpo. Así, las jóvenes intentaban buscar el “punto justo” de
exhibición y voluptuosidad del cuerpo de modo de lograr una belleza de “top model” que muestra un cuerpo altamente intervenido por
diversas tecnologías pero que deviene distinguido porque presenta una belleza
que aparenta natural.</p>

    <p>A los varones, ser “facheros”
&#8211; bellos &#8211; y portar un cuerpo delgado de pectorales y abdominales
marcados les daba un capital erótico indudable. Sin embargo, la
interdependencia entre apariencia física y capital erótico no se daba de manera
directamente proporcional como en el caso de las jóvenes. Además de la “facha” era la capacidad para el “chamuyo” y,
especialmente, un cierto estatus socio-económico lo que posicionaba a los
varones como los candidatos preferidos para devenir amantes y/o
novios. Natalia me contaba que muchas mujeres prestan suma atención a la
posición socio-económica de los varones que conocen en los boliches, observando
“cómo están vestidos: los zapatos y la marca de la ropa”. También afirmaba que
hay jóvenes que observan las llaves de los autos de sus cortejantes
pretendiendo que sean de coches de alta gama, y que cuando los varones pagan
&#8211; en cada compra &#8211; en las barras de bebidas con 100 pesos, ellas
infieren posiciones económicas acomodadas, mientras que un amigo suyo &#8211;
que se encontraba con nosotras &#8211; agregó que “ellos pagan siempre con 100
pesos porque saben que los están mirando”. Otra entrevistada me decía que tener
un “lindo auto” y un “buen pasar
económico” &#8211; aparente o real &#8211; contribuía positivamente en las posibilidades
de “levante” de los varones y que a
las mujeres les gusta irse del boliche en bellos autos. Ella solía referirse a
los “viejos” que están con lindas jóvenes “gracias” a que “tienen plata”; y cuando oficiaba de celestina entre
sus amigos y alguna mujer, los presentaba como chicos que “laburan bien”, es decir que tenían empleos que les permitían
un buen pasar económico.</p>

    <p>En términos generales, mientras ellos debían
poseer o aparentar riqueza &#8211; capital socio-económico &#8211; para
reforzar su capital erótico, ellas debían realizar una sistemática estilización
de sus cuerpos debido a que su principal capital erótico se sostenía en su
apariencia física. Ellas, haciendo belleza sobre sus propios cuerpos,
realizaban performativamente
sexo/género/deseo y clase: se (re)hacían mujeres
heterosexuales distinguidas, pudiendo ascender socialmente gracias a la
posesión de un capital erótico que les permitía el establecimiento de parejas
con varones adinerados. Ellos, demostrando/aparentando riqueza
por medio de su estilización personal &#8211; ligada a ciertas prendas de
vestir como zapatos y camisas “de marca” &#8211;, sus autos y sus consumos
nocturnos, realizaban performativamente
sexo/género/deseo y clase: se (re)hacían varones
heterosexuales distinguidos. Ambos, en el marco de esta operación, se aseguraban capital (hetero)erótico.</p>
    <p>&nbsp;</p>
</font>

    <p><b><font size="3" face="Verdana">(Hetero)erotismos
bajo luces intermitentes</font></b></p>
<font size="2" face="Verdana">
    <p>Sostenida en el supuesto de que las iteraciones
significantes estilizadas del cuerpo que configuran performances como las de
ocio, danza y seducción tienen potencialidad performativa
en quienes las realizan y más allá de los sujetos, intenté (de)mostrar, aquí,
cómo esto era realizado por un conjunto de mujeres y varones que participaban
en determinados circuitos de sociabilidad de la(s) noche(s) cordobesa(s).</p>

    <p>Como hemos visto, milongas y boliches
presentaban economías eróticas diferenciadas y diferenciantes que se
configuraban como una ética que disimulaba todo gesto erótico-afectivo por
fuera de la performance del tango, o que impulsaba que éstos fueran expresados
abierta y explícitamente. En las milongas, la seducción se confinaba a los tres
tangos, valses o milongas que se bailaban en la pista, continuando por fuera de
los límites espaciales de ella y lejos de la mirada moralizante del resto de milongueros
y milongueras. Los boliches, por su parte, presentaban una economía de lo
erótico más descarada: en ellos, mujeres y varones intercambiaban abiertamente
miradas sostenidas y piropos, y danzaban imitando coitos heterosexuales. En las
milongas, el recato público y el ocultamiento de las relaciones
erótico-afectivas &#8211; más o menos formales &#8211; beneficiaba la
circulación constante de compañeras/os eróticos; en los boliches,
la ética más descarada &#8211; que configuraba performances bailables de alto
voltaje sexual &#8211; no siempre implicaba el establecimiento de sincronías
físico-eróticas hacia el final de la noche.</p>

    <p>Tanto en uno como en otro espacio de
sociabilidad nocturna la danza tenía un papel central en la realización del
erotismo. Si bien las milongas eran significadas por sus habitués como espacios
donde bailar “la danza que se ama” &#8211; y donde quienes “iban de levante” no eran considerados/as
“verdaderos/as” milongueros/as &#8211;, y a los
boliches se salía &#8211; en términos de mis entrevistadas &#8211; para
“divertirse y bailar con las amigas”; en ambos casos la danza constituía una
“actividad transitoria” utilizada &#8211; más o menos instrumentalmente &#8211;
como un modo de generar sincronías físico-eróticas (Blázquez 2004). En Tsunami
Tango y Bordes la seducción se colaba en las performances del tango: las
bailarinas sabían cómo tomar a su partenaire &#8211; suavemente por el cuello
en vez de por la zona de los omóplatos&nbsp;&#8211;, mientras que los
bailarines conocían el tipo de abrazo a proponer &#8211; un abrazo cerrado, de
torsos pegados &#8211; para comunicar deseo. En los boliches, la pista y la
danza eran más bien “una excusa” para conocer sujetos que puedan devenir amantes.
La danza se constituía como una de las últimas “secuencias de conductas”
organizadas y delimitadas temporalmente (Gagnon
2006), destinadas a la consecución de intercambios físico-eróticos.</p>

    ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Con mayor claridad en las milongas pero
también en el marco de cumbias, cuartetos y reggaetones comúnmente bailados en
los boliches, la danza estaba basada en la “figura de la pareja” configurando
un “lazo jerárquico entre hombre y mujer” (Moraes
Alves 2004: 144). Las danzas se establecían como un juego de seducción y
conquista, juego que &#8211; especialmente en el tango y el reggaetón &#8211;
el varón comandaba e incentivaba acercamientos físicos cuya intensidad la mujer
regulaba.</p>

    <p>Mientras las parejas hacían diversión y
erotismo, (re)hacían para sí mismas
sexo/género/deseo por intermedio de guiones
sexuales diferenciados y diferenciantes “[…] inscriptos en una estructura de
significados en que lo masculino y lo femenino actuaban complementaria y
relacionalmente” (Schuch 2002: 292), configurando
efectos perlocucionarios, permitiendo relacionamientos
eróticos, e ilocucionarios, produciendo mujeres y
varones heterosexuales. Aunque la estilización de los cuerpos y los modos del
erotismo presentaban marcadas diferencias en unos y otros locales, ambas
economías funcionaban como marcos que posibilitaban y propiciaban la
conformación de subjetividades sexo/genéricas heterosexuales. El
costo o no del acceso a estos locales organizado según
sexo/género; la configuración de las danzas en función de la
pareja heterosexual; la ausencia &#8211; u ocultamiento &#8211; de sexualidades
no heterosexuales, y por tanto la configuración de un campo no heterosexual
abyecto (Butler 2002 [1993]) en ambos tipos de locales; el hecho de que sean
los milongueros quienes debían invitar a bailar a las mujeres &#8211; guiando
la danza del tango&nbsp;&#8211;, mientras que ellas se “dejaban llevar” &#8211; o por lo menos debían
aparentarlo&nbsp;&#8211;, y de que en los boliches las jóvenes debieran
concentrarse en mirar y sonreír a los varones que les resultaban atractivos
para que ellos se acercasen a generar el primer “estado de conversación” (Goffman 1970 [1967]) por medio del “chamuyo”, constituyen
claros ejemplos de ello. En el mismo sentido, las relaciones sociales que se
daban en estos establecimientos entre las mujeres, por un lado, y entre los
varones, por otro, se configuraban bajo las formas de la amistad y/o
la competencia en el marco de las arenas del erotismo; mientras que las
relaciones entre mujeres y varones se establecían, fundamentalmente, bajo las
lógicas del sexo y el amor.</p>

    <p>Debido a que se es mujer o se es varón en la
medida en que se funciona como tal en la estructura heterosexual dominante,
estas y estos sujetos (re)hacían, sobre la superficie de sus cuerpos,
sexo/género/deseo &#8211; además de otros
diacríticos de clase y edad que no han sido abordados aquí &#8211;,
conformándose procesos de constitución del sí mismo/a en
relación/tensión con aquellos “ideales regulatorios” de la
feminidad y la masculinidad (Butler 2007 [1990]) que unos y otros espacios
proponían. La elegancia y la sensualidad perseguida y esperada en las milongueras,
la erotización de los cuerpos de las mujeres en los boliches, la necesidad de
demostración de capacidades físico-artísticas por parte de los bailarines de
tango y la necesaria materialización de la riqueza en los cuerpos de los
jóvenes habitués de las discotecas constituían los principales modos performáticos de producción de subjetividades
heterosexuales.</p>

    <p>Considerando al género como un efecto de la
repetición constante de una serie de gestos promovidos/impuestos
por la matriz de inteligibilidad heteronormativa
(Butler 2002 [1993], 2007 [1990]), intenté mostrar, en definitiva, cómo esos
gestos &#8211; de y con género &#8211; (re)hacían performativamente
mujeres y varones. En la medida en que se performaban
los ideales regulatorios de la feminidad y la masculinidad circulantes en
aquellos espacios, milongueros y milongueras y mujeres y varones habitués de
aquellas discotecas devenían sujetos portadores de capital erótico y, en ese
mismo proceso, (re)hacían sexo/género/deseo.</p></font>
    <p>&nbsp;</p>
    <p><b><font size="3" face="Verdana">Bibliografia</font></b></p>
<font size="2" face="Verdana">
    <!-- ref --><p>AUSTIN, John, s.f.
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(consultado en 27/02/2015, última consulta en
septiembre de 2015).    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=188754&pid=S0873-6561201500030000500001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>

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(consultado en 27/02/2015, última consulta en
septiembre de 2015).    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=188758&pid=S0873-6561201500030000500003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>

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    <!-- ref --><p>BUTLER, Judith, 2002 [1993], <i>Cuerpos que Importan: Sobre los Límites
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(consultado en 27/02/2015, última consulta en
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(consultado en 02/03/2014, última consulta en
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(consultado en 27/02/2015, última consulta en
septiembre de 2015).    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=188792&pid=S0873-6561201500030000500020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>

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<body><![CDATA[<!-- ref --><p>TURNER, Victor,
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    <!-- ref --><p>TURNER, Victor,
1982, <i>From</i><i> Ritual to Theatre: The Human
Seriousness of Play</i>. Nueva York, PAJ.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=188800&pid=S0873-6561201500030000500024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p></font>



    <p>&nbsp;</p>
    <p><b><font size="3" face="Verdana">NOTAS</font></b></p>

<font size="2" face="Verdana">

    <p><a style='mso-footnote-id:ftn1' href="#_ftnref1"
name="_ftn1" title=""><sup>[1]</sup></a>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Haré
referencia, aquí, a
performances de seducción, entendiendo
por la noción de
performance un conjunto de “actividades
humanas &#8211; sucesos, conductas &#8211; que tienen la cualidad de [ser] ‘conducta restaurada’, o ‘conducta practicada dos veces’; actividades que no se realizan por primera vez sino [siempre] por segunda vez
y <i>ad infinitum</i>”
(Schechner 2000: 13). Aquello que constituye una
performance es un proceso de repetición/reiteración y por ende,
de ausencia de “originalidad” o “espontaneidad” (Schechner
2000). La marca distintiva de la performance en la vida cotidiana, los
rituales, las ceremonias, hace referencia a la acción de reiterar un conjunto
de “cintas de conducta” aprehendidas. Así, la performance es reiteración de
guiones socio-culturales y citación de ciertas “normas”, por ejemplo las de
sexo/género/deseo, que la hacen no original y no
espontánea. Sin embargo, al reiterarse a sí misma la performance se restaura.
En este sentido, una performance nunca se lleva a cabo de igual manera dos
veces, por lo cual pertenece al orden de lo no predecible porque “[…] ninguna
repetición es exactamente lo que copia” (Schechner
2000: 13). En estrecha relación con su característica iterativa, las
performances provocan transformaciones en quienes las realizan,
crean/refuerzan alianzas y consiguen resultados: “marcan
identidades, tuercen y rehacen el tiempo, adornan y modelan el cuerpo, cuentan
historias […]” (Schechner 2000: 13). Las performances
son realizativas: hacen cosas, tanto en términos ilocucionarios como perlocucionarios
(Austin s.f. [1962]).</p>





    <p><a style='mso-footnote-id:ftn2' href="#_ftnref2"
name="_ftn2" title=""><sup>[2]</sup></a>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Este artículo se sostiene, especialmente, en una de las dimensiones de la noción de “performatividad de género” de
Judith Butler que refiere al proceso
mediante el cual una/un sujeto se constituye a través de un conjunto de actos que se llevan a cabo por
medio de una estilización “iterativa”, “ritualizada” y “sistemática” del cuerpo (Butler 2007 [1990]). Este proceso se produce por
medio de una relación &#8211; forzada &#8211; de la/del sujeto
con lo que la autora llama “matriz de inteligibilidad heteronormativa” que
reglamenta “[…] al género como una relación binaria en la que el término
masculino se distingue del femenino […]” (Butler 2007 [1990]: 81), y cuya
diferenciación se consigue mediante las prácticas del deseo heterosexual.
Siguiendo a Butler, sostengo que el género puede pensarse como “[…] un acto que
sólo existe como performance o actuación” (Soley-Beltrán 2009: 38) en el
sentido en que él es un efecto de la repetición constante de una serie de
gestos promovidos/impuestos por dicha matriz. “Al igual que en
otros dramas sociales rituales, la acción de género exige una actuación
reiterada, la cual radica en volver a efectuar y a experimentar una serie de
significados ya determinados socialmente, y ésta es la forma mundana y
ritualizada de su legitimación. […] El efecto del género se crea por medio de
la estilización del cuerpo y, por consiguiente, debe entenderse como la manera
mundana en que los diferentes tipos de gestos, movimientos y estilos corporales
crean la ilusión de un yo con género constante” (Butler 2007 [1990]: 273-274).
Sin embargo, el género no puede ser considerado como un acto único, singular y
deliberado sino que se basa en la repetición cotidiana, en una estilización
repetida, sistemática y forzada del cuerpo que va marcando el devenir del
individuo como sujeto de sexo/género/deseo. En este
sentido, el género precisa reiterarse a sí mismo constantemente y esto da
cuenta no sólo de su potencialidad performativa sino que demuestra que la
materialización que implica el género (sobre cuerpos que devienen sujetos o, de
lo contrario, seres abyectos cuyos cuerpos no importan) nunca es completa y que
los cuerpos “[…] nunca acatan enteramente las normas mediante las cuales se
impone su materialización” (Butler 2002 [1993]:&nbsp;18).</p>





    <p><a style='mso-footnote-id:ftn3' href="#_ftnref3"
name="_ftn3" title=""><sup>[3]</sup></a>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El cuarteto
es un género artístico-musical
bailable típicamente cordobés que se caracteriza por una formación
que, en sus inicios, integraba
contrabajo, piano, acordeón,
violín y voz, lo que generó un ritmo particularmente local.
Dichas sonoridades se denominaron “tunga-tunga” por el ritmo que especialmente
el piano y el contrabajo producen y que marcan el tiempo de la danza en la
pista. “Boliche” constituye un término ampliamente utilizado por los sectores
jóvenes argentinos y hace referencia a establecimientos bailables privados que
abren sus puertas por la noche, especialmente los fines de semana, ofreciendo
un espacio de sociabilidad juvenil organizado alrededor de la posibilidad de
bailar música pop, electrónica, funk, ritmos latinos y ritmos locales como el
cuarteto. Para ingresar a estos establecimientos debe pagarse una entrada que,
en general, es de menor costo económico para las mujeres que para los varones.</p>





    <p><a style='mso-footnote-id:ftn4' href="#_ftnref4"
name="_ftn4" title=""><sup>[4]</sup></a>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Con el término “paradigma empírico” Elias (1998 [1976]) se refería
a la capacidad de un pequeño
grupo o comunidad de (de)mostrar el funcionamiento de “[…]
un tema humano universal
[…]” (Elias 1998 [1976]: 81) como lo
es la relación entre establecidos
y marginados, tema sobre el
que versa el texto que cito aquí.
Es útil, decía Elias, “[…] considerar el macrocosmos de la sociedad amplia a
partir del microcosmos de una pequeña comunidad y viceversa. Esta es la idea
que está detrás del uso de un escenario pequeño como paradigma empírico de
relaciones establecidos-marginados que son frecuentes en toda parte y a
diversas escalas” (Elias 1998 [1976]: 137). Este tipo de micro-estudios,
continuaba, pueden dar cuenta de detalles centrales del funcionamiento de lo
social que para un macro-estudio aparecerían desapercibidos; mientras que otros
elementos se revelarían con más claridad en estudios
a gran escala.</p>





    ]]></body>
<body><![CDATA[<p><a style='mso-footnote-id:ftn5' href="#_ftnref5"
name="_ftn5" title=""><sup>[5]</sup></a>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Podría
hablarse de un circuito homosexual cordobés que si bien
es relativamente pequeño integra un conjunto de locales reconocidos y reconocibles por los y las jóvenes de la ciudad. Algunos de estos locales se presentan bajo la
nominación de <i>gay friendly</i> mientras
que otros se proponen como espacios específicos de sociabilidad y ocio
homosexual. Las discotecas y milongas etnografiadas durante el proceso de
trabajo de campo no eran parte de este circuito.</p>





    <p><a style='mso-footnote-id:ftn6' href="#_ftnref6"
name="_ftn6" title=""><sup>[6]</sup></a>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; “El levante”
es un término ampliamente utilizado por las camadas jóvenes argentinas que refiere al “efecto perlocucionario” (Austin
s.f. [1962]) más comúnmente perseguido de una instancia de flirteo. “Ir
de levante” implica salir en busca de un encuentro erótico que puede integrar o
no un coito heterosexual.</p>





    <p><a style='mso-footnote-id:ftn7' href="#_ftnref7"
name="_ftn7" title=""><sup>[7]</sup></a>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; “Guaso”
es un término popular cordobés con el que se hace referencia a un varón heterosexual joven.</p>





    <p><a style='mso-footnote-id:ftn8' href="#_ftnref8"
name="_ftn8" title=""><sup>[8]</sup></a>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; “Mina” es un término popular argentino con el que se hace referencia a una mujer heterosexual joven.</p>





    <p><a style='mso-footnote-id:ftn9' href="#_ftnref9"
name="_ftn9" title=""><sup>[9]</sup></a>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Para Hakim, el capital erótico puede definirse
como una “mezcla nebulosa” de belleza, atractivo sexual y aptitudes sociales que hace
que determinados hombres y mujeres
resulten atractivos/as
para el conjunto de los miembros
de una sociedad (Hakim 2012
[2011]). El capital erótico permite a ciertos sujetos obtener más resultados
(sociales, simbólicos, económicos, sexuales) y obtenerlos más rápido. Para la
autora, dicho capital es tan importante como el social para “[…] entender los
procesos sociales y económicos, la interacción social y la movilidad social
ascendente […]” (Hakim 2012 [2011]:&nbsp;10).</p>





    <p><a style='mso-footnote-id:ftn10' href="#_ftnref10"
name="_ftn10" title=""><sup>[10]</sup></a>&nbsp;&nbsp;&nbsp; “Llevar
bien y saber dejarse llevar” son términos locales que
dan cuenta de las habilidades
más valoradas de la
performance masculina y femenina
del tango. “Llevar bien” corresponde a la performance
del bailarín que conduce la pieza de baile alrededor de la pista en sentido
anti-horario. “Saber dejarse llevar” refiere al baile de la bailarina, quien
acompaña aquello que propone su compañero avanzando de espalda. En las milongas
se valoraba a los varones que “llevan bien”: que “no tironean ni empujan” a la
mujer y que realizan “marcas” fácilmente identificables. “Saber dejarse llevar”
por parte de las mujeres era esperado y deseado por los varones que se quejaban
de bailarinas que tardaban en responder a su “marca”, “tiraban mucho peso”
encima de ellos o bailaban “muy
tensas”.</p>





    <p><a style='mso-footnote-id:ftn11' href="#_ftnref11"
name="_ftn11" title=""><sup>[11]</sup></a>&nbsp;&nbsp;&nbsp; Los “códigos”
estaban vinculados al manejo social y erótico-moral que
debían tener los y las
habitués de estos círculos.
En términos sociales, estos “códigos” referían: a los modos de entrar a la
pista: en general el varón era quién se acercaba a invitar a la bailarina a su
mesa o lo hacía desde lejos con un cabeceo. A los modos de bailar en la pista:
se bailaba girando en sentido anti-horario y cuidándose de no chocar a otras
parejas. A los modos de salir de la pista: la pareja debía estar atenta para no
obstaculizar el paso de otra que se encontrara avanzando. En cuanto a lo erótico-moral,
los “códigos” aparecían menos explícitos. Sin embargo, los dos años de trabajo
etnográfico que realicé en las dos milongas me permiten hacer referencia a un
conjunto de “valores” y “reglas de acción” propuestos/prescritos
(Foucault 2003 [1984]) en función, especialmente, del diacrítico de
sexo/género. Los varones eran quienes debían invitar a bailar a
las bailarinas, mientras que ellas debían tratar de evitar este tipo de
comportamiento esperando sentadas en sus mesas de frente a la pista de modo de
ser/estar visibles y poder utilizar el recurso de la mirada como
“ícono indicial” (Tambiah 1985) de deseo de bailar con algún varón particular.
Estos códigos morales determinaban, también, aquello que se esperaba de los
modos de estilización de los cuerpos, cuestión a la que me referiré en breve.
Por último, en cuanto a los intercambios heteroeróticos, éstos debían ser
medidos y disimulados: sobre esto versará uno de los apartados
de este artículo.</p>





    <p><a style='mso-footnote-id:ftn12' href="#_ftnref12"
name="_ftn12" title=""><sup>[12]</sup></a>&nbsp;&nbsp;&nbsp; Las “marcas” refieren a los movimientos corporales que realiza quien conduce la performance.
Éstas consisten en sutiles movimientos del tronco y los brazos que indican a la
bailarina la dirección hacia la cual se irá y el paso que debe
realizar.</p>





    <p><a style='mso-footnote-id:ftn13' href="#_ftnref13"
name="_ftn13" title=""><sup>[13]</sup></a>&nbsp;&nbsp;&nbsp; La experiencia
que tienen los sujetos en
la pista de baile de las milongas puede pensarse desde las nociones de “<i>communitas</i> espontánea” y “<i>flow</i>” de Turner (1974, 1982). Como los
rituales son, en su esquema de pensamiento, momentos “liminales” donde la
estructura social tiende a borrarse, se producen momentos/estados
altamente creativos donde “todo puede pasar” y donde la experiencia es
altamente significativa para los sujetos, conformándose una “<i>communitas</i> espontánea”. En el marco de
esta “<i>communitas</i> espontánea” se
experimenta el fluir (“<i>flow</i>”):
sensaciones intensas de las que no se puede dar cuenta más que como un relato
siempre posterior y empobrecido. La “<i>communitas</i>
espontánea” tanto como el “fluir” están presentes, también, en ciertas
performances y experiencias sociales y artísticas contemporáneas pos-industriales.
Para analizarlas, Turner propuso el concepto de “liminoide”, que se desprende
de la noción de “liminalidad”. Los fenómenos liminoides &#8211; si bien siempre
dentro de la estructura socio-económica de las sociedades contemporáneas
&#8211; son aquellos que se experimentan intensamente persiguiendo lo sensitivo y vivencial.</p>





    <p><a style='mso-footnote-id:ftn14' href="#_ftnref14"
name="_ftn14" title=""><sup>[14]</sup></a>&nbsp;&nbsp;&nbsp; Una bailarina
liviana es aquella que, más allá del
tamaño de su cuerpo y su altura, responde rápida y certeramente a las
marcas de su partenaire, sosteniéndose sobre su propio eje y cargando
el propio peso de su cuerpo.</p>





    ]]></body>
<body><![CDATA[<p><a style='mso-footnote-id:ftn15' href="#_ftnref15"
name="_ftn15" title=""><sup>[15]</sup></a>&nbsp;&nbsp;&nbsp; Los modos
hegemónicos de estilización
femenina que aparecían en
las milongas se diferenciaban, claramente,
de aquellos observados en
las discotecas. Mientras que en los boliches la
estilización del cuerpo de las mujeres se ajustaba, a grandes rasgos, a la moda
juvenil e informal del momento &#8211; pequeños shorts de jean, camisetas y
calzas de estampados coloridos y zapatos o sandalias de altas
plataformas&nbsp;&#8211;, en las milongas cobraba un aire de mayor formalidad:
allí las mujeres utilizaban zapatos de largos y finos tacos, vestidos de
fiesta, corsets y pantalones palazzos, prevaleciendo telas como el raso y el encaje.</p>





    <p><a style='mso-footnote-id:ftn16' href="#_ftnref16"
name="_ftn16" title=""><sup>[16]</sup></a>&nbsp;&nbsp;&nbsp; “Boludo”
es un término típicamente argentino utilizado, en este caso, para expresar que el sujeto evitó una
respuesta certera haciéndose el desentendido.</p>





    <p><a style='mso-footnote-id:ftn17' href="#_ftnref17"
name="_ftn17" title=""><sup>[17]</sup></a>&nbsp;&nbsp;&nbsp; Sujeto
que tiende a diseminar asuntos privados de
los/as demás.</p>





    <p><a style='mso-footnote-id:ftn18' href="#_ftnref18"
name="_ftn18" title=""><sup>[18]</sup></a>&nbsp;&nbsp;&nbsp; “El chamuyo”
estaba asociado al guion sexual masculino
y aparecía como el modo de seducción por excelencia
de los varones, haciendo referencia a la acción de envolver, seducir
y/o enamorar a alguien
por medio del lenguaje hablado, especialmente por medio de halagos, elogios y bromas.</p>





    <p><a style='mso-footnote-id:ftn19' href="#_ftnref19"
name="_ftn19" title=""><sup>[19]</sup></a>&nbsp;&nbsp;&nbsp; La categoría
nativa “gato” apareció, durante mi trabajo de campo, como una figura descalificada y denigratoria utilizada por mis entrevistadas para autoafirmarse a sí mismas como mujeres
estético-erótico-moralmente aceptables. Durante el
proceso de trabajo de mi tesis doctoral descubrí un sistema clasificatorio
estético-erótico-moral jerarquizante que ponía en funcionamiento y circulación
unos modos de clasificación en el marco del cual ciertas figuras estereotípicas
como “el gato” y “la puta” eran utilizadas por las jóvenes con las que trabajé
para ubicarse como “mujeres normales” o “chicas tranqui” que exhibían sus
cuerpos, seducían y se relacionaban (hetero)eróticamente con varones dentro de
los márgenes de una “normalidad” aceptada y aceptable.</p></font>





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